Jorge Valín
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Valín

domingo, enero 29, 2006

SudÁfrica contra el control de armas

Según una noticia del SignOnSanDiego.com, llamada New lobby aims to fight gun control in crime-plagued South Africa:

“Partidarios de las armas en SudÁfrica crearon una nueva organización el martes pasado para decir que más armas son necesarios para poner freno al crimen que se produce en el país procedente de asesinos y ladrones armados.”

“El nuevo grupo, Gun Owners of South Africa, dice que la gente posee el derecho a la autodefensa en una nación que tiene uno de los índices de asesinatos más altos del mundo.”

“’Queremos que el la Ley para el Control de Armas de Fuego desaparezca en su totalidad, y queremos una enmienda a la constitución para asegurarnos tener armas de fuego para proteger a nuestras familias’, dijo el primer responsable del grupo Charl van Wyk.”

“’Los criminales en SudÁfrica tienen demasiada libertad, demasiada seguridad’ anotó Larry Pratt, director ejecutivo de un grupo de Estados Unidos (Gun Owners of America), que cuenta con 300.000 miembros.”

“’La única forma de afrontar este escenario de Salvaje Oeste es permitir a los buenos chicos tener armas’, dijo Pratt.”

Como siempre unos han sacado estadísticas en contra y los otros a favor. A nadie se le ocurrido, pero, sacar estadísticas de los accidentes de tráfico en los países occidentales, que son mucho más numerosos, y en consecuencia lógica prohibirlos. La seguridad y libertad de la gente pende de unas estadísticas y del plebiscito del mayor interesado en que la gente no se pueda defender: el estado. A esto le llaman civilización bajo el glorioso estandarte del “bien común” y tiranía de los estados.

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sábado, enero 28, 2006

Paul Craig Roberts: Bush ha contribuido al aumento del terrorismo

Escribe Paul Craig Roberts en su artículo Catastrophe Looms:

“…Con el triunfo de Hamas en las elecciones de Palestina, vemos el enorme fracaso de la política de Oriente Medio de Bush. Bush ha conseguido reemplazar a los moderados laicos por gobiernos islamistas radicales en Oriente Medio. Es un disparate pensar que este desastre ¡hace sentir a América más segura!”

“La administración Bush se ha quedado asombrada (ante la victoria de Hamas) porque cree felizmente que centenares de millones de musulmanes están encantados que Estados Unidos haya intervenido en sus asuntos internos durante sesenta años construyendo colonias y gobiernos títere para acabar con sus aspiraciones y conseguir, además, el propósito del gobierno de los Estados Unidos.”

“Estados Unidos necesita desesperadamente entender que el 95% de los terroristas musulmanes en todo el mundo fueron creados en los últimos tres años de la invasión de Irak.” Más>>

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miércoles, enero 25, 2006

Los italianos se podrán defender

Me envía Manuel una fantástica noticia para la seguridad de los italianos: Italia aprueba una ley de autodefensa (BBC NEWS Europe). En el artículo se lee:

“La ley permite el uso de armas y cuchillos en las casas o lugares de trabajo para proteger la vida o efectos personales.”

“La reforma ha sido introducida por el partido de la Liga del Norte, miembro derechista de la actual coalición con una fuerte plataforma anticrimen.”

“La nueva ley permitirá a la gente usar legalmente las armas registradas para protegerse o proteger a otras personas, así como proteger su propiedad o la de otros de la agresión ajena. Se aplicará si hay un peligro de agresión y el ofensor no desiste en su actitud criminal.”

“El ministro de justicia Roberto Castelli ha respaldado la nueva ley. ‘Hoy los delincuentes tienen más razones para estar asustados, mientras que a la gente honesta se le reducirán los problemas’, dijo el Sr. Castelli.” Más>>

Como siempre los liberticidas y partidarios del crimen han visto la nueva ley como una aberración, así “la oposición votó en contra de la propuesta ya que los críticos creen que esto animará a la gente a tomar la ley por su mano.”

Los criminales siempre van armados (los del estado también), si prohibimos las armas tendrán carta blanca para hacer todos los delitos que les plazca como ocurre cada vez más en España.

Relacionados:

Ciudadanos armados significan una ciudad segura de John R. Lott
Las armas han salvado vidas esta noche en N’Orleans, y la policía saquea.
Las armas salvan vidas. Casos reales.
Ucrania elimina la policía de tránsito!!!
Los brasileños dicen SÍ a las armas
Alce Negro y la libertad de armas. Un relato en primera persona

Y las páginas de:

BlogBis: defendiendo el derecho a la tenencia de armas de fuego.
John Lott's Website.
John R. Lott, Jr.: Archives.
Keep and Bear Arms.
America Will Be Safer If You Give Grandma an Uzi, por Brad Edmonds.
Disarm the Police, por Gary North.
Give Me Dumb Guns and Dangerous Bullets, por Brad Edmonds.
Heck, Give Everybody a Gun! por Brad Edmonds.
Why I Love Guns And Why You Should, Too, por Brad Edmonds.
More Guns, Less School Shootings, por Brad Edmonds.
Statistics Indicate Gun Control Only Increases Crime, por Pierre Lemieux.
Why a Drop in “Gun Deaths” Cannot Justify the Gun Registry, por Gary Mauser (PDF 105 KB).
Guns for Protection, and Other Private Sector Responses to the Government's Failure to Control Crime, por Bruce L. Benson (PDF 1,79 MB).
The Why of Gun Ownership, por James Ostrowski.
• Y en fin, etc.

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martes, enero 24, 2006

Bush, que tío más liberal!!

Aquellos que llaman a George W. Bush liberal, o ultraliberal, es que no saben qué es el liberalismo, o bien no saben quién es Bush, o bien no saben ninguna de las dos cosas. A los muchos asaltos de Bush a la libertad, tanto individual como económica, se ha añadido otra de las características habituales del estado, el asesinato: “EE.UU. podrá ejecutar a presos en Guantánamo”.

También ZP, “el pacifista”, actúa de forma similar enviando fragatas a Irak, vendiendo armamento a países represores, subiendo el sueldo a los militares, manteniendo tropas de ocupación en Haití y Afganistán, y a saber cuantas cosas más. Los políticos no venden inocuas mentiras, sino que sus engaños significan muerte, represión y pobreza. La política jamás podrá abrazar al liberalismo, porque el liberalismo es la ausencia total de medios políticos, o lo que es lo mismo, la política es la agresión sistemática. Eso sí, lo hacen para el bien común, que no falte.

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Libre Mercado, Murray Rothbard

El Mises Institute ha publicado un ensayo de Murray Rothbard llamado What Is the Free Market? Si lo queréis en castellano podéis leer la traducción de Hebert Suárez Cahuana en ILE, Libre Mercado:

“Una crítica muy frecuente que se le hace a la sociedad del libre mercado es que esta origina “la ley de la jungla” o “el perro come a otro perro”, que ella hace que se desprecie la cooperación humana por la competencia, y que exalta el éxito material en contraposición a los valores espirituales, filosóficos o el ocio. Por el contrario, la jungla es, precisamente la sociedad de la coerción, el robo, y el parasitismo, una sociedad que denigra la vida y los niveles de vida. La competencia pacifica entre productores y ofertantes es un proceso profundamente cooperativo en el cual todos se benefician, y todos elevan su nivel de vida (comparado con lo que se lograría en una sociedad sin libertad). Y el indudable éxito material de las sociedades libres permite que disfrutemos de una enorme cantidad de ocio comparado con otras sociedades, y realizar actividades del espíritu.” Más>>

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sábado, enero 21, 2006

El No–Estado de Somalia. Van Notten

Artículo publicado en Amsterdam el 24 de abril del año 2000 con el nombre de "From Nation–State to Stateless Nation: the Somali Experience".

Michael van Notten 1934—2002. Abogado alemán interesado en temas sobre la libertad de mercado y social. Muy pronto dejó Europa para hacer una empresa en Zambia, participó con varias instituciones liberales y a mediados de los años 80 se fue a vivir a Somalia. País que estudió profundamente.

De la nación estado al no estado: la experiencia somalí
por Michael van Notten


SomaliaHace casi diez años, la nación somalí abolió su gobierno central y se convirtió así en una nación sin estado. Como resultado, el pueblo somalí es hoy más pacífico y ha llegado a ser más próspero que antes. Este acontecimiento único en la historia política del mundo merece toda nuestra atención. Sobre todo ahora que por todas partes los pueblos piden una alternativa a la democracia. La democracia llegó a ser popular porque prometió menos impuestos y más libertad que la que existía bajo la monarquía. Pero no pudo cumplir su promesa; los impuestos se llevan hoy en promedio la mitad de la riqueza de cada uno sin darle mucho a cambio. Y sus regulaciones limitan seriamente la libertad y la productividad de los ciudadanos. Se estima que la gente produciría de 4 a 8 veces más abundancia sin esas regulaciones democráticas.

