Sobre fumar y otras cosas. Respuestas a un lector
Esta semana se publicó en Libertad Digital un artículo mío llamado “los malos humos de la represión estatal”. Un paciente lector me ha escrito un mail sobre algunas dudas sobre la prohibición de fumar y otros temas que ha relacionado. A continuación reproduzco mi contestación. Una nota, leer una sola respuesta puede causar confusión porque el texto está pensado para ser leído íntegramente, y parte de la información de una respuesta puede estar en la anterior, siguiente…, por eso no pongo todas las preguntas al principio con enlaces a las respuestas. Pregunta (P): ¿Permitiría que el mercado regulase que los coches aparcasen en la acera?
Respuesta (R): El mercado lo componen personas, no es una entidad superior al hombre ni una deidad. El liberalismo no es como el marxismo u otras formas de pensamiento colectivistas enfocados a fines teleológicos y superiores como dogma. El liberalismo estudia las actividades terrenales del hombre, no pretende doblegar su moral, su comportamiento ni voluntad.
Siendo así, podemos reformular la pregunta de la siguiente forma: “¿Permitiría que las personas regulase(n) que los coches aparcasen en la acera?” El burócrata es quien diseña las calles atendiendo a sus intereses particulares no a los de la comunidad, el reciente caso del 3% de CIU es un ejemplo fácilmente deducible aunque no hubiese salido nunca a la luz. En una sociedad libre donde las personas son propietarias, y con la exclusiva existencia de medios de producción privados, las calles y las ciudades serían radicalmente diferentes enfocándose a las necesidades reales, no se harían aceras enormes, tranvías… como hoy día y que va contra lo que el mercado (la gente) pide. Incluso la estructura de esta cambiaría. Que los coches aparquen en segunda, tercera o cuarta fila no es problema del Capitalismo, sino del estatismo, es el estado quien decide crear o no parkings entre muchas otras limitaciones que genera la burocracia.
P: ¿Permitiría que el mercado regulase el escupir en la calle o en los lugares públicos?
R: Si usted me invitase a su casa yo no escupiría en su suelo ni paredes porque de ser así, usted me echaría. En el Corte Inglés, que también es un lugar privado, tampoco nadie escupe. La gente sólo se comporta “incívicamente” de forma masiva en los lugares públicos “porque son de todos”. Y así como nosotros nos podemos comportar como queremos en nuestra propiedad “porque es nuestra”, ¿por qué no en los lugares públicos, que también son nuestros? Intentar responder desde el punto de vista socialista (“______ es de todos”) sólo llega a respuestas insolubles; y es que realmente el auténtico dueño de las calles no somos nosotros, sino el burócrata. Nosotros sólo pagamos queramos o no a punta de pistola, pero sólo el alto burócrata decide. Las calles no son nuestras, sino del estado, sólo él es el amo, señor y propietario.
Y es que por esta misma razón podemos prohibir las manifestaciones. Unos tienen derecho a manifestarse y otros a que no se les moleste, ¿quién tiene razón? Evidentemente los dos. La solución obedece a la famosa idea de The Tragedy of the Commons, (tragedia de los [bienes] comunes) de Hardin (artículo original traducido aquí). Si privatizamos las calles cada uno (particular, comunidad, sociedad, empresa…) pondrá las leyes que quiera en ellas, incluso si se puede escupir, hacer una manifestación… sin tener que pagar, como ocurre hoy, a un propietario que ha realizado su patrimonio mediante la fuerza, incautación y expropiación al que no podemos recurrir ni cambiarnos y siempre nos extorsiona con impuestos. Que las calles no tengan un solo dueño, sino decenas, centenas, millones de ellos y que no nos esclavicen con sus leyes ni tributos obligatorios.
P: ¿Permitiría que el mercado regulase las heces caninas en la calle?
R: La respuesta anterior está ligada con ésta. Y recuerde que puede cambiar perfectamente “mercado” por “personas”.
P: ¿Permitiría que el mercado regulase los ruidos nocturnos?
