Jorge Valín
Inicio | English | Weblog | Links | Publicaciones | Contacto
Jorge Valín

07/12/2003

Resumen

El presente artículo muestra como el capitalismo es la única solución efectiva que puede garantizar al hombre su libertad y perfecto desarrollo social y económico. El capitalismo es la culminación de la libertad del individuo. El capitalismo no surgió de un plan central, sino del trabajo individual del hombre común. La total libertad del mercado cubre todas las necesidades, sólo la absoluta privatización de todos los bienes económicos garantizaría una plena eficiencia y una mayor elección para el consumidor.

 

Laissez Faire, Capitalismo y Libertad

Jorge Valín*

 

“La naturaleza de los productos está siempre regulada por las necesidades de la sociedad… Por lo tanto, la interferencia legislativa es totalmente innecesaria”

Tratado de Economía Política
Jean–Baptiste Say

 

Hubo un tiempo donde se pensaba que la libertad era el mayor de los baluartes, un tiempo en el que se afirmaba que cualquier intento de un hombre por imponerse a otro debía ser rechazado de inmediato, un tiempo donde los hombres eran libres para establecerse donde quisieran, un tiempo donde los filósofos se oponían a los obstáculos que el gobierno creaba contra el comercio. Con la célebre expresión de François Quesnay “laissez faire, laissez passer" se quiso expresar esta filosofía de libertad. De esta idea, y la espontánea acción humana nació el capitalismo aunque jamás se aplicó plenamente. El capitalismo, en sentido amplio (económico y social), es la culminación de la libertad del individuo. El capitalismo no surgió de un plan central ni de ningún político o arquitecto social, sino del trabajo individual del hombre, de su responsabilidad, de sus ansias de libertad y auto–beneficio. Así pues, a partir de la acción del hombre común, se empezó a multiplicar la división del trabajo, se hicieron notables las ventajas competitivas entre él y sus pares. Este anárquico proceso sin plan ni orden fue inmenso incrementado la edad media de vida, la riqueza, la educación, el bienestar…

Pero pronto, el estado, de forma coactiva quiso aprovecharse de esta explosión de creación y riqueza con impuestos, tasas, tributos, leyes, nacionalizaciones, barreras al comercio internacional, limitando la movilidad geográfica… en definitiva; destruyendo la libertad. El capitalismo se vio minado por estos enemigos de la libertad, volviéndose, una auténtica tiranía. El actual contexto de opresión tiene varios nombres, se les llama: socialismo, populismo, estado del bienestar y los más hipócritas, aquellos que dicen confiar en el capitalismo, tercera vía[1], pero ningún eufemismo puede ocultar lo que estos términos realmente son: totalitarismo y pobreza.

El socialismo, como ya demostraron, mediante el esfuerzo teórico Mises y Hayek, es un sistema condenado a su propia extinción debido a la imposibilidad del cálculo económico. Pocos confiaron en ellos, sólo la historia les acabaría dando la razón con la destrucción de la URSS y del sistema comunista de los países del este de Europa. Efectivamente, rivales de la talla de Robert Heilbroner, economista marxista, acabaron aceptando la teoría misiana de la imposibilidad del cálculo económico en un sistema socialista cuando éste dijo: “Ludwig von Mises ha escrito sobre la ‘imposibilidad’ del socialismo, argumentando que ningún Plan Central puede nunca garantizar la enorme cantidad de información necesaria para crear un viable sistema económico… al final, por supuesto, Mises tenía razón…”[2],[3]

La actual alternativa socialista, igual de corrosiva que el comunismo soviético, por la que se decantan los políticos e intelectuales actuales no le puede esperar mejor suerte que a su hermano gemelo, el comunismo. Si el socialismo comunista tardó más de setenta años en caer, a pesar de sus duras tensiones e imposibilidades técnicas el actual socialismo, que sigue las mismas bases económicas y filosóficas, también caerá. Éste puede tardar otros setenta años más tal vez, ya que, de forma tímida, permite ciertos rasgos vitales del capitalismo como la propiedad privada de los medios de producción y algunos grados de libertad, pero que minan de forma continua la capacidad creadora del capitalismo mediante el robo y la extorsión.