Permítame, primero, contarle un poco de la historia política del pueblo somalí, una nación en el este de África cuya población actual es de unos 15 millones de personas. Esta nación habita un territorio semiárido del tamaño de Francia. Mide aproximadamente un millón de kilómetros cuadrados. Poco después de la construcción del canal de Suez en 1869, el territorio somalí fue invadido y ocupado por cuatro potencias coloniales: Gran Bretaña, Italia, Francia y Etiopía. Al final del período colonial, cada una de estas cuatro partes tuvo su propio gobierno central, manejado por los políticos locales, que fueron entrenados para ello por las potencias respectivas. En enero de 1991, los gobiernos centrales de la Somalia británica e italiana fueron desmantelados. Al mismo tiempo, cada una de las sesentaitantas tribus somalíes reafirmaron su independencia política. Los jefes de cada tribu asumieron la responsabilidad de mantener ley y el orden.

Esto, "ley y orden", no tiene nada en común con la democracia. Sería mejor describirlo como "un mercado libre para el suministro, la adjudicación y el cumplimiento y aplicación de la ley". La ley somalí consiste en leyes consuetudinarias. Estas leyes existen en muchos países, pero solamente en Somalia son la ley suprema. Como uno puede imaginar, las leyes consuetudinarias son de dos clases, unas que oprimen a las personas, y otras que reconocen su derecho a la vida, a la libertad y a la prosperidad. En Somalia, la mayoría de estas leyes consuetudinarias son del segundo tipo. Exceptuando unas pocas reglas, las leyes somalíes reconocen a todo mundo su derecho a la propiedad privada, lo que incluye el principio del libre cambio. De esa manera, la ley consuetudinaria somalí es muy cercana a la ley natural. (Y por esto, para una mejor comprensión de la ley somalí, será útil entender más acerca de tal ley natural).

Ley natural

Antes de definir "ley natural" investigaremos qué significa el término "ley". La mayoría de los juristas piensan que la raíz etimológica de este término es la palabra romana lex, que significa "obligar" (to conscript) o "imponer". Pero el verdadero origen del término "ley" es la palabra germánica laeg, cuyo significado es "orden", "paz", o "relaciones amistosas". Su opuesto es orlaeg, que todavía sobrevive en la lengua holandesa, en la palabra oorlog, que significa "guerra" o "relaciones no amistosas". Así pues, la ley es un estado de paz y de relaciones amistosas entre los individuos. De hecho, así era originalmente: "ley" no tenía el significado que tiene hoy: mandato, regla, norma o declaración directiva, sino que, en lugar de eso, denotaba ese estado de paz y relaciones amistosas.

Ahora, el término "ley natural" denota ese significado antiguo del término "ley". De hecho, la ley natural es algo que los pueblos han conocido desde tiempos inmemoriales, sin identificar su naturaleza exacta ni la razón por la cual debe respetarse. (En lo que sigue me ocuparé de estas dos cuestiones; para ello resumiré las enseñanzas de Frank van Dun, que enseña filosofía del derecho en las universidades de Gent y de Maastricht).

El concepto de ley natural fue desarrollado durante 2.500 años por sabios y humanistas que observaban la gran variedad de sistemas políticos. Ellos se preguntaban: ¿cuál de todos podría ser llamado el orden natural de la humanidad? En su búsqueda, esos pensadores imaginaban un orden ideal, uno en el cual nadie pudiera ocultar por mucho tiempo su responsabilidad por lo que dijo, hizo o causó. Consecuentemente, no habría confusión en cuestiones como: quién le debe a quién, quién hizo o prometió hacer tal, quién participó voluntariamente y quién fue forzado o engañado, etcétera. Además, estos sabios imaginaban un orden en el que ninguna persona sufriera daños o perjuicios por causa de otros, y le fuera posible vivir su vida y disfrutar sus propiedades en un ambiente de paz y relaciones amistosas. Esas personas honrarían sus contratos y entregarían una total restitución o compensación cuando faltaran a este orden y causaran daño a otros.

Tal conjunto de características constituye, ciertamente, un orden —un orden atractivo—; pero ¿es el orden natural de la humanidad? Sólo podremos afirmarlo si las características de ese orden son hechos naturales, esto es, categorías objetivamente descubribles.

Hechos de la naturaleza

Exceptuando a los gemelos siameses, los seres humanos son seres diferenciados, seres separados entre sí. Esta "separación" es ciertamente un hecho natural. Las diferencias entre las personas —en edad, talla, talento, así como sus capacidades para la acción, el lenguaje, el pensamiento y la comunicación racional— les fueron "dadas" genéticamente por la naturaleza. Son, pues, hechos de la naturaleza. También esas capacidades lo son. Las personas necesitan ejercerlas para existir y sobrevivir como seres humanos. El ejercicio de esas capacidades les es tan fundamental para tener "su lugar en el mundo", como lo es poseer un cuerpo físico. Este "su lugar en el mundo" consiste en el espacio que coincide con su ser físico, con sus actividades y con el fruto de su trabajo. Por tanto, este "su lugar" pertenece naturalmente a cada persona. De ahí su nombre, "derecho natural". Los filósofos se preguntan si realmente existe este derecho natural. Y afirman que, puesto que los seres humanos tienen capacidad para la acción, el habla y el pensamiento independientes, entonces pueden y deben actuar, hablar o pensar. Porque ¿cómo podría alguien negar el derecho a pensar, hablar o actuar? Sólo podría hacerlo mientras piensa, habla o actúa. Por consecuencia, afirman los filósofos, tal derecho no puede ser negado. Luego existe. Otros nombres para ese "su lugar en el mundo" son "libertad" y "propiedad", que son, por ello, sinónimos del derecho natural.

Una persona puede aumentar su derecho natural ejercitando su capacidad para la acción, el lenguaje, el pensamiento y la comunicación, pero solamente en la medida en que respeta los derechos naturales de las otras personas. Si una persona aumenta su lugar en el mundo violando el lugar en el mundo de otras personas, el resultado de ello no es propiedad, sino robo o botín. Para encontrar los límites exactos del derecho natural de cada uno, debemos regresar al derecho a pensar, hablar, juzgar, elegir y actuar. Uno no puede hacer eso sin tener el dominio exclusivo de su propio cuerpo. Por lo tanto, este dominio sobre su propio cuerpo es parte de su derecho natural. Así también, cuando nos apropiamos de objetos que no pertenecen a otros, no violamos los derechos de nadie. Lo mismo cuando hacemos con otros hombres contratos voluntarios convenientes para ambas partes. Así pues, todo ello es también parte del derecho natural. Por último, cada uno tiene el derecho a defender sus derechos. Estos cinco derechos son los derechos fundamentales del ser humano, y de ellos deriva cualquier otro derecho natural. Ningún derecho natural puede existir fuera de ese marco.

El orden compatible con los derechos naturales se llama generalmente "el orden natural de la humanidad". Es un nombre apropiado, dado que los derechos naturales son acordes a los hechos de la naturaleza. De ese orden natural pueden derivarse principios o reglas de conducta destinadas a establecer y mantener tal orden. Tales reglas son las "leyes naturales". Pero su única finalidad es definir el concepto de derechos naturales y sus obligaciones correspondientes. Las leyes naturales nunca son órdenes.

A la luz de lo anterior, debe ser claro que en principio es posible dar una respuesta objetiva a cuestiones sobre los límites o violaciones del derecho natural de cualquier persona; para ello es suficiente con señalar hechos objetivos de la naturaleza, es decir, el cuerpo de una persona, su trabajo, sus logros.

Respeto a la ley

Habiendo definido los conceptos de ley natural y derecho natural, preguntemos por qué todo mundo debiera respetar esta ley y estos derechos. Esta cuestión surge en el contexto de la interacción humana, donde las personas enfrentan a otras. La respuesta llega a ser evidente cuando alguien afirma que no es necesario respetar esos derechos de otros, porque eso implica una contradicción dialéctica. Porque su argumento será como sigue: "Le respeto como persona; por tanto, voy a apelar a su razón y conocimiento para demostrarle que no debo respetarle como persona". Esta contradicción muestra que no hay manera de refutar la proposición de que la gente debe respetarse entre sí. Y si no puede de ser refutado, el argumento de que la gente debe respetarse tiene que ser verdad. Y ese respeto es exactamente aquello de lo cual habla todo el derecho natural. El derecho natural es el orden en el cual la gente puede argumentar racionalmente y puede cumplir sus compromisos.

