Jorge Valín
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Jorge Valín

12/05/2003

La otra economía y su mitología

Jorge Valín*

 

En el sistema económico occidental, basado en el estado del bienestar, existe una economía paralela a la de los datos quasi ciertos. Existe una economía que se escapa al control del estado y a la presión irracional de los sindicatos. Existe una economía libre, basada en el individualismo y en el propio riesgo del empresario, una economía que es ajena a las leyes y medidas coercitivas del gobierno de turno. En este entorno el empresario es puro y libre. Es la economía de la libertad; es: la economía sumergida.

No es nada menospreciable la actividad de la economía sumergida. En muchos de los países occidentales representa un alto porcentaje del PIB, por ejemplo, en Italia o España representan más del 20% del PIB, lo que significa, en el caso de España, una actividad superior a los 120.000 millones de euros (cuantía equivalente en dólares americanos). Este segmento de la economía no declarada, o no contemplada en ninguna macro–magnitud, está continuamente perseguida y bajo la presión del estado por no pagar los altos tributos y leyes que éste impone. No es de extrañar que, en la actualidad, tan sólo un 4,5% de los ciudadanos europeos estén dispuestos a crear su propio negocio (legalmente), frente al 13% de EE.UU. donde la presión intervencionista es más laxa (aunque lejos aún de una economía puramente libre).

¿Pero qué significa la economía sumergida para la mayoría de las personas?. Según la opinión popular la economía sumergida, paralela, clandestina o informal, son las actividades económicas que se realizan de forma ilegal, ya sea ajena a las normas del estado, u ofreciendo productos o servicios ilegales. Podemos añadir que casi el 85% de la población española, por ejemplo, considera la economía sumergida como un “problema” según una encuesta realizada por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) en 1997. Esta economía sumergida, según la opinión popular, aviva los salarios bajos, la precariedad laboral, es fruto del egoísmo de los empresarios (porque no pagan impuestos), explota a los jóvenes y atrae y cobija a los tan “indeseados inmigrantes”.

¿Qué fundamenta esta opinión entre la sociedad, y cuanto hay de cierto?. Existen una serie de mitos sobre la economía sumergida que sólo aplicando un poco de sentido común nos mostrará que son totalmente falsos siendo, en realidad, un “sector” altamente beneficioso para el sistema económico y sociedad de un país inmerso en la dictadura del “estado del bienestar”. Examinemos algunos de estos mitos:

1º La economía sumergida crea salarios bajos. Esta afirmación es rotundamente falsa. Se tiende a confundir empresa pequeña con economía sumergida donde, evidentemente, los sueldos son más bajos que en una multinacional. El salario creado por una empresa al margen de la ley sólo crea salarios reales, se mueve en un entorno de libertad donde, de forma libre, el empresario y el trabajador llegan a un acuerdo intercambiando el factor trabajo por factor capital sin la figura de ningún arbitrajista (estado, sindicatos…) quedándose, o mejor dicho expropiando, una parte de este salario.

El papel de estos “policías o jueces laborales” no dudo que esté lleno de buena voluntad, pero como ya dijo F.A. Hayek, una cosa es lo que se quiere (mediante leyes restrictivas) y otra la que se puede conseguir (nunca dan su resultado).

2º Es un tipo de economía dictatorial, no libre, donde el empresario tiene supremacía sobre el trabajador. Falso. Precisamente uno de los factores más destacados de la economía sumergida es la libertad con la que se crean los pactos bilaterales y consensuados entre empresario y trabajador sin ningún tipo de requisito formal, administrativo… donde sólo participan las dos partes (empresario y trabajador). Todos los conflictos se arreglan entre estos dos, sin necesidad de terceros que medien por ellos complicando la situación como ya demostró R.H. Coase.

Ningún sindicato puede representar mejor los problemas de un trabajador que el mismo trabajador, y ninguna patronal puede defender mejor los problemas de un empresario particular que el mismo empresario. Las decisiones globales, de masa o no individuales tienen muchas carencias no adaptándose a las especificaciones de cada empresa o trabajador.

3º La economía sumergida no es productiva ya que no trabaja para la sociedad pagando impuestos. Falso. Precisamente son las altas tasas e impuestos que impone el estado a las empresas lo que obligan a éstas a esquivar los controles y los coercitivos requisitos de los gobiernos. Por otra parte no tiene sentido decir que al no pagar impuestos una empresa no es productiva, más bien al revés, será más productiva para ella y la sociedad cuanto menos impuestos tenga que pagar dando precios más competitivos y no inflando los costes artificialmente.

A esto hemos de añadir la pérdida de tiempo del empresario y trabajador con papeles, requisitos administrativos… que se han de formalizar antes de emprender cualquier trabajo de forma legal. Esto representa un alto coste por parte del departamento de personal y del mismo interesado en el nuevo trabajo.

4º Desfavorece al trabajador ya que le priva de los beneficios del estado benefactor. Poco sentido tiene hacer esta afirmación hoy en día cuando continuamente leemos que el sistema de la seguridad social, basado en el estado del bienestar, está continuamente al borde de la quiebra no teniendo en ningún momento asegurado ni una pensión estatal, ni sanidad de calidad… Igualmente poco sentido tiene hablar de precariedad laboral también, cuando es el mismo estado del bienestar el que crea inestabilidad levantando barreras al trabajo con contratos rígidos e impidiendo el empleo con altos impuestos cargando con altas cotizaciones tanto al trabajador como al empresario sin recibir ninguna contrapartida individual de forma clara.