R: Los ruidos nocturnos se deben, en gran mediada, a los altos precios del alcohol (botellón). Si desregulamos el “mercado de la noche” no sólo los empresarios con establecimientos nocturnos endrán más beneficios y ofrecerán más empleo y alternativas a los consumidores, sino que la gente podrá estar dentro del local y no fuera. Prohibir el consumo de alcohol o establecer toques de queda para que no haya ruidos no los eliminará, sino que sólo creará pérdidas económicas netas y más crispación. Es la tiranía de las buenas intenciones.
P: ¿Por qué razón el mercado ha de regular el derecho de los no fumadores a no inhalar el humo de los fumadores?
R: Lo apuntado en el artículo: “desregular la economía para que el mercado cree más lugares como Starbucks, donde no se puede fumar.” Si existe la necesidad real, el mercado lo suplirá, por eso en una sociedad Capitalista el mundo avanza, el empresario que no se percata pierde dinero (coste de oportunidad que es el auténtico coste), o lo que es lo mismo, si hay un déficit en la demanda, la oferta se apresura a cubrirlo para ganar dinero. La teoría subjetiva del valor nos recuerda eso. El coste lo crea la utilidad marginal y prioridad en la escala subjetiva de la demanda hacia los diferentes escenarios del productor u oferta. Cuanto más pida algo el consumidor mayor concentración en ese producto o servicio habrá reduciendo su coste en todas las escenas productivas. Y esto ocurrirá hasta que el consumidor se canse y pida otras cosas en lugar de esa. Nada es eterno. Hasta Coca–Cola acabará muriendo un día. Recuerde que desde el punto de vista del management toda empresa tiene como máximo tres fases: nacimiento, madurez y declive (o muerte). Si el mercado (la gente) apuesta por no fumar, los empresarios del sector se dedicarán a otra cosa más lucrativa: a lo que la gente más demande.
Un fumador tiene tantos derechos a fumar como el que no los es. Desde el punto de vista de la imposición (estatista), y si prescindimos del libre mercado, sólo crearemos una injusticia segura a un gran número en detrimento al resto del otro grupo.
P: ¿Por qué tengo que estar en un restaurante fumando el cigarrillo del de al lado?
R: Lo apuntado anteriormente. En Starbucks no se puede fumar: desregularicemos la economía y que cada uno elija a que restaurante ir, o si realmente lo demanda la sociedad, se crearían lugares mixtos, pero eso no es así. El estado ha hecho crecer una fobia que nos impone como si la necesitáramos cuando no es cierto. Sólo la ha creado para tener mayor control y fuerza sobre el hombre libre. Hace diez años nadie se quejaba, ahora sí. ¿Es que el humo del tabaco huele peor o es más nocivo que antes? El estado ha creado y explotado una necesidad irreal para su bienestar, no para el nuestro.
P: ¿Por qué tengo que pedir al que me sigue en la cola de un aeropuerto que no fume?
R: Porque el mercado —y recuerde, mercado es igual a personas y sociedad— es diversidad de capacidades, opiniones y formas de actuar y pensar. En una ocasión una persona me dijo “¿por qué he de aguantar a una mujer con velo (musulmana) en el metro si a me molesta?” Aplique la respuesta. Lo que le dije a esa persona fue que se desplazara hasta la otra punta del vagón o no la mirara. Vivir en sociedad, entre personas diferentes, tiene, siempre, cosas positivas y negativas (la mayoría positivas).
Posiblemente su mujer, por ejemplo, a veces hace cosas que no le gustan sin darse ella cuenta. ¿Por qué ha de aguantárselo? Divórciese. Pero sabe que vivir con ella (suponiendo que tenga mujer, pareja y no esté divorciado) le sale más a cuenta que no separarse porque a veces, por ejemplo, silva sin querer. Lo apuntado, la sociedad es lo mismo, tiene cosas buenas y malas, si las cosas malas pesan más en su escala, mejor que se vaya de esa sociedad que no asesinar, por su bienestar, la libertad de millones de personas (porque son millones los que fuman en España). Los liberales, como le he apuntado antes, no creemos en un mundo feliz a costa de represión porque sabemos que la diversidad y el propio hombre tienen errores y diferencias. Eso no se arregla con prohibiciones, sino con la máxima libertad posible para que cada uno se gestione como quiera. En cambio el marxismo y el fascismo sí que creen en “el mundo feliz”. Los resultados fueron evidentes, sólo consiguieron la felicidad los dirigentes políticos.