Por tanto, si hemos de tomarnos en serio, no podemos escapar a la conclusión de que estamos obligados a respetarnos unos a otros. Esto significa que estamos relacionados unos con otros en la medida en que nos respetemos, y que tenemos el derecho a ser respetados por otros en tanto respetemos a esos otros. Y si alguno deja de respetar a los otros, está fuera de la ley y puede ser forzado por los otros a respetar sus derechos.

Derechos humanos

Vimos que el concepto del derecho natural implica el derecho al propio cuerpo y a sus posesiones y el derecho a actuar respetando el orden natural. La célebre fórmula de John Locke, "vida, libertad y propiedad", resume lo anterior. Tales derechos naturales no deben confundirse con los llamados "derechos humanos" que aparecen en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, 1948. Dicha declaración autoriza a cualquier gobierno democrático a ordenar la vida, la libertad y la propiedad de toda persona según su propia estimación de lo que es factible y apropiado "de acuerdo a la organización y recursos de cada estado". Esto se funda en la creencia errónea de que los seres humanos tienen el "derecho" a que sus necesidades y deseos sean satisfechos a expensas de los otros. Lo cual quiere decir que los seres humanos tienen el "derecho" a no respetar a los otros. Como hemos visto, tal idea es absurda.

Critarquía (kritarchy)

Debe ser claro ahora que la "ley natural", en el sentido de "orden natural de los seres humanos", no es una cuestión de especulación ociosa, sino de hechos naturales. Esto conduce a la pregunta de si existe un sistema político que respete estos hechos. De hecho hay tal sistema. Se llama critarquía. Difiere de la democracia y de otros sistemas similares en que su gobierno no tiene poderes especiales. Se le niegan los mismos poderes, privilegios e inmunidades que también se niegan a los seres humanos. Eso significa que las fuerzas policíacas de la critarquía no pueden utilizar legalmente sus armas y poderes coercitivos, a no ser para mantener los derechos naturales. A diferencia de lo que ocurre en una democracia, las cortes y los policías de una critarquía no son parte de un monopolio coercitivo. En una critarquía, toda persona puede legalmente ofrecer servicios judiciales y policiacos a otros que así lo quieran; nadie puede ser forzado u obligado a ser un cliente de alguna corte de la ley o de alguna fuerza policiaca.

Una critarquía no tiene sujetos y reglas. Carece de un gobierno en el sentido moderno de la palabra, esto es, de una organización con poderes coercitivos que exige obediencia a todos los que habiten su reino. Gobernar y gravar con impuestos a la gente no son funciones del sistema político de la critarquía. Las personas son libres para dirigir sus propios asuntos, individualmente o en asociación con otras. La libertad es la ley fundamental de una critarquía.

La palabra "critarquía", mencionada en varios diccionarios bien conocidos, se compone de los términos griegos kriteis (juez), o de krito (juzgar), y de archeh (principio, causa). Fue acuñada en 1844 por el autor inglés Robert Southy. Por su construcción, critarquía se asemeja a términos como monarquía, oligarquía y jerarquía. Según sus raíces etimológicas, critarquía es el sistema político en el cual los jueces, o sus juicios, son el principio directivo. Similarmente, una monarquía es el sistema en el cual una persona es el principio directivo o la primera causa de cada acción legal. En una oligarquía, unas pocas personas, actuando en concierto pero sin una jerarquía fija entre ellos, son la fuente de todas las acciones humanas. Esta oligarquía es lo que tenemos en una democracia moderna. Los miembros de un parlamento democrático tienen igual rango y sus decisiones en común obligan a todos los ciudadanos. A diferencia de las monarquías u oligarquías, las critarquías no establecen reglas políticas. Los jueces de una critarquía no legislan, sino que encuentran caminos o medios para resolver conflictos y disputas de manera compatible con el orden natural de seres humanos. Se asume que este orden está dado objetivamente (consiste en gente que respeta el espacio de los otros), y no es algo que corresponda a, o satisfaga, los deseos o ideales que los jueces pudieran tener.

En contraste con otros sistemas políticos, los jueces en una critarquía no tienen sujetos o personas sometidas. No tienen actores o fiscales que arrastren a la gente ante sus tribunales. No pueden "escoger" sus asuntos o sujetos. En lugar de eso, son "escogidos" por aquellas personas que desean resolver sus conflictos y disputas mediante las decisiones judiciales de estos jueces. La característica distintiva de una critarquía es ser un sistema político sin reglas políticas. Sus jueces no gozan de privilegios o poderes especiales. No gobiernan a las personas. Su única ocupación es proteger el orden voluntario, el orden natural de los seres humanos.

Hay muchos ejemplos históricos, algunos recientes, de critarquías o de cuasi–critarquías. También se ha intentado utilizar las constituciones (como la Carta Magna o la Declaración de Derechos en Inglaterra, las enmiendas a la constitución original de Norteamérica, o la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y el Ciudadano) para introducir elementos de critarquía como frenos a los poderes de gobiernos opresivos.

Al final del segundo milenio antes de Cristo, los judíos vivían en un sistema descrito en el libro bíblico de Jueces. Sus "jueces" no lo eran en el sentido técnico de los sistemas legales modernos, sino más bien eran hombres respetados que actuaban como líderes o consejeros, sin tener poder coercitivo o poder para imponer contribuciones. Otras critarquías existieron entre los pueblos celtas y germánicos antes y durante su confrontación con el imperialismo romano. Hubo una critarquía firmemente establecida en Islandia, Irlanda y Frisia medievales. En la primera mitad del siglo XIX, los colonos europeos en el medio y lejano oeste norteamericanos desarrollaron su propia critarquía. En África y Asia las sociedades tribales continúan hasta el presente adhiriéndose a formas de critarquía, cuando no se sumergen en las estructuras gubernamentales impuestas por las colonias europeas o por los políticos nativos.

Aunque estos ejemplos históricos pueden sugerir que la critarquía es un sistema primitivo, hay que tener en mente que la mayoría de ellas han caído víctimas de jefes militares. Frecuentemente estos jefes transformaban las estructuras temporales de la guerra en aparatos permanentes de control político. Y organizaban el aparato de tal manera que sus sometidos no pudieran abolirlos, pudiendo sólo elegir entre los varios tipos de control político. Los partidarios de la critarquía han sido siempre conscientes del carácter artificial y destructivo de los sistemas políticos alternos. El hecho de que una critarquía se pierda y sea reemplazada por un sistema destructivo no la convierte en algo primitivo. Puede pasar que una economía progrese a pesar del sistema político. El progreso económico puede coincidir con el retroceso político.

Defectos de la democracia

Cada vez más la gente se queja de los resultados de la democracia. El problema es que muchos piensan que la democracia es en sí mismo un sistema legal y que sus resultados se perfeccionarán tan pronto se remedien sus defectos. Sin embargo, su defecto principal es que permite que algunos hombres gobiernen a todos los demás sin tomarles parecer. No hay autoridad en una democracia que escuche a las personas cuyos derechos naturales han sido violados. Los gobiernos democráticos monopolizan la policía y el aparato judicial precisamente porque desean impedir que los derechos naturales sean invocadas en contra suya.

En una democracia, los funcionarios del gobierno son investidos con poderes que se niegan a las mismas personas que les otorgaron tales poderes. En un mundo natural, eso no es posible. La democracia intenta "justificar" su monopolio creando una ficción, creando personas artificiales llamadas "ciudadanos", y derechos artificiales llamados "derechos humanos". Se sostiene que tales "derechos" son de naturaleza conflictiva. Esto puede leerse en el Artículo 29 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y debido a esta naturaleza conflictiva, los gobiernos democráticos se dan a sí mismo poderes especiales para restringir tales "derechos". Es así como los gobiernos democráticos pasan por alto y niegan la ley natural: introduciendo un nuevo concepto de la ley, uno que hace aparecer a la democracia como legal.

Una mirada a Somalia

El sistema político somalí no impone reglas políticas a los somalíes. Por tanto, parece una critarquía. Sin embargo, el sistema legal somalí muestra algunas desviaciones respecto del derecho natural. Por lo que el orden actual en Somalia debiera calificarse como algo próximo a una critarquía. Varias cuestiones se presentan: Cómo se llegó a ello, qué problemas surgieron, qué soluciones hay y qué se ha alcanzado hasta el momento.

