Jorge Valín
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Jorge Valín

22/05/2003

La miseria de los estados

Jorge Valín*

 

Un estado, o un gobierno, es capaz de hacer que un país se suma en la más absoluta miseria o en la más grande sus riquezas. Pero ¿cuál es la clave para que un país goce de riqueza y bienestar? No es el control, redistribución forzosa de las rentas, la imposición de leyes, ni hacer recaer las responsabilidades de la economía y sociedad sobre el mismo gobierno. El bienestar se consigue mediante la libertad del individuo, dejando a la sociedad y economía que creen y avancen bajo el natural esquema del orden espontáneo. Sólo el interés de cada individuo, ligado con las necesidades del resto de miembros, pueden hacer una justa redistribución de rentas, oportunidades y justicia. Cualquier distorsión que un gobierno ejerza sobre este esquema natural sólo puede llevar a la esclavitud del individuo hacia el estado.

Desde la “Revolución Keynesiana” acaecida en los años treinta, occidente y especialmente Europa fueron cayendo en una profunda crisis de libertad económica y social que ha ido creciendo progresivamente con el tiempo. El estado y los reguladores han ido sustituyendo las funciones que corresponden al individuo por coercitivas leyes y falsas responsabilidades. Esta disminución de libertad, a la que llaman democracia, estado del bienestar… no sólo significa una progresiva servidumbre hacia “nuestros gobiernos”, sino que también se traduce en la pérdida de la calidad de vida y miseria económica.

La tendencia hacia medidas socializadoras, y la imposición de los parámetros keynesianos, o neoclásicos en general, han significado una lenta agonía en la economía americana y europea. En estas fechas podemos leer en la prensa diferentes sucesos que lo confirman. El caso más ejemplar es Europa, ésta ya no es libre ni rica.

Francia tiene un sistema de pensiones al borde de la quiebra, Alemania ha vuelto a entrar en recesión a igual que Holanda, e Italia ha tenido un crecimiento negativo del 0,1% de su PIB en este primer trimestre. La situación económica del resto de países de la Unión no es mucho mejor. España acumula un paro superior al 11% y una de las inflaciones más altas de la Zona Euro, Bélgica sigue teniendo una deuda superior al 100% de si PIB…

Los malos resultados de la Unión Europea, según el BCE, se deben a la guerra contra Irak. Pero la preocupante situación económica europea va más allá de un hecho puntual, y es que la economía ya iba mal mucho antes que aconteciese la guerra, ¿o es que las actuales perspectivas de quiebra del sistema de pensiones francés también se deben a la guerra, o también la continua desinversión privada en Alemania? Empresas como Procter & Gamble, Compaq o Siemens Building Technologies son algunos de los ejemplos recientes de esta fuga empresarial que, de una forma racional, han preferido abandonar Alemania para trasladarse a Suiza donde sólo pagan, a lo sumo, un impuesto del 10% sobre sus beneficios, muy lejos del 40% que han de desembolsar las empresas establecidas en Alemania. También el fabricante de chips informáticos Infineon, sexta empresa mundial del sector, ha anunciado recientemente que está estudiando trasladar su central fuera de Alemania para reducir costes cuando vuelvan a los beneficios.

El progresivo declive de la UE, y constante pérdida de competencia respecto al resto del mundo no se deben a factores coyunturales como la guerra contra Irak o a cualquier otra falsa excusa bajo las que se esconden los gobernantes y burócratas, sino más bien son el efecto de principios que se tomaron y se han mantenido durante demasiado tiempo creando profundos desequilibrios estructurales.

El robo que ejercen los estados sobre las empresas privadas y particulares mediante los impuestos, la imposición de restrictivas leyes pseudo-científicas sobre el medio ambiente o salud y la incesante regulación del mercado junto con las cerradas medidas proteccionistas son la única causa del declive de las economías occidentales.

Los impuestos, y las numerosas normativizaciones sólo tienen como único fin la recaudación y engorde del estado y no el mantenimiento del natural ciclo productivo y de precios. El resultado no es más que un inevitable aumento de la pobreza, desinversión en el sector privado e incremento de la injusticia.

Ningún país, jamás en la historia, se ha hecho rico ni ha contribuido al bienestar de sus ciudadanos recurriendo a doctrinas socializadoras, regulatorias o coercitivas. La misma historia nos muestra que cuanto más grande es un gobierno y más influye en la vida de su nación más miserias crea. Ni la economía ni la sociedad necesitan ser legisladas, el mejor gobierno es aquel que respeta a los ciudadanos dándoles la libertad que es inherentemente suya, que permite mantener su propiedad privada y que no intenta anteponer su presupuesta mayoría frente al individuo, en definitiva el mejor gobierno es el que no gobierna.




[*] Jorge Valín. Economista seguidor de La Escuela Austriaca y Paleo-Liberalismo filosófico.
Articulista y autor de un manual sobre la Teoría de Elliot y de un Manual de Bolsa. Colaborador habitual del Instituto de Libre Empresa (ILE), Poder Limitado y Liberalismo.org entre otros.

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