Jorge Valín
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Jorge Valín

17/05/2003

La incomprensión de las tesis liberal–libertarias

Jorge Valín*

 

Los libertarios y liberales tenemos un fuerte sentido de individualismo y partimos de la base de nosotros mismos, de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo, de nuestras ideas… Esta es la razón —el fuerte individualismo— que nos lleva ha que existan tantas diferencia entre nosotros. Pero todos tenemos algo en común, a saber, nuestro amor desenfrenado por la libertad y profunda repulsa a la esclavitud a la que nos somete el estado a través de sus burócratas, sus coactivas leyes y sus impuestos que restringen la libre creatividad humana y nos obligan, encima, a mantenerlos.

Nuestras tesis muchas veces son incomprendidas o mal entendidas. El análisis de los seguidores del establishment actual o de los conformistas sociales y económicos interpretan nuestras palabras bajo su filtro de “igualdad” y solidaridad viéndonos como locos, idealistas utópicos no comprendiendo que nuestra visión de individualidad y libertad no sólo nos beneficia a nosotros sino también al resto de la sociedad.

Creo en una sociedad libre, capaz de autogestionarse ella misma sin la necesidad de un monstruo justiciero que bajo sus arbitrarias políticas morales y apoyándose en una distorsionada visón de la economía (neoclásica-walrasiana) redistribuya las rentas entendiendo el proceso económico como un fondo dado, estático, y del que es imposible inventar o crear nada. Bajo esta perspectiva —la estática comparativa económica— el estado reparte los recursos e impone cuotas, precios máximos, salarios mínimos… matando la libertad empresarial, el beneficio puro y la creatividad del empresario.

Mi visión de la economía sólo es esto, mi concepto sobre la dinámica económica, en ningún momento es una visión para que sea implantada por unos políticos de forma inmediata. No es una visión utópica, sino real y atemporal. Es la visión de una economía justa, basada en la libertad de empresa y del individuo, que seguro que algún día la sociedad será capaz de entender y aplicar a pesar de los denodados esfuerzos del estado y otros grupos de presión para impedirlo. Como manifestaron ilustres economistas como L. Mises, F.A Hayek o M. Rothbard el trabajo del economista no es adaptar sus teorías a la sociedad sino comprender la sociedad y la economía en si misma mediante el estudio y la reflexión. Es trabajo del político saber cuando y como se han de aplicar estas teorías. El mismo Adam Smith en su Riqueza de las Naciones decía que nunca triunfaría el libre comercio ya que éste era una visón totalmente utópica e imposible de llevar a la práctica. Smith no jugaba a ser un político, sino sólo un estudioso de la sociedad que aplicaba su moral de libertad. Casi cuarenta años después que A. Smith acabara de escribir su gran obra el libre comercio fue una realidad en toda Europa. A. Smith simplemente escribió su visión sobre la libertad económica y social. De igual forma si Martin Luther King tuviese que haber aceptado a regañadientes la realidad social de su época jamás habría denunciado su visión de igualitarismo social de las razas. Su trabajo por la reivindicación de igualdad podía parecer utópica e inútil al principio, pero su denodado esfuerzo al final tuvo sus frutos. Si Martin Luther King hubiese sido un conformista, o se hubiera guardado para si mismo sus ideas sobre la igualad de razas, tal vez aún, la raza negra seguiría siendo de segunda clase en Estados Unidos y resto del mundo.

La razón por la cual la visión de los libertarios sobre la sociedad y la economía es incomprendida radica en gran parte en el conformismo hacia el establishment actual del resto de la sociedad y economistas en general. La visión acepta que la economía es un fondo homogéneo dado, junto a la idea que la economía ha de estar para servir a la sociedad como si esta fuera una invención intelectual implica la necesidad forzosa de una élite de economistas, de sabios que estén por encima del bien y del mal que gestionen y asignen los recursos y dotaciones existentes de forma “eficiente” y “justa”. En este sentido se les otorga a estos responsables, teóricos sabios del estado benefactor, un papel de deidades justicieras que bajo sus inamovibles y perfectas ideas controlen y repartan aquello que el mercado es incapaz de repartir o ajustar de forma eficiente. Esta élite de economistas no son más que personas, incapaces de abarcar y entender toda la información de la economía, porque de ser así, habrían predecido los cracks bursátiles del 29 y 87, la debacle inflacionista de los 70, la crisis rusa del 98, el “efecto tequila”… No es la economía, o economistas, los que han de trabajar para la sociedad, sólo los individuos han de trabajar para ellos mismos y ya será el mercado y la libre voluntad de la sociedad el que redistribuya, de la mejor forma, tales recursos y no una élite de tecnócratas obsesionados con los formalismos matemáticos, el equilibrio general walrasiano del mercado, o el inalcanzable concepto de eficiencia paretiana. El concepto de estática comparativa económica o las coacciones que emanan de ellas por imperativo legal y recomendación de esta élite económica no dan soluciones reales ni perfectas. Los seguidores de la teoría del equilibrio general, parcial, y competencia perfecta desprecian muchos factores que interactúan en el proceso económico olvidando el carácter heurístico del mercado que tantas veces ha hecho notar I. Kizner, y el también austriaco Hans-Hermann Hoppe.