1. La decisión

Ante todo, ¿quién tomó en Somalia la decisión de abolir el gobierno central? No fue el gobierno, por supuesto. Tampoco fue un parlamento o mediante un referéndum. Nada de eso; simplemente sucedió, y pudo suceder porque había consenso popular. Este consenso empezó en 1978, cuando el gobierno central somalí emprendió, y perdió, una guerra contra la vecina Etiopía. Desde entonces, el pueblo somalí estuvo listo para regresar a su sistema político anterior, la critarquía. Esto fue posible 13 años más tarde, cuando el pueblo expulsó y se deshizo de su dictador. Por un mero golpe de suerte, ninguno de los dos candidatos que podrían sucederlo estaba dispuesto a dar ventajas al otro. Fue un impasse similar al que se dio ese mismo año en Moscú, entre Yeltshin y Gorbatchov.

Como resultado de este limbo en Somalia, los empleados del gobierno no recibieron más pago. De cualquier modo el pueblo los consideraba criminales, y fueron expulsados, igual que el dictador. Después de ello, la población desmanteló todos los edificios del gobierno, incluyendo las fábricas. Esto en parte fue obra de bandas de bandidos, pero también se debió a un esfuerzo deliberado por evitar que los políticos retornaran al gobierno central.

2. Disturbios

No todos los resultados de este cambio a un nuevo sistema político fueron positivos. Como en la Unión Soviética, el cambio permitió que el banditismo actuara con impunidad. Los generales y coroneles se aliaron a políticos y soldados e intentaron reestablecer los monopolios gubernamentales pueblo por pueblo. Crearon impuestos, e incluso algunos de ellos establecieron relaciones cuasidiplomáticas con gobiernos extranjeros.

3. Problemas

Mientras tanto, los líderes del nuevo sistema político somalí tuvieron que encarar algunos problemas difíciles:

3.1. En las áreas urbanas, donde está la mayoría de los negocios modernos, los leyes consuetudinarias fueron reemplazadas por leyes estatutarias. Por ello, las leyes consuetudinarias, que habían continuado existiendo en el medio rural, no han podido desarrollarse en consonancia con los requisitos de la economía global. Y las tribus, que antes de la independencia eran principalmente vehículos para proteger la ley consuetudinaria, han llegado a ser ahora grupos de presión política.

3.2. Muchos somalíes ya acostumbrados al sistema legal de la República de Somalia están ahora poco dispuestos a someterse otra vez a los leyes e instituciones consuetudinarias.

3.3. Los reporteros extranjeros llenan los periódicos con historias de horror para hacer valer su muy personal opinión de que una nación sin el monopolio gubernamental es una nación condenada a muerte. Estas historias de horror desalientan a los inversionistas extranjeros.

3.4. Los intelectuales somalíes están escribiendo libros y artículos en los cuales presentan el gobierno tribal como arcaico y proponen reestablecer el monopolio gubernamental.

3.5. Los fundamentalistas musulmanes somalíes promueven la idea de sustituir el sistema tribal por una teocracia. Ocasionalmente, sus militantes emprenden pequeñas guerras contra lo que conciben como obstáculos para tal fin.

3.6. Los Naciones Unidas invadieron Somalia con un ejército multinacional de 30.000 hombres, para reestablecer una democracia. Además, lanzaron una campaña diplomática para reclutar a todos los políticos anteriores, con el fin de reestablecer el monopolio gubernamental en toda la nación. A la vez, entrenaron a miles de somalíes para emplearlos en tal gobierno, y están estableciendo centros de discusión en los pueblos para dirigir a la gente hacia la democracia.

3.7. Por ultimo, hay muchas localidades donde los políticos han confiscado la tierra de las tribus y la han entregado a sus partidarios leales. Las tribus están ahora reposesionándose de esas tierras.

4. Soluciones

La mejor manera de consolidar el actual sistema de ley y orden de los somalíes es exponerlo y enfrentarlo al tráfico y bullicio (hustle–bustle) de la vida cotidiana. Su sistema legal es de tal manera que puede adaptarse a las circunstancias cambiantes. A más gente se inserte en ese tráfico, más pronto la ley se adaptará a los requisitos de la moderna sociedad de libre mercado. Esta adaptación de la ley puede acelerarse de dos maneras. Una es publicando libros acerca de la ley somalí y estableciendo centros de documentación para la jurisprudencia. De esta manera, los leyes de las sesentaitantas tribus somalíes se combinarán gradualmente en un solo cuerpo de reglas para todos los somalíes. La otra manera es establecer puertos libres para inversionistas foráneos. Eso aumentará la interacción entre hombres de negocios locales y extranjeros, y provocará una fertilización mutua de diferentes éticas, leyes y métodos de negocios. De hecho, dos tribus han dado ya este paso y han creado puertos libres, el Majerteen en Bosaaso, y el Samaron en Awdal.

5. Resultados positivos

Han pasado casi diez años desde que los somalíes cambiaron su sistema político. La paz se ha establecido en la mayor parte del país y la prosperidad crece lenta pero firmemente. Esta paz se ha conseguido sosteniendo la ley consuetudinaria somalí. Conviene analizar esta ley con algún detalle.

Las cinco principales características de la ley somalí son:

  • No castigo para los crímenes; solamente restitución o compensación.
  • No fiscales públicos, no crímenes sin víctimas.
  • Las multas son limitadas y deben pagarse a la víctima o a su familia.
  • Toda persona está asegurada por sus obligaciones o responsabilidades (liabilites) ante la ley.
  • Los jueces son elegidos por los litigantes, no por "la sociedad".

5.1 Restitución y compensación en lugar de castigo

Los somalíes saben que el castigo no funciona. Saben que las democracias imponen multas y prisión a los criminales. Pero el castigo no anula la violencia original perpretada contra la víctima. Sólo añade más violencia a la violencia total que se comete en el mundo. En segundo lugar, tales castigos raramente disuaden a la gente de seguir cometiendo crímenes. Si así fuera, hoy mismo tendríamos un mundo sin crimen. En tercer lugar, como es bien sabido, las cárceles son lugares donde la gente aprende a cometer más crímenes. Y el enorme costo de mantener las prisiones es pagado por los contribuyentes, no por los criminales. Por tanto, es muy razonable que la ley somalí sólo exija a los criminales que restituyan los derechos que han violado. Si la restitución es imposible, los criminales tendrán que ofrecer compensación.

5.2 Definiendo el crimen

En una democracia, casi cualquier conducta es susceptible de ser declarada crimen. Puede ser un crimen fumar algo más fuerte que Marlboro, o leer algo más picante que Playboy, o criticar al gobierno, o emplear una moneda no autorizada, o evadir el reclutamiento militar, etcétera. Las democracias "justifican" esta plétora de prohibiciones llamando a eso "crímenes contra la sociedad", aun cuando no hay víctimas reales. Por otra parte, hay democracias que cierran los ojos cuando las mujeres son raptadas o golpeadas, o cuando la policía detiene y tortura inocentes. Todas esas prohibiciones e inmunidades son autorizadas por la legislatura. Por tanto, es muy razonable que los somalíes no quieran emplear legisladores y fiscales públicos. Bajo la ley somalí, sólo la víctima, o su familia, puede iniciar al procedimiento criminal. No existe el crimen cuando no han sido violados los derechos naturales de nadie.

5.3 Las multas, para la víctima

En una democracia, el gobierno puede imponer casi cualquier tipo de multas, y puede determinar que esas multas deben pagarse al gobierno. Ello le genera un ingreso considerable. Lo cual, a su vez, es un incentivo para promulgar más y nuevos crímenes e incrementar las multas lo más posible. Por tanto, es muy razonable que la ley somalí estipule que las multas —impuestas por la violación intencional de los derechos de alguien— deben ser limitadas por el valor de aquello que fue destruido, y que deben ser pagadas a la víctima, no a la corte ni a la tribu como un todo.

5.4 Seguro

En una democracia, nadie está obligado a tomar un seguro para sí mismo. Por lo cual hay un gran número de personas que nada tienen que perder si cometen un crimen, a no ser la posibilidad de pasar algún tiempo en prisión. Ciertamente, esta situación es un incentivo para cometer crímenes. Por tanto, es muy razonable que los somalíes exijan que toda persona tenga un seguro y un representante permanente, es decir, alguien que actuará en su nombre si la persona comete un crimen o es víctima de uno.

