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| 27/06/2004
Que lo pague el que no tiene nada que ver
“Es duro
hacer frente a un amigo el cual abusa de su mujer
El póster mencionado pretende descaradamente culpar de la existencia de los maltratos a personas que no tienen nada que ver con el maltrato (el amigo del maltratador en nuestro caso). Este fenómeno de querer responsabilizar a otros de los actos de uno mismo ha ido aumentando durante todo el siglo XX. Recientemente una mujer denunció en Estados Unidos al amigo de su marido porque le permitió coger el coche estando borracho (y que murió en un accidente). La muerte del marido puede ser una gran pérdida, pero eso no da derecho a la viuda a tener que encerrar al amigo de su marido. Es más, es inaceptable querer hacer una ley (como se pretendió) que encierre a aquellos que “dejen” conducir borrachos a sus amigos. ¿Acaso si un amigo nuestro se pone fino de vino, y quiere conducir, hemos de golpearlo hasta que pierda la consciencia para que nadie nos pueda denunciar si pasa algo? En el caso anterior, la viuda quería acusar al amigo de homicidio involuntario (involuntary manslaughter). ¡Qué tipo de justicia es esta que castiga al inocente por querer tomar sus propias decisiones!¡Cada vez que haga algo he de mirar mil y una leyes para que no se me castigue! En varias ocasiones Ortega y Gasset dijo que no se podía pretender hacer de las “conversaciones de café” una imposición legal[1]. La mayoría de organizaciones de hoy día (ONGs, sindicatos, etc.) pretenden que los temas con los que ellos tratan, y sólo esos, se conviertan en problemas públicos, en problemas nacionales mostrándolos y enseñándonos como “nos afectan a todos”. Una vez han conseguido su fin, es decir, que la gente se sienta culpable de lo que no ha hecho, reclaman una solución urgente al estado. De esta forma el estado es el encargado de concienciar a la nación. Pero sus lavados de cerebros no son inocuos, sino que por el contrario son muy dañinos. ¿Quién paga esto? Cada uno de los inocentes que no tienen nada que ver. ¿Realmente he de estar implicado las 24 horas del día en todos los problemas del mundo, como el hambre en el tercer mundo, la dura vida de los sin–techo, el abuso infantil, los asesinatos, las violaciones o el mal trato a las mujeres y a la vez solucionar mis propios problemas? ¿Por qué han de obligarme por la fuerza a involucrarme, tanto quiera como no, en esos asuntos? ¿No son esos propios afectados los más interesados en mejorar su situación más que no yo? Una vez que el estado empieza a socializar un determinado problema, jamás lo solventa, sino que primero toma más dinero del individuo que no tiene nada que ver. En el caso del maltrato a las mujeres el estado se encargará de hacer costosas campañas publicitarias, reclutar a más burócratas para que estudien el problema, crear organismos oficiales, dar seguridad personalizada a determinadas personas que sufren tal presunto mal, darles un teléfono móvil, encarcelar a cualquiera que sea denunciado, etc. Y otra vez, ¿quién paga esto? Cada uno de los inocentes que no tienen nada que ver. Si un particular por su libre iniciativa se involucrara en el problema, pagando de su bolsillo tales gastos, lo calificaríamos de benefactor. Pero un benefactor jamás se dedica a expropiar el dinero de los demás para dárselo a quien él considera más oportuno. Quien actúa así, lejos de ser un bienhechor de la humanidad, es un tirano y un ladrón. Pero no sólo eso. Las campañas del estado y presuntos benefactores que se empeñan en asaltar al hombre libre e inocente hacen perder la individualidad y libertad al resto. Hay muchos acontecimientos que al principio nadie hace caso, pero mediante el esfuerzo de gastar enormes sumas de dinero del que no tiene nada que ver la gente al final acaba creyéndose que eso es realmente un gran problema y que ha de ser cortado de raíz aún a costa del resto. Esta omnipotencia del estado, y monopolio de la izquierda mediática han creado seres lineales[2], hombre–robots que son incapaces de ver que tienen libertad. Sólo quieren ser guiados; que el estado se haga cargo de la educación, de los medios de comunicación, que gestione las empresas privadas, etc. Para estas personas sólo hay un camino: el socialismo. Lo que es lo mismo, la imposición de la moral superior del jerarca, a la capacidad de decisión del hombre libre. El hombre, al convertirse en un mero instrumento de los caprichos del estado y grupos de presión sólo se deja guiar por los más superficiales sentimientos. Se convierte en un esclavo que aplaude a su caudillo y aquellos que le animan (intelectuales, personajes de la farándula, sindicalistas, etc.). La libertad no es restringir las ideas, ni la elección, ni el mercado, sino hacer que todo esto último sea ilimitado. Más aún, la libertad, sobretodo, es hacer que cada uno sea responsable de sus actos sin tener que pagar, en ningún sentido, los actos de los demás. Si alguien está tan preocupado por el maltrato a las mujeres, que sea él el que con su propio esfuerzo, ganas y dinero intente solucionar el problema. Pero no tiene ningún derecho a obligar al resto a que se involucre por la fuerza en cada una de sus particulares guerras a costa de largos lavados de cereros y expropiaciones de la propiedad privada. El maltrato a las mujeres, o violencia de género (expresión, que por otra parte, la RAE considera incorrecta), contradice el propio y más universal axioma liberal: El Axioma de la No Agresión. Pero intentar impedir una agresión con otra agresión, la de la solidaridad, es infame y no tiene sentido alguno; como se suele decir: es peor el remedio que la enfermedad. ¡Qué sea la víctima quien se revele contra el agresor!, ¡Qué sea la fuerza individual y realmente altruista del hombre libre la que solucione el problema por medio de la acción directa! Y si éstas no pueden ser suficientes, aún menos lo podrán imponer las leyes absurdas que crean más problemas de los iniciales. Y es que, muy ingenuo es quien piensa que algunos temas se pueden solucionar con más leyes. Hay males, que a veces son tales y otras veces no. El socialismo considera todo lo que no se ajusta a su limitada visión como un gran mal sin más. Pero olvidando la valoración moral de cada uno, hay muchos hechos no deseables —ya sean sociales o no— que siempre ocurrirán, como las violaciones, la pobreza, etc. Lo único que podemos pretender, no es atajarlos todos creyendo que “todo fin justifica los medios” —tal y como creen y hacen los socialistas—, sino que la solución está en no crear más problemas de los que se podrían haber evitado de otra forma, es decir, no hacer partícipe al resto de individuos de los problemas de uno mismo, sino dejarlo en libertad. Y por abstracto que pueda parecer a algunos, esta pura libertad individual, es la única herramienta que puede reducir los problemas sociales y hacer perdurar la justicia sin tener que obligar, o hacer pagar al resto aquello que en realidad les importa menos que sus propios asuntos. Como dijo Murray Rothbard en varias ocasiones: “simplemente es el derecho a que te dejen en paz”. |
| [*] Jorge Valín. Economista seguidor de La Escuela Austriaca y Paleo-Liberalismo filosófico. Articulista y autor de un manual sobre la Teoría de Elliot y de un Manual de Bolsa. Colaborador habitual del Instituto de Libre Empresa (ILE), Poder Limitado y Liberalismo.org entre otros. |
[1] Concretamente recuerdo “La rebelión de las masas”, y uno de sus discursos realizado en la Universidad de Glasgow (Reino Unido).
[2] A esta forma de pensar, característica de las izquierdas, Hayek lo llamó “constructivismo cartesiano”.
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