Uno de los más ilustres economistas austriacos, Friedrich von Hayek, denunció repetidamente el concepto de “competencia perfecta” que se explica en las universidades de economía por no coincidir con lo que en la vida de los negocios se conoce como competencia o rivalidad comercial. En palabras de F.A Hayek: “¿Cuántas de las actividades que utilizan los vendedores en la vida real serían posibles en un mercado en el que prevalece la llamada “competencia perfecta”?. Exactamente ninguna. Por definición quedan excluidas la publicidad, los recortes de precios, la mejora de bienes y servicios –la competencia “perfecta”- significa la ausencia de toda actividad competitiva”.

Ningún gobierno o ente internacional (como el FMI, Banco Mundial…) formado por una élite de economistas, o macroeconomistas, es capaz, bajo la metodología abstractista o walrasiana, crear una jerarquía ordinal de satisfacción o eficiencia plena omitiendo, además, variables tan importantes como las que menciona Hayek o también las sub–realista —no surrealista— ideas como son, por ejemplo: la revelación de las preferencias dadas, la crónica y necesaria tangencia de las curvas de indiferencia e isocuantas, o que el precio siempre ha de ser igual al coste margina en la competencia perfecta. La economía ortodoxa entiende la dinámica del mercado como un fondo dado, estático e inamovible, que funciona con la misma frialdad de un ordenador tonto, incapaz de crear, inventar o descubrir. Los economistas ortodoxos (neoclásicos-walrasianos) des-naturalizan el mercado convirtiéndolo en una banalidad, como si su creación hubiese sido un capricho más de la raza humana, una simple forma de asignación de riqueza como cualquier otra.

Por otra parte, los economistas ortodoxos, los que nos enseñan en las universidades del estado, y figuran en las listas de las organizaciones mafiosas mundiales como el FMI, bancos centrales… son incapaces de abarcar toda la información que brota del mercado, y es que ningún macroeconomista puede recopilar, de forma total, toda la información que emana del mercado y tomar, a la vez, medidas certeras para lograr un equilibrio perfecto. Tal dinámica no obedece a factores lineales, ni a derivadas, ni a parábolas…, es un proceso pluri-dimensional, donde cada factor puede afectar a si mismo y a otros creando continuamente, innovando y mejorando, y como no, también destruyendo aquellas empresas que no se adapten a su demanda.

Efectivamente sólo es el mercado, la innovación, las decisiones empresariales, como los descuentos, la publicidad, las promociones… u otros factores mucho menos parametrizables como las modas… junto con la interacción de miles o millones de personas lo que puede llevar a un casi perfecto funcionamiento de la vida económica. En este escenario es el consumidor, el que sabe y dice lo que es justo y bueno, lo que es caro o barato; en definitiva, es el plebiscito del consumidor. Sólo un orden espontáneo y una moral basada en la libertad y el laissez-faire, donde no intervengan terceras personas (estado, sindicatos, patronales, entes internacionales…) pueden conducir a una distribución plenamente justa de los recursos motivando, además, la innovación y el esfuerzo personal haciendo avanzar exponencialmente la frontera de posibilidades del mercado y la sociedad. En este sentido la empresa es eficiente sólo con el resto de individuos con los que interacciona directamente, sin necesidad de barreras o costes de transacción dando el autentico valor de escasez a sus productos y servicios (sin tener lugar aquí las subvenciones, o restricciones en la cantidad o precios que el estado impone). En el momento que existe un cúmulo de necesidades siempre habrá una empresa, que tras la búsqueda de beneficio, intentará adaptarse a esta potencial demanda ajustando sus costes, potenciando las sinergias y reduciendo el precio al que el demandante quiera adquirirlos. Sólo éste proceso heurístico dará como fin un precio justo a los productos y servicios como muy bien nos dice la teoría subjetiva del valor de la escuela austriaca.