5.5 Jueces

En una democracia, los tribunales de justicia son establecidos por el gobierno y los jueces son pagados por él.. Con ello se asegura que esos tribunales no aceptarán ninguna queja o defensa que se funde en derechos naturales. Consecuentemente, el gobierno puede promulgar casi cualquier regla que infrinja estos derechos. Por tanto, es muy razonable que la ley somalí estipule que los tribunales deben aplicar solamente aquellas reglas que la población ha admitido voluntariamente como consuetudinarias.

Este sistema de ley ha producido la paz entre los somalíes y ha posibilitado el retorno a la prosperidad. Pero eso no es todo. Lo ha hecho a casi ningún costo para la nación, y lo ha logrado sin impuestos. Los jueces y los policías de Somalia hacen su trabajo sin remuneración y por tiempo parcial. Se considera un gran honor ser un juez. De hecho, en una critarquía los mejores hombres intentar estar en la cima del sistema, mientras que en las democracias...

Otra virtud del sistema somalí es que es bastante inmune contra la manipulación política. No hay leyes que sirvan primariamente a los interesas particulares de grupos de presión. Así también, la ley somalí tiende a ser acorde con los valores creídos por la población entera, porque ha sido construida para adaptarse a dichos valores.

Hay varias características de la ley somalí que no son compatibles con la ley natural. No las mencionaremos, sin embargo. Lo que nos interesa es saber cómo los somalíes lograron —en un tiempo relativamente corto— un cambio completo en su sistema de gobierno. La respuesta es que su nuevo sistema es de hecho su viejo sistema. Ciertamente, en las áreas rurales, que son probablemente 90 por ciento del país, la ley consuetudinaria ha gobernado, y los tribunales de ley consuetudinaria jamás dejaron de operar. A este respecto, la situación en Somalia se asemeja a la de Norteamérica en 1776. La revolución americana nunca fue una revolución. Más bien fue un esfuerzo de los colonos por preservar la libertad que habían gozado durante los 150 años precedentes. De igual modo, la preocupación principal de los somalíes desde el fin de la dictadura no fue innovar, sino preservar su sistema indígena de gobierno.

Lecciones a aprender

La experiencia en Somalia muestra que hay un sistema político mejor que la democracia. Se llama critarquía, y parece ser viable y de aplicación universal. Los somalíes han mostrado cómo efectuar el cambio hacia ese nuevo sistema, a pesar de los esfuerzos masivos de la ONU para reestablecer la democracia en Somalia.

La principal lección a aprender es, probablemente, que las democracias nunca accederán ni se apresurarán a abandonar tal sistema. En lugar de eso, resistirán hasta que el sistema se colapse. Es bien sabido que cuando un dictador emerge en una democracia, pero no intenta conquistar otros países, las democracias del mundo serán pacientes. No harán nada; sólo esperarán el día en que los ciudadanos del país reúnan el poder suficiente para volver a la democracia. Pero si una nación desea intentar la critarquía, no les parece demasiado alto el costo de intervenir para reestablecer la democracia.

Así, todos aquellos pueblos que desean el cambio hacia la critarquía en su país deberán prepararse para el día en que la democracia no tenga más ni el apoyo popular ni el dinero. En ese momento, la política se dirigirá o hacia la dictadura o hacia la critarquía. Para ese momento la experiencia somalí podrá ofrecer alguna guía. Como hemos visto, los somalíes pudieron cambiar hacia la critarquía por tres razones: Primero, había el consenso en todo el país para abolir el sistema de gobierno central. Segundo, los "operarios" de la critarquía estaban en el escenario y listos para poner en práctica su sistema. Y, por último, los gobiernos democráticos del mundo estaban mal organizados para el esfuerzo conjunto de invadir Somalia.

Para que la critarquía prevalezca, es en verdad necesario que sus "operarios" asumen sus responsabilidades y formen la nueva supra–estructura del país. ¿Quiénes son estos operarios? No solamente los jueces y policías privados, sino también, y principalmente, las compañías de seguros. En una critarquía, todo mundo está asegurado por sus obligaciones y responsabilidades (liabilites). Aquellos que no tengan seguro encontrarán casi imposible hacer negocios o encontrar empleo; serán tratados como ilegales. Violar las leyes puede implicar primas de seguro muy altas para el perpretador. Eso constituye un aliciente muy fuerte para respetar los derechos naturales de la gente. Por sí mismas, las compañías de seguros juegan un papel muy importante en la prevención de crímenes. A menos crímenes, menos tendrán que pagar a sus clientes. Es muy alentador ver cómo en Europa y los Estados Unidos hay un gran incremento en el número de compañías privadas que ofrecen servicios judicial y policiacos. Además, las aseguradoras cada vez amplían más sus coberturas. En vista del cada vez mayor descontento con la democracia, no es exagerado decir que la tendencia hacia la critarquía ha comenzado ya. La experiencia somalí muestra cuán importante es que los operarios estén preparados. Sin las leyes e instituciones tradicionales listas para asumir el control del estado, la nación somalí habría caído en el caos. Y entonces la ONU habría tenido éxito en reinstalar la democracia entre los somalíes.

Además de jueces, policías y compañías de seguros, la critarquía dependerá de empresarios expertos que provean infraestructura tal como caminos, transportes, comunicaciones, educación, etc. A estos empresarios se les encuentra en compañías y universidades que proveen ya estos servicios en el mercado libre. Cuanto más rápidamente crezcan y se extiendan estas compañías y universidades, más fácil será el cambio hacia la critarquía. Por último, está la cuestión del consenso popular en favor de la critarquía. En alguna medida, tal consenso dependerá de la presencia de formadores de opinión (opinion makers). Pero la experiencia somalí muestra que será muy útil que el gobierno democrático cometa uno o dos errores grandes. Mucha gente elegirá la critarquía no tanto por sus muchas virtudes, sino porque pensará que tendrá menos vicios que los sistemas políticos actuales. Luego de las experiencias amargas, todos sabemos sobre el eterno péndulo entre la democracia y la dictadura.
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Este ensayo en ha sido extraísdo de:
http://www.puertasdebabel.com/cosanostra/pirateadas/somalia.htm.

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miércoles, enero 18, 2006

Austria: más impuestos porque son necesarios

Wolfgang Schussel, canciller austriaco y actual presidente en ejercicio de la Unión Europea, se ha sacado de la manga instaurar un tributo paneuropeo. Joaquín Almunia, comisario europeo para asuntos económicos y monetarios, ha preferido llamarle “recurso”. Ya se sabe, estamos en la era de los eufemismos y las definiciones absurdas: al asesinato masivo de civiles inocentes se le llama “política exterior”, al imperialismo estatal “democratización de los pueblos”, al totalitarismo “solidaridad”, a la más grande y masiva organización criminal “estado democrático” y al robo masivo y extorsión “recursos” del estado.

Todo y así coincido con Schussel cuando ha dicho que no se trata de "decir cosas populares sino de hacer lo que es necesario”. Lo que no es necesario es el intervencionismo, ni el estado del bienestar ni más políticos, sino desmontar al estado y desmontarlo para siempre para que tomen el relevo los medios de producción privados en todas las áreas y sectores. El robo sólo beneficia a los ladrones (políticos), la cooperación económica, voluntaria, descentralizada y espontánea —Capitalismo— nos beneficia a todos.

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sábado, enero 07, 2006

Menger y el origen del dinero (texto en castellano)

Este trabajo fue publicado originalmente por Carl Menger en The Economic Journal, junio de 1892.

Carl Menger (1840-1921) nació en 1840 en Galicia, que es hoy parte de Polonia. Fundador de la Escuela Austriaca, al haber sentado sus fundamentos característicos desarrollando la teoría subjetiva del valor y el método de investigación en economía que caracteriza a la economía austriaca. Carl Menger se considera uno de los tres líderes de la “Revolución Marginalista” de mediados de 1870, junto con Jevons y Walras. A partir de 1867, Carl Menger se abocó a la economía. Durante los siguientes años, Carl Menger trabajó en el sistema que más tarde expondría en los Grundsätze der Volkswirtschaftslehre.

