No hay más solución fáctica que el libre mercado
El hombre (como conjunto agregado, sociedad) suele pensar que tiene una evolución lineal hacia la perfección (conquistas sociales). Esta idea, se implantó en la extrema izquierda desde Marx hacia delante. Realmente ya había una reminiscencia algo anterior en cuanto sólo la elite puede conseguir mejoras a una mayoría. Para estas autoproclamadas elites y dirigentes, la perfección llegaría con una sociedad planificada, dirigida por ellos.
El razonamiento, no sólo no obedece a ninguna estructura lógica (su propia definición da resultados contradictorios), sino que contradice la compleja realidad que determinan los actos humanos a través de su evolución (historia).
Hoy ha aparecido una noticia que está sonando más que la canción del verano sobre las concesiones salariales en Alemania (artículo en castellano) publicado por The Wall Street Journal.
Parece ser que los dirigentes, y las ¡elites! —sindicalistas, tecnócratas, políticos, burócratas, tribunales de la libre competencia, defensores del consumidor, etc.—, que pretenden guiar al hombre hacia su perfección están topando directamente con la dura realidad. Se vuelve evidente que no son más que ciegos visionarios que no sirven para nada al individuo. Se comportan igual que un parásito, viven del huésped: roban al hombre con impuestos, tasas, leyes, con el monopolio de la fuerza, etc. para repartírselo todo entre ellos.
Su particular visión de sociedad justa e igualitaria empieza a no poderse retroalimentar. Pero en lugar de abandonar su dogmática posición de una forma rápida y radical, lo único que hacen es “ceder” lentamente. Cuándo se darán cuanta que la única justicia son las decisiones individuales (la que residen en cada individuo, y no en la elite), y como no: ¡el libre mercado! ¡La exclusiva economía privada sin interferencias!
El fallo del dirigismo es que la realidad capitalista, el fascinante reto de la libertad de los medios de producción privados, es mucho más rápido que las torpes leyes y decretos del dirigente. Por eso, jamás ningún político, sindicalista, tecnócrata, grupo de presión, etc. evitará lo que cada vez es más evidente.
Tal vez, cuando el estado o gobierno llegue a su colapso, las elites continuarán creyendo que siguen teniendo razón, y que su moral aún es superior a los actos libres e individuales; pero en ese momento el Capitalismo radical, el laissez–faire en estado puro tendrá el terreno preparado para tomar el relevo a los excesos de la igualdad y solidaridad. El libre mercado no triunfará por la superior visión de un grupo de personas, sino porque es el único sistema factible en una sociedad libre donde impera la alta división del trabajo, la elección, y la libre acción individual.
Tardará más o menos, pero su llegada, por un camino u otro, es inevitable.














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