| 01/10/2003
Resumen
La teoría subjetiva del valor, estudiada por la Escuela Austriaca
del Pensamiento, ha sido la única capaz de demostrar los procesos
reales del mercado. Por el contrario los economistas neoclásicos,
afines al estatismo, defienden una teoría objetiva y del valor.
Esta situación no sólo ha provocado un retroceso en la ciencia
económica sino también un retroceso en la libertad individual.
¿Caro o barato? La elección
del individuo
—Teoría subjetiva del valor vs. objetiva—
"Todas las cosas son subjetivas a la ley de causa y efecto. Este
gran principio no tiene excepción alguna.”
—Carl Menger—
Uno de los temas que siempre ha preocupado a los economistas es la teoría
del valor. Mucho se ha escrito sobre este tema de forma desafortunada.
Ya Adam Smith distinguía entre dos tipos de precios: el precio
natural y el precio de mercado. Para Smith el precio natural es el que
está formado por todas las tasas corrientes de cada uno de sus
elementos; como el salario, la renta y los beneficios. El precio de mercado
viene dado por la relación de la oferta y la demanda para cada
mercancía en un momento determinado. El precio de mercado debe
tender a igualarse con el natural “cuando en el tráfico respectivo
hay perfecta libertad”.
Esta idea se reforzó en los autores inmediatamente posteriores,
a saber, 1) existe un precio objetivo, que es natural y donde tienden
los precios de cada producto y 2) la mejor forma de llegar a ellos es
a través de la libre competencia; del laissez–faire. A finales
del siglo XIX con autores como Vilfredo Pareto, León Walras, Francis
Y. Edgeworth… la economía empezó a tomar un nuevo
rumbo, la de la abstracción o matematización radical. La
segunda tesis (sólo se puede llegar al precio objetivo por medio
del libre mercado) aún seguía estando viva, pero el objeto
del economista cambió, ya no era un pensador o un filósofo
que intentaba descifrar las acciones humanas del mercado, sino que se
iba convirtiendo poco a poco en un técnico, en un ingeniero social
que moldeaba la economía para llegar a ciertos fines sociales óptimos,
el economista se convertía en un político más, en
un ingeniero social. Desde entonces hasta ahora la economía, ciertamente,
sólo ha registrado un profundo declive incapaz de poder explicar
muchos fenómenos generales, e incapaz también de crear teorías
universales, necesarias y atemporales. Esta nueva tendencia del pensamiento
económico dio lugar a escuelas que creían poder organizar
los acontecimientos económicos mediante restricciones o ampliaciones
en la oferta, en la demanda, aumentando impuestos, creando políticas
y controles de precios, restringiendo o incrementando la cantidad de dinero…
Las principales escuelas que surgieron de este nuevo pensamiento fueron
el monetarismo y el keynesianismo. Las dos escuelas son neoclásicas
en cuanto creen en un “precio” objetivo del valor. Éste
puede ser alcanzado mediante fuerza bruta restringiendo la libertad de
la demanda y oferta. Para llegar a este valor objetivo es necesario inventar
salarios mínimos, precios máximos, cuotas a la importación
y exportación, convenios de producción entre países,
leyes mundiales anti–dumping, tribunales de la libre competencia,
bancos centrales que manipulen el dinero… ¿Y cómo
se mantiene todo esto? Con impuestos y deuda estatal. En otras palabras,
no sólo se roba arbitrariamente, y de forma desigual a todos los
individuos con impuestos, o se hipoteca la seguridad económica
de la sociedad emitiendo deuda (en los dos casos, desde el más
pobre al más rico), sino que además se restringe su libertad
de consumo, de ahorro e inversión. Estas políticas, basadas
en falsos pretextos económicos, han llegado al punto de convertir
al individuo en un siervo del estado.