El origen del dinero
por Carl Menger

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I. El problema

Existe un fenómeno que desde hace mucho tiempo y de manera muy peculiar ha atraído la atención de los filósofos sociales y de los economistas prácticos; se trata del hecho de que ciertas mercancías (que en las civilizaciones desarrolladas adoptaron la forma de piezas acuñadas de oro y plata, junto con documentos que, con posterioridad, representaron a esas monedas) se convirtieron en medios de cambio universalmente aceptables. Es evidente, aun para la inteligencia más común, que la mercancía debe ser entregada por su propietario a cambio de otra que le será de mayor utilidad. Pero el hecho de que cada hombre económico, en cualquier país, acepte cambiar sus bienes por pequeños discos metálicos aparentemente carentes de utilidad como tales, o por documentos que los representen, es un procedimiento tan opuesto al curso normal de los acontecimientos que no puede parecernos sorprendente que hasta un pensador tan distinguido como Savigny lo encuentre claramente "misterioso"

No debe suponerse que la forma de la moneda, o del documento empleado como moneda corriente, constituye el enigma de este fenómeno. Podemos alejarnos de estas formas y retrotraernos a las primeras etapas del desarrollo económico, o en realidad a lo que todavía prevalece en algunos países, en los que encontramos que los metales preciosos sin forma de moneda aún sirven como medio de cambio, al igual que ciertos productos tales como ganado, pieles, te, barras de sal, conchas de ciprea, etc.; a pesar de ello seguimos enfrentándonos al fenómeno, aun nos resta explicar por qué el hombre económico acepta cierto tipo de mercancía, aun cuando no la necesite, o aunque la necesidad que tenga de ella ya haya sido satisfecha, a cambio de todos los bienes que ha puesto en el mercado, mientras que, cualesquiera que sean sus necesidades, en primer lugar consulta con respecto a los productos que intenta adquirir durante sus transacciones.

Y a partir de esto se sucede, desde los primeros ensayos acerca de los fenómenos sociales hasta nuestra época, una ininterrumpida cadena de disquisiciones con respecto a la naturaleza y cualidades específicas del dinero en su relación con todo lo que constituye el comercio. Filósofos, juristas e historiadores, al igual que economistas, e incluso naturalistas y matemáticos, se han ocupado de este notable problema, y no hay pueblo civilizado que no haya aportado su cuota en la abundante bibliografía que sobre él existe. ¿Cuál es la naturaleza de esos pequeños discos o documentos que en sí mismos no parecen servir a ningún propósito útil y que, sin embargo, en oposición al resto de la experiencia, pasan de mano en mano a cambio de mercancías más útiles, más aun, por los cuales todos están tan ansiosamente dispuestos a entregar sus productos? ¿Es el dinero un miembro orgánico del mundo de las mercancías o es una anomalía económica? ¿Debemos atribuir su vigencia comercial y su valor en el comercio a las mismas causas que condicionan los de otros productos o son ellos el producto preciso de la convención y la autoridad?

II. Intentos realizados hasta ahora para hallar una solución

Hasta ahora los resultados de la investigación del problema que nos ocupa no parecen guardar debida proporción con el gran desarrollo de los estudios históricos en general ni con el tiempo y los esfuerzos dedicados a la búsqueda de una solución. El enigmático fenómeno del dinero carece, incluso en el presente, de una explicación adecuada; ni siquiera se ha llegado a un acuerdo sobre las cuestiones fundamentales de su naturaleza y sus funciones. Hasta hoy no contamos con una satisfactoria teoría del dinero.

La idea que intentó aportar, en primer término, una explicación a la función específica del dinero como medio de cambio corriente y universal, fue la de someterlo a una convención general, una disposición legal. El problema, que la ciencia aún debe resolver, consiste en explicar un curso de acción, homogéneo y general, que los seres humanos adoptan cuando practican el comercio y que, si se lo considera en forma concreta, se realiza incuestionablemente en favor del interés general, aunque, sin embargo, parece poner en conflicto los intereses más cercanos e inmediatos de las partes contratantes. En tales circunstancias, ¿no sería lo más acertado atribuir el procedimiento precedente a causas ajenas a la esfera de las consideraciones individuales? Suponer que ciertas mercancías, los metales preciosos en particular, habían sido promovidas como medio de cambio por una convención o ley general, en interés del bien público, solucionó la dificultad, y lo hizo aparentemente con gran facilidad y naturalidad porque la forma de las monedas pareció ser un signo de regulación por parte del estado. Ésta es la opinión de Platón, Aristóteles y los juristas romanos, seguidos muy de cerca por los escritores medievales. Ni siquiera los mayores avances modernos en cuanto a la teoría del dinero han ido, en esencia, más allá de este punto de vista.[1]

Examinada con más minuciosidad, la suposición que sustenta esta teoría dio lugar a serias dudas. Seguramente, un acontecimiento de significación tan importante y universal y de notoriedad tan inevitable como lo es el establecimiento, a través de un convenio o ley general, de un medio de cambio universal, habría quedado grabado en la memoria del hombre, y más seguramente debería haber sido así porque tendría que haberse ejecutado en gran número de lugares.

Sin embargo, ningún monumento histórico nos da noticias confiables sobre transacciones que confieran un claro reconocimiento a los medios de cambio que ya se estaban utilizando ni referentes a su adopción por parte de pueblos con culturas relativamente recientes; tampoco existen, en absoluto, testimonios acerca de la iniciación, en las primeras épocas de la civilización económica, en el uso del dinero.

En realidad, la mayoría de los teóricos que se ocupan de este tema no se detienen ante la explicación del dinero tal como se la mencionó anteriormente. La peculiar adaptabilidad de los metales preciosos para servir a los fines de la divisa y el acuñamiento fue observada por Aristóteles, Jenofonte y Plinio, y en mucho mayor medida por John Law, Adam Smith y sus discípulos, quienes buscaron en sus cualidades especiales otra explicación para su elección como medio de cambio. Sin embargo, es claro que la elección de los metales preciosos mediante una ley o convenio, aunque fuera la consecuencia de su peculiar adaptación a los fines monetarios, presupone el origen pragmático del dinero y de la selección de esos metales, y esa presuposición no es histórica. Los teóricos a que nos referimos ni siquiera logran enfrentar con honestidad el problema que deben resolver, es decir, cómo se promovió el uso de algunas mercancías (los metales preciosos en ciertas etapas de la cultura) entre la gran masa de todas las otras mercancías y se las aceptó como medio de cambio generalmente reconocido. Es una cuestión que no sólo concierne al origen del dinero sino también a su naturaleza y a su posición en relación con todas las otras mercancías.

III. La teoría de la liquidez de las mercancías

En el comercio primitivo el hombre económico toma conciencia, aunque en forma muy gradual, de las ventajas económicas que se obtendrían si se explotaran las oportunidades de cambio existentes. Los objetivos de este hombre están dirigidos, primera y principalmente, de acuerdo con la simplicidad de toda cultura primitiva, a lo que está al alcance de la mano. Y sólo en esa proporción entra en el juego de sus negocios el valor de uso de las mercancías que busca adquirir. En tales condiciones, cada hombre intenta conseguir por medio del intercambio sólo aquellos productos que directamente necesita y rechaza los que no necesita o ya posee de manera suficiente. Es evidente que en esas circunstancias la cantidad de acuerdos comerciales realmente concretados se halla dentro de limites muy estrechos, Consideremos con qué poca frecuencia nos encontramos con una mercancía que es propiedad de cierta persona y que tiene menos valor en uso que otra mercancía propiedad de otra persona, dándose para esta última la situación inversa. ¡Mucho más extraño aun es el caso en el cual estos dos individuos se encuentran! Pensemos, en realidad, en las peculiares dificultades que obstaculizan el trueque inmediato de productos en esos casos, en los que la oferta y la demanda cuantitativamente no coinciden: en los cuales, por ejemplo, una mercancía indivisible debe ser intercambiada por una variedad de productos que son posesión de diferentes personas o por mercancías tales que sólo se las demanda en determinadas oportunidades y que únicamente pueden ser suministradas por ciertas personas. Incluso en el caso relativamente simple y a menudo recurrente en el que una unidad económica A requiere una mercancía que posee B y B necesita una que posee C mientras que C quiere una que es propiedad de A, aun aquí, conforme a una regla de simple trueque, el intercambio de los bienes en cuestión, como regla general y por necesidad, no se realizaría.

Estas dificultades se habrían convertido en obstáculos insuperables para el progreso del comercio, y al mismo tiempo para la producción de bienes que no requirieran una venta regular, si no se hubiese hallado una solución en la naturaleza misma de las cosas, es decir, los diferentes grados de liquidez (Absatzfähigkeit) de los productos. La diferencia que existe en este sentido entre los artículos de comercio tiene enorme importancia para la teoría del dinero y del mercado en general. Y el no haber tomado en cuenta adecuadamente este hecho para explicar los fenómenos del comercio no sólo constituye una brecha lamentable en nuestra ciencia sino también una de las causas esenciales del estado de retraso de la eoría monetaria. La teoría del dinero necesariamente presupone la existencia de una teoría de liquidez de los bienes. Si logramos aprehender esto podremos entender cómo la suprema liquidez del dinero es sólo un caso especial -que únicamente presenta una diferencia de matiz- de un fenómeno genérico de la vida económica, es decir, la diferencia en la liquidez de las mercancías en general.