Si seguimos el camino de “por qué he de aguantar a ______” transfiriendo las soluciones a la ley y al estado sólo conseguiremos un mundo de tiranos y dictadores que dicen cosas preciosas pero que actúan como represores sin escrúpulos, y el estado sólo sabe hacer eso porque ese es su negocio: la esclavitud.
P: ¿Por qué cada poco tengo que recordar a muchos usuarios del hospital que no se puede fumar?
R: Este es un problema personal, no del estado. La disciplina entre los míos la creo yo, no un burócrata que está a 500 Km. de donde vivo. Lo dicho antes, asesinar la libertad individual de millones de personas por algo suyo (o mío) puede ser muy contraproducente y nocivo. En este caso porque la represión de libertad le ha favorecido a usted a expensas de otras personas, ¿pero cuando le castigue a usted la ley, entonces qué? El totalitarismo es un arma de doble filo muy peligrosa, sólo crea ganadores a costa de los perdedores.
Y a propósito espero que en las instalaciones sanitarias donde trabaja no sean psiquiátricos, porque ahí sí que se puede seguir fumando. La ley es así de absurda.
P: ¿Libertad es lo mismo que anarquía?
R: Anarquía es la libertad sublime. Anarquía no es caos. La anarquía es la eliminación de los medios políticos para que sean substituidos por los medios económicos. Y es que como dijo Proudhon (otro que no era liberal): “la libertad es la madre del orden y no la hija” (PDF de 2,31 MB).
P: ¿Libertad supone no tener normas de convivencia?
R: No. Las normas de convivencia nacen de la sociedad, de la gente. El estado, gracias al socialismo en sentido extenso históricamente ha tomado esta idea para imponer sus beneficios a costa de la gente. La justicia de la libertad se basa y nace en el derecho natural (tomista, principios aristotélicos…). Dos libros en castellano al respecto son “Justicia sin estado” de Bruce Benson y “La ética de la libertad” de Murray Rothbard (en esa misma Web se pueden encargar).
P: ¿O las normas de convivencia también las dicta el mercado?
R: Si el mercado es la gente, las personas y la sociedad: sí. Incluso en un mundo socialista, teóricamente, es la sociedad y las personas quienes dictan las normas de convivencia, el gobernante sólo hace de transmisor, pero eso es un fallo intelectual, y por lo tanto, práctico de las izquierdas. Usted impone normas de convivencia en su casa, ¿no sería absurdo que el estado las dictase por usted? De hecho es lo que está pasando con el adoctrinamiento en las escuelas públicas que el estado es quien dicta los programas, idiomas en los que expresarse e incluso, como en Francia, cómo han de vestir los más jóvenes aunque no quieran los padres (los niños no pueden llevar colgantes con símbolos religiosos). Y sería muy rebuscado decir que en algunas escuelas privadas los niños van con uniformes, porque eso, ¡es a razón que los padres lo quieren hasta el punto de pagar por ello!
La justicia privada es un hecho en auge representada por el derecho arbitral. Tenemos ejemplos históricos y coherentes con la libertad que no es el momento ahora de explicar por su longitud.
P: A estas alturas dudar de los efectos perniciosos del tabaco tal vez carezca de sentido (el artículo que pone de ejemplo no puede ser más demagógico; yo podría citar cientos que demuestran, con el método científico, no basado en anécdotas, lo contrario). ¿Se imagina que alguien quisiese hoy día introducir en el mercado un producto tan nocivo como el tabaco? Fíjese lo que sucedió con el consumo de vacuno cuando, de forma injustificada, se alarmó a la población con la encefalopatía espongiforme bovina.