Los autoproclamados dirigentes del actual socialismo como políticos e intelectuales, empeñados en imponer su “solidaridad por la fuerza” se defienden repitiendo que actualmente existe mayor riqueza que en el Laissez Faire del siglo XIX: en el siglo decimonónico los pobres eran más pobres, los niños pasaban hambre y los obreros estaban sometidos a la tiranía de los patrones. Sólo un necio es capaz de hacer esta falaz visón dickensiniana de la historia. Evidentemente el grado de división del trabajo de entonces no era el mismo que el actual, el capitalismo estaba creciendo y si algo necesitaba no era un estado o una solidaridad impuesta, sino capitalistas. Por más que pese a los intelectuales, fue gracias a esos ricos que hoy día podemos tener la sofisticación y grado de bienestar presente. Gracias a esos ricos, y a su capital, se mejoró la tecnología, se descubrieron nuevos sistemas de producción en la agricultura e industria, y tal aumento de riqueza dio lugar a un aumento de la población, se perfeccionaron los trabajos, se capitalizó al trabajador con un mayor número de herramientas, esos ricos aprovecharon y ampliaron las destrezas y habilidades del trabajador mediante capital. De forma acusada la productividad seguía creciendo y, en consecuencia, se reducían los costes aumentando espectacularmente los sueldos. La creciente división del trabajo y ley de asociación ricardiana produjeron un aumento espectacular en la libertad de elección del consumidor y beneficio del productor.

Esta cadena de procesos, generados gracias al Laissez Faire, fueron la base necesaria para el buen desarrollo del sistema económico. Pero el Laissez Faire no sólo es necesario para precursar el bienestar, sino también para continuarlo. Es más, incluso existe un estado más elevado aún que el Laissez Faire, y éste es la ausencia de estado, o lo que es lo mismo la armonía de una sociedad totalmente privada y libre. Cualquier intervención del gobierno en la libertad del hombre no es nunca en beneficio común, sino en beneficio propio del propio gobierno. Pero a diferencia que en el sistema capitalista, que tiene el mismo mecanismo pero con resultados muy diferentes, el sector público no genera necesidades reales, sino que busca beneficios propios por medio de un monopolio impuesto por ley, no hay aquí cálculo económico y por lo tanto es imposible medir el beneficio real. El “estado 1” no puede cerrar porque su competencia, el “estado 2”, sea más eficiente que él. De igual forma, este panorama vuelve al consumidor ciego, sordo y mudo. Éste no puede elegir, desconoce las opciones porque no existen. En este punto la libertad se destruye, ahora sólo impera la fuerza irresponsable y represiva del órgano central. El monopolio estatal se degenera al no saber las utilidades de su cliente ni el suyo propio, de esta forma la expropiación estatal aumenta continuamente gastando el dinero de las empresas, de los particulares, de los ricos, de los pobres. Las leyes y las normas del estado envilecen la moneda creando excesiva oferta monetaria, suben los precios de forma irreal, el capital real es el mismo pero el poder adquisitivo decrece rápidamente generando pobreza. En definitiva, el sueño de bienestar y riqueza que ha prometido el estado se vuelven la pesadilla del totalitarismo y de la pobreza para todos.

Y es que, la palabra “bienestar” es ciertamente confusa cuando se intenta aplicar a ciertas ramas, especialmente cuando se aplican a la generalidad, al conjunto de la sociedad. Según la Real Academia de la Lengua bienestar es: “conjunto de las cosas necesarias para vivir bien”, y también “vida holgada o abastecida de cuanto conduce a pasarlo bien y con tranquilidad”. El problema es que la definición es contradictoria en si misma cuando se aplica, por la fuerza, al terreno económico y social convirtiéndose en una sinrazón y, de forma inmediata, el tan querido bienestar se vuelve opresión hacia los individuos convirtiéndolos en esclavos de una definición léxica. Para conseguir este bienestar se expropia capital y bienes a unos distorsionando la dinámica productiva y financiera, y por tanto, impidiendo el ahorro e inversión libre volviéndose el capital un factor muerto, no productivo. Paralelamente, el sistema económico se ralentiza y se vuelve rígido creando situaciones de inestabilidad, precios en continuo aumento e irreales, generando todo ello, desempleo e inseguridad.