IV. El margen entre el precio ofrecido y el precio solicitado

En economía resulta un error, tan generalizado como evidente, suponer que, en un momento determinado y en un mercado dado, todas las mercancías guardan una definida relación de intercambio recíproco, en otras palabras, que pueden ser mutuamente intercambiadas a voluntad en cantidades definidas. No es cierto que en cualquier mercado dado 10 quintales de un artículo = 2 quintales de otro = 3 libras de un tercer artículo, y así sucesivamente. Aun la observación más superficial de los fenómenos del mercado nos enseña que no tenemos la posibilidad, cuando hemos comprado un articulo por un precio determinado, de volver a venderlo inmediatamente por el mismo precio. Si sólo tratáramos de desprendernos de una prenda de vestir, un libro o una obra de arte que acabáramos de comprar, en ese mismo mercado, aun cuando lo hiciéramos de inmediato pero antes de que se hubiera modificado la misma coyuntura de condiciones, nos convenceríamos fácilmente del carácter falaz de esa suposición. El precio al cual podemos comprar voluntariamente una mercancía en un mercado determinado y en un momento dado y el precio al cual podemos desprendernos voluntariamente de ella son dos magnitudes esencialmente diferentes.

Esto es aplicable tanto a los precios mayoristas como a los minoristas. Incluso hasta productos tan comercializables como el maíz, el algodón o el arrabio no pueden venderse voluntariamente al mismo precio al cual los hemos comprado. El comercio y la especulación serían las cosas más sencillas del mundo si la teoría del "equivalente objetivo en los bienes" fuese correcta, si fuera cierto que las mercancías pudiesen mutuamente convertirse a voluntad en relaciones cuantitativas definidas, en un mercado y en un momento dados, en síntesis, si pudieran venderse, a cierto precio, con la misma facilidad con la que fueron adquiridas, De todos modos, no existe en este sentido una comercialización general de productos. Lo cierto es que aun en los mercados mejor organizados, aunque podamos comprar lo que deseamos y en el momento en que lo deseamos a un precio determinado, o sea, el precio solicitado, sólo podemos desprendernos de ello cuando y como queramos a pérdida, es decir, a un precio ofrecido inferior. Cuanto menor sea el margen, es decir, la diferencia entre el precio solicitado y el precio ofrecido de una mercancía, mayor tiende a ser su grado de comercialización.

El margen, o la pérdida que sufre quien se ve obligado a deshacerse de un artículo en un momento dado al precio ofrecido y no al solicitado, representa una cantidad muy variable, tal como veremos si observamos el comercio y los mercados de mercancías determinadas. Si se va a vender el maíz o el algodón mediante un intercambio organizado, el vendedor estará en posición de hacerlo prácticamente por cualquier cantidad, en el momento en que lo desee, con una pérdida muy pequeña. Si la cuestión fuera desprenderse de grandes cantidades de tela o seda a voluntad el vendedor por lo general deberá contentarse con un considerable porcentaje de disminución en el precio. Peor seria el caso de aquel que en cierto momento debe deshacerse de instrumentos astronómicos, preparados anatómicos, manuscritos en sánscrito u otros artículos tan poco comercializables.

Si denominamos los productos o artículos más o menos líquidos de acuerdo con la mayor o menor facilidad con que se los puede vender en un mercado en el momento conveniente, a los precios solicitados actuales, o con una mayor o menor disminución en éstos, podemos ver, por lo que hemos dicho, que existe una diferencia evidente entre las mercancías. Sin embargo, y a pesar de la gran importancia práctica de este fenómeno, la ciencia económica no parece haberlo tomado muy en cuenta. Esto se debe en parte a la circunstancia de que la investigación de estos fenómenos de precio ha estado dirigida casi exclusivamente a las cantidades de las mercancías intercambiadas y no al mayor o menor grado de facilidad con que se puede disponer de ellas a precios normales; y, también en parte, se debe al riguroso método abstracto con el cual se ha tratado la liquidez de los productos, sin tomar en consideración todas las circunstancias del caso.

El hombre que va al mercado con sus productos, en general intenta desprenderse de ellos pero de ningún modo a un precio cualquiera, sino a aquel que se corresponda con la situación económica general. Si hemos de indagar los diferentes grados de liquidez de los bienes de modo tal de demostrar el peso que tienen en la vida práctica, sólo podemos hacerlo estudiando la mayor o menor facilidad con la que resulta posible desprenderse de ellos a precios económicos.[2] Una mercancía es más o menos liquida si podemos, con mayor o menorque se correspondan con la situación económica general, es decir, a precios perspectiva de éxito, desprendernos de ella a precios compatibles con la situación económica general, a precios económicos.

Además, el intervalo de tiempo dentro del cual puede considerarse la venta de un producto a un precio económico, resulta de gran importancia al analizar su liquidez. Lo que interesa no es si la demanda de una mercancía es pequeña o si, en otros aspectos, su liquidez es inferior; si su propietario -sólo puede esperar el momento oportuno, finalmente, y a la larga, podrá desprenderse de ella a precios económicos. Sin embargo, y como resultado de que esta condición no se da a menudo en el curso real de los negocios, surge, a los fines prácticos, una importante diferencia entre dos tipos de mercancías: por un lado, aquellas de las que esperamos poder desprendernos en un momento determinado, a precios económicos, o por lo menos aproximadamente económicos; por el otro, aquellas que no tienen esa perspectiva, o por lo menos no la tienen en el mismo grado, por lo cual su propietario prevé que para poder desprenderse de ellas a precios económicos será necesario esperar durante cierto tiempo, que puede ser largo o corto, o bien soportar una reducción más o menos sensible en el precio.

Una vez más, se debe tomar en cuenta el factor cuantitativo en la liquidez de las mercancías. Algunas, como consecuencia del desarrollo de los mercados y de la especulación, pueden, en determinado momento, venderse en prácticamente cualquier cantidad a precios económicos o aproximadamente económicos. Otras sólo pueden venderse a precios económicos en cantidades menores, en proporción con el crecimiento gradual de una demanda efectiva, alcanzando un precio relativamente reducido en el caso de una mayor oferta.

V. Las causas de los diferentes grados de liquidez

El grado al cual se considera, de acuerdo con la experiencia, que una mercancía logra venderse, en un mercado dado, a precios compatibles con la situación económica (precios económicos), depende de las siguientes circunstancias.

l. Del número de personas que aún necesitan la mercancía en cuestión y de la medida y la intensidad de esa necesidad, que no ha sido satisfecha o que es constante.

2. Del poder adquisitivo de esas personas.

3. De la cantidad de mercancía disponible en relación con la necesidad (total), no satisfecha todavía, que se tiene de ella.

4. De la divisibilidad de la mercancía, y de cualquier otro modo por el cual se la pueda ajustar a las necesidades de cada uno de los clientes.

5. Del desarrollo del mercado y, en especial, de la especulación; y por último,

6. Del número y de la naturaleza de las limitaciones que, social y políticamente, se han impuesto al intercambio y al consumo con respecto a la mercancía en cuestión.

Podemos proceder ahora, del mismo modo como consideramos la liquidez de las mercancías en mercados definidos y en momentos dados, a determinar los limites espaciales y temporales de su liquidez. En este sentido, observamos también en nuestros mercados algunas mercancías cuya liquidez es casi ilimitada en el espacio o el tiempo y otras cuya liquidez es más o menos limitada.

Los limites espaciales de la liquidez de los productos están principalmente condicionados por:

1. El grado hasta el cual se distribuye en el espacio la necesidad de estas mercancías.

2. El grado hasta el cual los productos se prestan para ser transportados y los gastos de transporte en los que se ha incurrido en proporción con su valor.

3. La medida en la cual se han desarrollado, en general, los medios de transporte y de comercio con respecto a las diferentes clases de productos.

4. La extensión local de los mercados organizados y su intercomunicación a través del arbitraje.


5. Las diferencias existentes en las restricciones impuestas a la intercomunicación comercial con respecto a diferentes productos, en el comercio interlocal y, especialmente, en el comercio internacional.