Pero entre esos economistas de finales del siglo XIX surgió uno
capaz de darse cuenta de todas estas falacias y lo suficientemente sabio
como para crear una auténtica teoría del valor, su nombre
era Carl Menger, creador de la Escuela Austriaca del Pensamiento y su
principal aportación: la teoría subjetiva del valor. Menger
desmintió la teoría objetiva del valor, y es que efectivamente,
el valor no puede ser alcanzado por el conocimiento matemático
o positivista. El valor y los costes son subjetivos. Las necesidades no
son cardinales o mesurables, sino ordinales y contingentes, es decir,
dependen del momento, la escasez y necesidades futuras. No existe un precio
natural objetivo al que tienda el mercado, éste está en
continua lucha y movimiento sin tendencia alguna. Los movimientos de la
oferta y demanda jamás se han podido, ni podrán, expresar
con ninguna fórmula o gráfico. La razón por la cual
los economistas creyeron que existía un precio objetivo se debe
a la propia estructura que el hombre tiene para hacer formulaciones sobre
los fenómenos complejos. El hombre necesita crear esquemas cognitivos
que le ayuden a pensar de una forma ágil y por eso necesita simplificar
los sucesos que les rodean buscando movimientos tendenciales. La tendencia
a un precio natural sólo surge de la metodología humana
no del fenómeno natural del mercado, éste no entiende de
puntos de equilibrio, curvas de indeferencia, isocuantas… el mercado
es anarquía pura capaz de ordenarse sola, es un continuo proceso
de creación y destrucción. En este sentido, los economistas
no han sabido interpretar las acciones humanas que llevan al mercado,
se han dejado llevar por su simple estructura lineal cartesiana aplicándola
a un proceso que es muy superior a ellos mismos, y esta es la razón
por la cual en los últimos años se han creado tantas teorías
que sólo nacer han muerto por ser incapaces de adaptarse al resto
de la economía. En parte por esta razón, en los últimos
años la doctrina neoclásica ha sido golpeada duramente,
la regulación que ha aplicado sobre la oferta monetaria no ha prevenido
a ningún país de una crisis, sus controles de precios sólo
han perjudicado a las naciones y sus salarios mínimos sólo
han creado desempleos.
Teoría subjetiva del valor
Entonces, ¿qué visión tenia Menger sobre el valor?,
¿cómo se entiende la teoría subjetiva del valor?,
y ¿qué aplicaciones se pueden sacar de ella?
Según Menger cada agente económico asigna su propia valoración
a los bienes, por lo que no puede afirmarse, económicamente, que
los precios dependan de los costes sino todo lo contrario. Efectivamente,
el precio de un producto o servicio no se crea siguiendo la suma de todos
sus costes más el margen del empresario, sino que es al contrario,
al producto se le asigna en el mercado un precio y a partir de aquí
se moldean sus costes. Un producto puede salir al mercado por encima de
la suma de sus costes o por debajo, eso lo decide el empresario, y según
la respuesta del consumidor, la competencia y los procesos de producción
los costes se van moldeando al mejor precio del momento que es el que
demanda el cliente. En realidad la teoría subjetiva del valor es
anterior a Menger, incluso es anterior a Adam Smith. Las primeras ideas
las encontramos en los escolásticos españoles del s. XVI.
“Así [según Jesús
Huerta de Soto] otro notable escolástico, Luis Saravia de la
Calle basándose en la concepción subjetivista de Covarrubias,
descubre la verdadera relación que existe entre precios y costes
en el mercado, en el sentido de que son los costes los que tienden a seguir
a los precios y no al revés, anticipándose así a
refutar los errores de la teoría objetiva del valor de Carlos Marx
y de sus sucesores socialistas: ‘Los
que miden el justo precio de la cosa según el trabajo, costas y
peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque
el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de
mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros’”.
Entonces, el valor es subjetivo en cuanto cada individuo asigna un valor
a las cosas y luego un precio según la escasez temporal de éste
en el futuro y según sus necesidades. Es absurdo, pues, los controles
de precios del estado cuando, suponiendo un ejemplo, crea una ley donde
los botellines de agua no puedan valer más de un dólar porque
de no ser así perjudicaría al consumidor. ¿Por qué
un dólar, y no un dólar y un céntimo, o noventa y
nueve céntimos? ¿Transgredir este precio sería una
violación a los derechos del consumidor o productor? ¿Los
botellines de agua han de tener el mismo precio en todos los bares de
una ciudad despreciando el poder adquisitivo de la zona? ¿Cómo
sabe el estado cuál es precio justo para cada uno de los consumidores?
Si yo me he aventurado a hacer un trayecto con bicicleta por una larga
montaña sin agua y veo que, tras varias horas de pedalear, hay
alguien que me vende un botellín de agua por 10 dólares
y yo acepto comprársela ¿está este individuo vulnerando
el precio justo de mercado de un dólar? ¿Está actuando
anti–económicamente? La respuesta es, evidentemente, no.
Lo que ha pasado es que mi necesidad por un trago de agua en ese momento
era inmensa y he sido capaz de pagar 10 dólares porque realmente
lo necesitaba. Ésta ha sido una transacción pacífica
y de mutuo acuerdo donde tanto el vendedor del agua como yo, el consumidor,
hemos salido ganando, ya que él se ha quedado con mi dinero, que
apreciaba más que su agua, y yo me he quedado con el agua, que
apreciaba más que los 10 dólares que he desembolsado para
poderla adquirir. Y es que ninguna ley estatal o matemática puede
parametrizar las necesidades de cada individuo ya que estas son subjetivas
y contingentes.