Los recursos son escasos, por eso son bienes económicos. Cuando tales recursos se producen en libertad la escasez se vuelve relativa dependiendo de las necesidades de los individuos, de esta forma, se crea el precio. Éste regula necesidades y escasez. El precio no lo imponen las empresas, ni los consumidores, más bien se crea espontáneamente regulándose gracias a la interacción y cambiante utilidad de las dos partes. En este punto, cuando hay libertad, el bienestar adquiere sentido pleno y es máximo, siendo, cualquier tipo de bien creado y proveído. Cuando sólo la libertad del individuo impera los precios son reales, son una muestra de los que la sociedad quiere; no es necesario imponer ninguna moral positivista que distorsione esta armonía. Cualquier intento de hacerlo sólo lleva la creación de pobreza. ¿Cómo sabe el legislador o político qué es más urgente en las necesidades de la gente?, ¿cómo acapara éste tal información? La respuesta es muy sencilla, no pueden de ninguna de las formas generar tal información, sólo se guían por su “elevada visión” de la realidad, usando sin ningún pudor ni remordimiento su poder coercitivo y represivo. Von Mises, respondió brillantemente a estas preguntas cuando dijo:

“[…] el profesor Harold Laski […] determina como el objetivo de la acción estatal ‘la canalización del ahorro hacia la construcción de viviendas antes que hacia la apertura de salas cinematográficas’. Es indiferente que se esté o no de acuerdo con la opinión del profesor de que las casas son preferibles a las películas. El hecho es que los consumidores, gastando parte de su dinero en adquirir boletos de cine, expresan diariamente una opinión diferente. Si las masas de Gran Bretaña […] en lugar de frecuentar los cinematógrafos hubieran invertido su dinero en la adquisición de saneadas casas y cómodos pisos, sin necesidad de ningún tutelaje estatal, por impulso puramente lucrativo, la industria se habría orientado hacia la edificación en vez de producir costosos films. Lo que en el fondo pretendía Mr. Laski era desafiar la volunta de los consumidores y sustituir por sus propias valoraciones los auténticos deseos de aquellos. Aspiraba a suprimir la democracia del mercado e implantar el absolutismo zarista de la producción. Sin duda, pensaba que tenía razón desde un punto de vista ‘más elevado’ y que, como superhombre, estaba facultado para imponer su propio criterio a la masa de seres inferiores. Pero nunca fue lo bastante franco como para reconocerlo.”[4]

La libertad del mercado, expresada de forma plena, cubre todas las necesidades. Así es como se gestiona el sistema capitalista en un contexto de libertad. En un capitalismo pleno, de Laissez Faire absoluto, también ocurre lo mismo con el desempleo. El paro no es estructural, simplemente no existe. Se crea un ajuste continuo entre utilidad, precio, y por lo tanto también salario, regulado por las fuerzas del ahorro y la inversión. En cambio, cuando el burócrata se convence de que la situación es injusta crea leyes (como el salario mínimo que sólo crea desempleo) y tributos al trabajo (como las cotizaciones a la seguridad social); esta agresiva acción distorsiona otra vez el libre fluir capitalista creando situaciones de rigidez entre oferta y demanda. Los salarios y el precio de los bienes económicos se vuelven irreales distorsionando toda la división del trabajo empobreciendo a toda la sociedad —empresas y particulares—. Pero el capitalismo, gracias a la acción propia del hombre que consume y produce, y en contra del totalitarismo, sobrevive con alternativas, como con la economía sumergida, la fuerza de la inmigración ilegal, o la venta de aquellos productos y servicios que el burócrata decreta “ilegales”. Jamás se puede entender bienestar cuando se roba a uno para dar parte de esta expropiación a otro. Ningún hombre tiene la capacidad de imponer su voluntad para el bien común, y menos aun, ¡cuándo tal intención es falsa! Ningún hombre tiene la capacidad efectiva de poder ajustar la producción y el precio, ningún hombre tiene la soberanía moral de decidir por los demás: ¡millones de individuos lo harán mejor por ellos mismos! Sólo el individuo, de forma espontánea, y según su utilidad maximiza su cambiante bienestar.