R: Los artículos citados son de Octavio Rodríguez Araujo, que no es precisamente un autor liberal (más bien anticapitalista). Sobre lo del consumo de vacuno recuerde que se introdujo con la aprobación del estado. Nadie sabía en ese momento que era nocivo. Aunque creemos una dura dictadura sobre la perniciosidad de las cosas no evitaríamos los errores y accidentes, porque éstos, son productos de los hombres (de los libres y y de los esclavos). Las numerosas leyes sobre la construcción en Barcelona no han evitado que se hundiese un barrio (o casi) del Carmel, ni las numerosas leyes contra los conductores y los coches no evitan que muera gente en las carreteras. Si lo privatizamos conseguiremos múltiples opciones donde el cambio de un error a un beneficio será rápido y sin enormes costes como hoy día debido a las regulaciones, corrupción y monopolios que crea el estado.
Más opciones no son más errores, sino más alternativas de beneficios. Si un solo comité central lo regula todo, los errores serán continuos debido a la desinformación y corrupción perpetua del dictador de la producción.
P: La libertad individual termina donde se perjudica (o molesta) a los demás. Muchos estamos hartos de llegar a casa oliendo a humo.
R: Esta cita es de un filósofo liberal, Herbert Spencer, que apropósito, le recomiendo el libro del extracto “El Individuo Contra el Estado” porque habla de estas cosas (ley, justicia, estado, mercado…) aun siendo un pensador del S. XIX.
Si analiza bien la cita (Spencer dijo: “every man has freedom to do all he wills, provided he infringes not the equal freedom of any other man”) verá —como apuntó Clara Dixon Davidson— que la segunda parte de la cita es redundante sobre la primera, “lo que desee”, ya que toda libertad acaba en la del otro. Y esto es lo que el estado no entiende ni hace: pisa las libertades de unos para dárselas a otros o a él mismo. El estado y el socialismo sólo engendran barbarie.
En un sistema puramente libre y Capitalista esta vulneración no ocurre. Las externalidades son un invento y no un descubrimiento que plantea soluciones políticas no económicas. Las externalidades pueden servir para el management de una empresa privada, pero no para el estudio de la economía; siempre y cuando, claro está, que usted considere al estado un empresario o proveedor de falso bienestar (socialismo). Y si usted cree eso, no hay razón para no nacionalizarlo todo y que el estado sea quien administre el 100% del PIB, pero las consecuencias serán desastrosas.




A esto no ayudó nada la entrada del euro donde, de golpe y encima por sorpresa del BdE, se sobreimprimieron y distribuyeron una cantidad muy por encima de la masa total que había en antiguas pesetas: “El pronunciado aumento de los billetes en circulación observado [!] a lo largo del 2002, tras el período inicial de transición al euro, prosiguió en el 2003, año en el que el importe de los billetes en circulación se elevó un 21,7%, pasando de 358,5 mm de euros a 436,2 mm de euros.” (Informe anual de BCE de 2003).
La pregunta es, ¿por qué los precios han aumentado tanto en determinados bienes (casas, bolsa…) y no en el resto? En el resto han aumentado sin duda, pero la razón que la inversión se haya destinado a la “especulación” financiera o inmobiliaria se debe a que, además de haber aumentado la M3, el BCE ha mantenido bajísimos los tipos de interés que se han canalizado hacia la “inversión fácil” con deducciones fiscales debido a la propia estructura económica que ha generado el estado de expectativas corto-placistas donde la inversión en proyectos de largo plazo no tenían el mismo rendimiento, o la misma TIR si se quiere mirar así, que las que han acaecido en la realidad. Precisamente el estado y el intervencionismo incentiva lo que en un laissez-faire tiene a desaparecer: el mercado masivo del corto plazo ya que las preferencias temporales (expectativas temporales) en un estado del bienestar estas siempre son altísimas promoviendo el beneficio rápido, el fraude, especulación continua… y en consecuencia el caos monetario y posteriormente, por extensión, el económico.