5º Estimula la venta de productos y servicios ilegales. Que la sociedad demande algo y que el estado lo prohíba no es culpa de la economía, sino del mismo estado. Si el estado está obsesionado en prohibir, por ejemplo, el consumo de drogas lo único que provocará, lejos de erradicar el consumo, es la creación de fuertes monopolios o cárteles ilegales. La lucha contra las drogas hace mucho tiempo que está perdida generando, además, altos costes para el estado y pagados por todos los ciudadanos. En algunos países del norte de Europa el consumo de droga es legal y esto en ningún momento ha generado una sociedad entera adicta a cualquier droga.

De forma general, si existe una demanda sobre algún producto o servicio por qué no permitir que sea el mercado el que lo regule y no la arbitraria moral del estado. Y es que las decisiones personales sólo las ha de tomar el individuo, ¡y nadie más en su nombre por más antimoral que le pueda parecer al estado!. No tiene sentido restringir o manipular la oferta cuando hay una amplia demanda. Sólo ha de ser el consumidor el que decide si algo es bueno o no.

6º Estimula la inmigración y la explotación de los inmigrantes. Falso. Ningún país es culpable de recibir personas del país vecino. Además aquí hay un mensaje claramente contradictorio típico de los no liberales. Por una parte, los nativos de un país, no quieren inmigrantes, y por otra quieren protegerlos cuando estos están en el país foráneo. Cualquier persona ha de tener el derecho de viajar, instalarse y trabajar ahí donde considere.

La explotación del inmigrante viene dada por las barreras que crea el estado con las leyes anti–inmigración obligando a los trabajadores foráneos a vivir en la clandestinidad económica y social. Como ya he mencionado, el trabajo sólo existe si hay un acuerdo consensuado entre empresario y trabajador. Sólo bajo una irracional visión socialista este pacto puede considerarse explotación.

Muchas veces caemos en la trampa que la economía sumergida crea esclavos por si misma con los inmigrantes. Ciertamente este argumento es tan cierto como falso. Cada vez que se desarticula una banda de prostitución clandestina, por ejemplo, los medios de información masivos nos muestran a sus trabajadoras como esclavas víctimas de una “red mafiosa” -por otra parte, la prensa tiene un concepto muy peculiar de red mafiosa, ya que tal red suele estar integrada por pocas personas moviéndose entre dos países-.

Este tipo de esclavitud no representa más que una pequeña minoría y ningún sentido tiene culpar a las empresas de la dudosa moral de estas personas. No creo que hoy en día los empresarios estén a favor de la esclavitud por más altos beneficios económicos que esto pueda reportar. Que aun siendo cierto, la sociedad civil (y no el estado) jamás permitiría.

En definitiva, la economía sumergida, en el contexto social y económico actual, no es más que la esencia pura del empresario libre. Pero esta situación de sitio continuo perjudica al emprendedor, a saber, con un estado desmesuradamente fuerte sólo preocupado por él mismo y los votos de unos electores. El empresario sumergido en la clandestinidad se ve continuamente presionado no pudiendo desarrollar completamente, y de forma creativa, su actividad empresarial.

Esta presión no importa ni molesta a los políticos que lejos de querer encontrar una solución de libre mercado sólo procuran por sus propios intereses. Tal y como se pronunció Pierre Lemieux, economista e investigador del Independent Institute, en una nota en el diario National Post:

“Los burócratas y políticos maximizan los ingresos del estado porque esto va en su propio interés. […] Cuantos más ingresos consigue el estado, mayor será la cantidad de prioridades que encontrará para justificar sus erogaciones. En consecuencia, la evasión tributaria y la economía informal [sumergida] constituyen un freno al crecimiento del estado y representa un beneficio neto para todos. Los impuestos confiscatorios llevan a los contribuyentes hacia este tipo de defensa propia y pacífica. La evasión impositiva y su hermana melliza la economía informal son una mejor solución a lo que de otra manera sería un todavía mayor estado intervencionista. Una estatua debería levantarse en honor al evasor desconocido"… y al empresario sumergido añado yo.

La economía sumergida no es más que la plasmación del exceso de intromisión del estado en su rol paternalista. Si realmente se quiere eliminar esta situación de empresas clandestinas (con razón social legal o ilegal) la mejor forma no es otra que instaurar un orden de laissez-faire desmantelando por completo el estado del bienestar y dando al mercado lo que es del mercado, sin intervenciones o actuaciones arbitrarias que en conclusión, no sólo perjudican a un sector de la economía, sino a la totalidad de la sociedad.




[*] Jorge Valín. Economista seguidor de La Escuela Austriaca y Paleo-Liberalismo filosófico.
Articulista y autor de un manual sobre la Teoría de Elliot y de un Manual de Bolsa. Colaborador habitual del Instituto de Libre Empresa (ILE), Poder Limitado y Liberalismo.org entre otros.

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