El estado, y sus pares, apoyan sus intromisiones en la vida de los individuos abogando, de una forma totalmente falsa, por un justo y real concepto de la economía. La economía no se puede explicar mediante la “estática comparativa” o mediante una metodología abstracta con rebuscadas fórmulas, curvas bidimensionales… En este sentido la ciencia económica está retrocediendo dando más importancia al método que a la voluntad teleológica de explicar y predecir los acontecimientos económicos. Una sintética y clara visión del concepto de la economía ortodoxa de hoy día nos la puede dar un breve ensayo de Luigi Pasinetti –Crítica de la teoría neoclásica, del crecimiento y la distribución-. En una parte de su ensayo L. Pasinetti (seguidor de la escuela Post-Keynesiana y amante del formalismo matemático-neoclásico) dice:

“No se puede negar a esta teoría –neoclásica- de la distribución de la renta la (…) elegancia analítica y formal, la fascinante simetría, y también aquel sentido de satisfacción que viene de la aplicación de la instrumentación matemática que da siempre cierta impresión de ser más “científica”, respecto a una exposición en prosa común, como era aquella de los economistas clásicos…”

Con esta idea los estudiosos de la economía ortodoxa (como los keynesianos o monetaristas) muestran mucho más interés al método y al formalismo de sus planteamientos que no a la explicación de los sucesos o la voluntad de crear ideas o teorías atemporales que expliquen los sucesos de la economía. Más bien, los científicos económicos ortodoxos actuales no son más que matemáticos preocupados por el aspecto formal de sus explicaciones y no por la realidad en si. Bajo esta perspectiva estático-matemática-boleana no hay lugar para la creación de nuevos factores “ex nihilo”, la creatividad, o la generación de nuevas industrias ya que todo se plantea a partir de una base dada, o como dice I. Kizner de un pastel dado a repartir. Si por estos economistas ortodoxos fuera, jamás se habría creado la máquina de vapor, la industria automovilística, los ordenadores personales, o ni siquiera Internet.

Bajo esta perspectiva estática el estado ha visto una oportunidad fantástica para poder meterse por en medio de la economía asignando sus conceptos de “justicia distributiva” expropiando factores de una parte para dárselo a otro sin ver el daño que provoca esta ”socialización” al crecimiento económico y al bienestar general (basado siempre en el propio individuo). Mediante esta forma de actuación el estado aprovecha para auto–enriquecerse, sacando factores del productivo sector privado al inerte sector público reasignando estas dotaciones hacia sus grupos de presión con la única y exclusiva finalidad de obtener más votos sin tener en cuenta para nada el natural flujo de factores y recursos –basado en las teorías de J.B. Say– que sólo el mercado puede crear y redistribuir de forma libre y justa. Con estos actos basados en la ortodoxia neoclásica el estado pisa la libertad, imponiendo la teórica voluntad de la mayoría (grupos de presión básicamente) al individuo. ¿Qué finalidad económica y social tiene desmotivar con duros impuestos, tasas y tributos al individuo trabajador o un sector productivo para luego dárselo al individuo ocioso o al sector en decadencia y que está fuera del mercado?. ¿Qué tipo de justicia puede basarse en la destrucción de la innovación, del crecimiento y riqueza incentivando la pobreza y distribución arbitraria?. Y es que contrario a las tesis holistas el total no es más que la suma de las partes, sino más bien la suma de las partes, de forma libre, son capaces de crear e innovar más que una masa única centralizada en un sólo recaptador de información y asignador de recursos.

Ningún economista, ni ningún órgano centralizado, tiene la capacidad real de hacer de Dios todopoderoso creando justicia pura. Las tesis libertarias benefician a todos aquellos que demuestran capacidad de trabajo e innovación, al ignorante y al listo, al pobre y al rico, recompensando siempre al voluntarioso, al que se esfuerza por un objetivo o al que cree en si mismo, ¿o es que de no ser así serian actualmente países -tercermundistas en su momento- como Estados Unidos, Nueva Zelanda, Hong Kong… referencias mundiales de libertad y prosperidad económica en la actualidad?.

Los libertarios no nos hemos de dejar doblegar por las modas económicas ni críticas infundadas nacidas, muchas veces, de las mentiras del estado transmitidas mediante sus escuelas, universidades, televisiones públicas… Las ideas de libertad de pensadores como Bastiat, A. Simth, Lord Acton, Mises, Hayek, Rothbard, por mencionar algunos filósofos de la libertad volverán a reinar en la sociedad otorgando al individuo la libertad que sin duda se merece y dejando de ser, por fin, esclavos.

 



[*] Jorge Valín. Economista seguidor de La Escuela Austriaca y Paleo-Liberalismo filosófico.
Articulista y autor de un manual sobre la Teoría de Elliot y de un Manual de Bolsa. Colaborador habitual del Instituto de Libre Empresa (ILE) y Poder Limitado entre otros.


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