
El casi centenario economista Milton Friedman reafirma un mensaje que está repitiendo
mucho últimamente:
“En resumen, al terminar la Segunda Guerra, la opinión era socialista, pero la práctica era el libre mercado. Actualmente, la opinión es de libre mercado, mientras que la práctica es marcadamente socialista. Hemos prácticamente ganado la batalla de las ideas (aunque esas batallas nunca se ganan definitivamente); hemos logrados frenar el crecimiento del socialismo, pero no hemos tenido éxito en hacerlo retroceder. Todavía estamos muy lejos de conseguir que la práctica gubernamental se ajuste a la opinión pública.”
James Buchanan, otro reconocido economista recordaba también:
“En esos años mi colega Warren Nutter solía decir que ‘salvar los libros’ era el objetivo mínimo de los liberales clásicos. Al menos teníamos que mantener las ideas liberales impresas. Friedrich von Hayek, el gran defensor del libre mercado, amplió la noción de Nutter a ‘salvar las ideas.’”
Los mensajes parecen claros: “el liberalismo ha vuelto”. Pero ¿qué liberalismo? Ya no hemos de salvar las ideas, sino innovarlas. Para hacerlo no hemos de recurrir a los “liberales clásicos” (Buchanan, por ejemplo, adora a John Stuart Mill), sino a autores anteriores incluso.
Hemos de recobrar la libertad plena; la ética de Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Juan de Mariana, Samuel von Pufendorf… Hemos de recordar que el Utilitarismo no es el camino a la libertad, sino la excusa del socialismo para imponer su plan del “bienestar para todos”.
En la economía hemos de recordar a Nassau William Senior, Frédéric Bastiat, Jean-Baptiste Say, Carl Menger, Ludwig von Mises… Y después innovémosla como han hecho Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, Walter Block… (a los que se podría llamar la “escuela austriaca americana”).
Tal vez estos autores no acaben marcando el rumbo último que ha de tomar la “economía austriaca”, pero en todos ellos hay una idea clara y lúcida: sin total, y absoluta libertad individual no existe libertad alguna. Y ésta sólo es alcanzable a través del orden espontáneo y Capitalismo sin barreras. Cualquier forma de colectivismo —y el “Estado”, por pequeño que sea, es el peor de ellos— implica siempre la servidumbre de unos respecto a los otros.
Los “problemas técnicos”, o las aparentes contradicciones de la libertad total no existen. Proudhon (que no era liberal precisamente) lo manifestó mejor al decir: “la libertad no es la hija del orden, sino su madre”, no hay excepción alguna. Y entender esto, va a ser la batalla más difícil para el liberalismo.
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