En un momento determinado yo puedo estar dispuesto a pagar un precio
justo por un producto, —que puede ser caro para otro individuo;
pongamos “A”—, pero incluso así, tal vez 10 minutos
o un mes más tarde ese precio, que a mi me parecía justo
y al individuo A le parecía caro, ahora a mi me parezca impagable
y al individuo A le parezca una ganga. Sólo el empresario es capaz
de advertir esta información subjetiva de su entorno y aplicarlo
sobre sus procesos productivos ofreciendo el “precio adecuado”,
y es que, en realidad, la última palabra siempre será del
consumidor, del cliente ya que tendrá que intercambiar de forma
pacifica y contractual un producto (dinero), que estimará en menos
valor, por otro producto (el bien económico concreto ya sea un
producto o servicio). Es decir, 1) el cliente quiere canjear dinero por
un bien económico, 2) éste dinero es menos valioso para
él que el bien económico que adquiere, de lo contrario no
pagaría; y de forma análoga 1) el oferente canjea su bien
económico, el que él ha producido, por 2) otro bien que
tiene mayor valor para él, es decir, el dinero de su cliente. De
existir desacuerdo en alguno de estos puntos ni el cliente ni el oferente
cruzarían ninguna operación comercial.
Justicia individual y eficiencia de mercado
El gran problema que ha creado la aplicación de la teoría
objetiva del valor (clásica y neoclásica) atiende a otros
procesos que han generado grandes injusticias. Según las exposiciones
del gobierno (siguiendo la teoría objetiva del valor) dice: hay
productos o servicios que son incapaces de llegar a un “precio justo”
ya que la suma de sus costes supera el precio de las necesidades sociales.
En realidad hemos visto que esto en realidad jamás ocurre y siempre
que hay una necesidad el mercado es capaz de cubrirla a través
de la teoría subjetiva del valor dando a todos los productos y
servicios su auténtico valor real. Pero el estado, incapaz de hacer
formulaciones científicas y no partidistas, decreta ciertos productos
y servicios como “bien nacional”, o “necesidades sociales”,
crea ineficientes monopolios en sectores que en realidad serían
ampliamente lucrativos y competitivos en una economía totalmente
privatizada. El gobierno nombra árbitros con fines sociales, éstos
desempeñan la función de Díos justiciero. Estos jueces
sociales como los burócratas que componen el FMI, el Banco Mundial,
el tribunal de la libre competencia u otros segmentos como el de los servicios
públicos: seguridad (policía), justicia… son servicios
expropiados a la actividad privada convirtiéndolos en monopolios
injustos que benefician a unos en contra de otros. En realidad, la libre
iniciativa privada sería perfectamente capaz de encontrar un precio
para satisfacer al consumidor.
A estos burócratas se les pide que dejen de actuar como hombres.
Durante 8 horas al día han de abstraerse de su condición
humana para ser seres justos e imparciales, han de actuar como un díos
imparcial a cambio de un salario. Después la opinión pública
se horroriza cuando aparecen los clásicos escándalos de
corrupción o amiguismo, cuando dan precios no justos, es decir,
objetivos entendiendo que, tal vez, el precio justo sea el de mercado
sin atender a las particularidades del individuo. Las gentes exclaman:
¡cómo se ha podido producir esto, esa persona [el burócrata]
tiene la función de ser justa, de asignar un precio adecuado; cómo
se ha dejado sobornar o dejar llevar por el amiguismo! Los liberales,
a diferencia de los burócratas tecnocráticos (éstos
últimos incapaces de confiar en el individuo que consideran mezquino
en su condición) no proponemos un juez o árbitro, sino millones
de ellos. Eliminando estos funcionarios cada consumidor, inversor o ahorrador
es el mejor juez que procura por sus propias necesidades, sólo
el individuo sabe que es un precio justo o injusto, que es caro o barato.
Ningún hombre necesita de un tercero que medie por él, siempre
y cuando no sea porque éste mismo lo ha decretado voluntaria y
pacíficamente. En este sentido, cuando el individuo es autónomo
y amo de sus decisiones y actos la eficiencia es máxima, la responsabilidad
no recae sobre nadie que no sea él mismo.
Los conceptos teóricos de la economía no son menospreciables
ya que, desgraciadamente, muchas veces se usan arbitrariamente para justificar
situaciones de coerción y una supuesta moralidad social muy mal
entendida. La economía para su buen funcionamiento siempre ha de
estar orientada al individuo no al conjunto. La economía surgió
como estudio de los actos humanos, no es una ciencia política creada
para el gobierno de un jerarca. Ya Pareto advirtió: “estamos
corriendo el riesgo de perder de vista al auténtico objeto de la
economía: el hombre”. Y efectivamente eso mismo ha ocurrido;
los economistas neoclásicos han intentado adaptar la sociedad a
su método en lugar, de lo que por lógica, tendría
que haber sido al revés. Cuando el estudio sobre los acontecimientos
del hombre se tornan en imposición y falta de libertad individual,
sin duda alguna, se pierde la ciencia para trasformarse en una herramienta
de poder creando sólo injusticia y tiranía.
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