Para llegar a una situación de libertad y bienestar no sólo se ha de desnacionalizar sólo las empresas de comunicaciones, trasporte, construcción… porque si son privadas funcionarán mejor para el consumidor y para ellas mismas, sino también todos aquellos servicios que responden a una necesidad real. Efectivamente, mil veces mejor seria la educación si el cien por cien de ésta fuese privada; igual que las carreteras, la sanidad o incluso la seguridad (representada actualmente por el monopolio de la policía) y la justicia. La absoluta privatización de los productos y servicios reales (bienes económicos) no sólo garantizaría una plena eficiencia, sino una mayor elección para el consumidor. De igual forma, tampoco quedarían clases sub–marginales excluidas de estas necesidades. El precio y cantidad no serían únicos; la calidad y la utilidad del productor y consumidor se adaptarían a los dos. El ajuste sería total, pagando cada uno aquellos servicios que desea obtener y no teniendo que vivir, como actualmente ocurre, a expensas del resto de la sociedad.

Bienestar no es intervencionismo ni coacción. El bienestar sólo surge de la interacción de los individuos entre ellos. El individuo no necesita de un tercero para mediar por él o para defenderlo. Sólo la propuesta de un sistema capitalista basado en un Laissez Faire radical, o lo que es lo mismo, sólo la libertad absoluta y compulsiva pueden llevar a lo que se define como un “conjunto de las cosas necesarias para vivir bien”.

El capitalismo puro no es una alternativa, sino el único sistema capaz de garantizar la felicidad (en sentido jeffersoniano[5]), bienestar y el mayor de los bienes que el hombre jamás debe perder: La Libertad!!



[*] Jorge Valín. Economista seguidor de La Escuela Austriaca y Paleo-Liberalismo filosófico.
Articulista y autor de un manual sobre la Teoría de Elliot y de un Manual de Bolsa. Colaborador habitual del Instituto de Libre Empresa (ILE), Poder Limitado y Liberalismo.org entre otros.

[1] Hay un ensayo corto, pero francamente bueno, de Mises llamado “Middle-of-the-Road Policy Leads to Socialism”, del cual podemos disfrutar gratuitamente gracias al Mises Institute. En el ensayo, Mises ataca con su característica lucidez cada uno de los enemigos de la libertad presentando el mal que causa la acción estatal a la sociedad, y como, tal acción, en cualquiera de sus formas sólo, y de forma inevitable, siempre conduce a la tiranía del socialismo: “[The middle-of-the-road] It is a method for the realization of socialism by installments.”

[2] Las negritas, así como la traducción, son mías. El texto de Heilbroner fue publicado en el The New Yorker. Sus palabras exactas fueron: “Ludwig von Mises […] had written of the 'impossibility' of socialism, arguing that no Central Planning Board could ever gather the enormous amount of information needed to create a workable economic system […]. It turns out, of course, that Mises was right…"

[3] Oscar Lange, otro economista marxista que llegó a ser miembro del Politburó polaco, una vez dijo que los futuros socialistas crearían una estatua a Ludwig von Mises. Lange dijo:

“Fue su portentoso desafío que forzó a los socialistas a reconocer la importancia de un adecuado sistema de cálculo económico guiado por la asignación de recursos en una economía socialista.” Y como añade un reconocido economista y filósofo liberal de la escuela austriaca del siglo XX, Henry Hazlitt —en 1973, y por lo tanto 20 años antes de la caída del comunismo—: “Lange, se vio forzado a reconocer el problema y pensó que lo había resuelto. De hecho, el único camino que los socialistas pueden adaptar es volverse al capitalismo”.

[4] La Acción Humana, Unión Editorial; p. 862.

[5] Es conocida la expresión procedente de la Declaración de Independencia Americana (en castellano aquí) donde Thomas Jefferson dice: “[…] all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the Pursuit of Happines” (las negritas son mías). Este uso de la expresión “felicidad” ha dado lugar a mal interpretaciones, pero a lo que Jefferson se refería era al carácter de propiedad de felicidad lockeano. Aunque Locke no usó tal término, él la definía como: “life, liberty, and the pursuit of property” (las negritas son mías). Sin duda, es el mejor sinónimo que jamás se le ha dado a la palabra “propiedad”.

 

Enviar a un amigo

Web Configurada para resolución óptima de 1024x768
Condiciones de uso | Contacto