Las limitaciones de tiempo a la liquidez de los productos están principalmente condicionadas por:

1. La permanencia de la necesidad que de ellos se tiene (la independencia de su fluctuación en ella).

2. Su durabilidad, es decir, su capacidad de preservación.

3. El costo que implican su preservación y almacenamiento.

4. La tasa de interés.

5. La periodicidad de un mercado para la tasa de interés.

6. El desarrollo de la especulación y, en particular, los acuerdos de tiempo en relación con ella.

7. Las restricciones políticas y socialmente impuestas a su transferencia de un periodo de tiempo a otro.

Todas estas circunstancias, de las cuales depende el diferente grado y los -diferentes limites locales y temporales de la liquidez de los productos, explican la razón por la cual es posible desprenderse de ciertas mercancías con facilidad y seguridad en mercados definidos, es decir, dentro de limites temporales y locales, en cualquier momento y prácticamente en toda cantidad posible, a precios compatibles con la situación económica general, mientras que la liquidez de otros productos se ve confinada a limites espaciales reducidos y también a limites temporales; e incluso dentro de ellos resulta difícil desprenderse de los productos en cuestión, y si no se puede esperar la demanda, la venta no podrá realizarse sin una disminución más o menos sensible en el precio.

VI. La génesis de los medios de intercambio[3]

Durante mucho tiempo ha sido tema de observaciones universales en los centros de intercambio el hecho de que para ciertas mercancías existía una demanda mayor, más constante y más efectiva que la que se daba para otras menos deseables en algún sentido; los primeras eran aquellas compatibles con la necesidad de quienes estaban en condiciones de comerciar y deseaban hacerlo; este deseo es al mismo tiempo universal y, a causa de la relativa escasez de los productos en cuestión, siempre imperfectamente satisfecho. También se ha observado que la persona que desea adquirir ciertos productos determinados a cambio de los propios se halla en una posición más ventajosa, si trae al mercado esa clase de mercancías, que la de aquel que visita los mercados con productos que no pueden exhibir esas ventajas o, por lo menos, que no pueden hacerlo en el mismo grado. Así equipado, tiene la perspectiva de adquirir los productos que finalmente desea obtener, no sólo con mayor facilidad y seguridad sino también, y a causa de la demanda más firme y prevaleciente que existe por sus propios productos, a precios compatibles con la situación económica general, o sea, a precios económicos. En tales circunstancias, cuándo alguien ha traído al mercado productos que no son altamente líquidos la idea más importante que tiene en mente es la de intercambiarlos, no sólo por aquellos que por casualidad necesite sino, si esto no puede realizarse directamente, por otros productos que, aunque no tenga necesidad de ellos, son, de todas maneras, más líquidos que los suyos. Al hacerlo, es evidente que no logra de inmediato el objetivo final de su comercio, es decir, la adquisición de productos que en realidad él mismo necesita; sin embargo, de esta manera se va acercando a ese objetivo. Por el tortuoso camino de un intercambio mediato gana las perspectivas de alcanzar su propósito más económica y seguramente que si se hubiera visto limitado al intercambio directo. Ahora bien, en realidad éste parece ser el caso que se ha dado en todas partes. Los hombres se han visto llevados, con creciente conocimiento de sus intereses individuales, cada uno por sus propios intereses económicos, sin convenio, sin obligación legal, es decir, sin tomar en cuenta siquiera el interés común, a intercambiar bienes destinados al intercambio (sus "productos") por otras mercancías igualmente destinadas al intercambio, pero más liquidas. A medida que el comercio se extendía en el espacio y las previsiones para la satisfacción de necesidades materiales podían hacerse por períodos cada vez más prolongados, cada individuo iba aprendiendo, a partir de sus propios intereses económicos, a darse cuenta de que trocaba sus productos menos líquidos por aquellas mercancías especiales que habían exhibido, además de la atracción de ser altamente comercializables en una localidad determinada, un amplio espectro de comercialización tanto en el tiempo como en el espacio. Estos productos serian clasificados por su carácter costoso, por la facilidad de su transporte y su posibilidad de preservación (en relación con la circunstancia de su compatibilidad con una demanda estable y ampliamente distribuida), de modo tal de asegurar a su poseedor un poder, no sólo "aquí" y "ahora", sino casi ilimitado en tiempo y espacio, sobre todos los otros productos del mercado, a precios económicos.

Y por esa razón ha sucedido que, a medida que el hombre se fue familiarizando con estas ventajas económicas, sobre todo a través de una percepción que se ha hecho tradicional y del hábito del accionar económico, esas mercancías, relativamente más líquidas en cuanto a tiempo y espacio, se han convertido en cada mercado en los productos que no sólo se aceptan en nombre del interés de cada uno a cambio de los propios productos menos líquidos sino que, en verdad, se aceptan con rapidez. Y su liquidez superior sólo depende de la comercialización relativamente menor de cualquier otro tipo de producto, razón por la cual han podido convertirse en medios de cambio generalmente aceptados. Es obvio que el hábito constituye un factor muy significativo en la génesis de esos medios de cambio de utilidad general. Es el interés económico de cada individuo que comercia lo que le permite cambiar productos menos líquidos por otros más líquidos. Pero la aceptación voluntaria del medio de cambio presupone la existencia previa de un conocimiento de estos intereses por parte de aquellos sujetos económicos de quienes se espera que acepten a cambio de sus productos una mercancía que en sí misma y por sí misma es, quizá, totalmente inútil para ellos. Es cierto que este conocimiento nunca aparece en todas partes en una nación a un mismo tiempo. En primera instancia, sólo un numero limitado de sujetos económicos reconocerá las ventajas de ese procedimiento, ventajas que, en sí mismas y por sí mismas, son independientes del reconocimiento general de un producto como medio de intercambio, en tanto ese intercambio, siempre y en todas las circunstancias, acerque más a su meta al hombre económico, es decir, lo aproxime a la adquisición de cosas útiles que realmente necesite. Pero se admite que no hay mejor método para ilustrar a alguien sobre sus propios intereses económicos que hacerle ver el éxito económico de aquellos que utilizaron el medio correcto para asegurar sus intereses particulares. Por lo tanto, resulta evidente que nada pudo haber sido más favorable para el surgimiento de un medio de intercambio que la aceptación, por parte de los sujetos económicos más perspicaces e inteligentes, para su propio beneficio económico y durante un periodo considerable de tiempo de productos eminentemente líquidos en lugar de todos los demás. De esta forma, la práctica y el hábito han contribuido mucho, por cierto, para hacer que los productos, que eran más líquidos en un momento determinado, sean aceptados no sólo por muchos sino, en definitiva, por todos los sujetos económicos a cambio de sus productos menos líquidos: y no sólo para eso, sino para que sean aceptados desde un principio con la intención de volver a intercambiarlos. Los productos que, de esta manera, se tornaron medios de cambio generalmente aceptables, fueron denominados Geld por los alemanes, palabra qué proviene de Gelten y que significa pagar, realizar; otras naciones denominaron al dinero teniendo en cuenta principalmente la sustancia utilizada,[4] la forma de la moneda[5] o, incluso, ciertos tipos de moneda.[6]

No es imposible que los medios de cambio, sirviendo como lo hacen al bien común, en el sentido más absoluto del término, sean instituidos a través de la legislación, tal como ocurre con otras instituciones sociales. Pero ésta no es la única ni la principal modalidad que ha dado origen al dinero. Su génesis deberá buscarse detenidamente en el proceso que hemos descripto, a pesar de que la naturaleza de ese proceso sólo sería explicada de manera incompleta si tuviéramos que denominarlo "orgánica', o señalar al dinero como algo "primordial", de "crecimiento primitivo", y así sucesivamente. Dejando de lado premisas poco sólidas desde el punto de vista histórico, sólo podemos entender el origen del dinero si aprendemos a considerar el establecimiento del procedimiento social del cual nos estamos ocupando como un resultado espontáneo, como la consecuencia no prevista de los esfuerzos individuales y especiales de los miembros de una sociedad que poco a poco fue hallando su camino hacia una discriminación de los diferentes grados de liquidez de los productos.[7]

VII. Ensanchamiento del abismo que separa a los productos que se han convertido en medios de cambio del resto de las mercancías

Cuando los productos relativamente más líquidos se convirtieron en "dinero", el acontecimiento tuvo, en primer lugar, el efecto de aumentar de manera sustancial su liquidez originalmente alta. Todo sujeto económico que trae productos menos líquidos al mercado, con el fin de adquirir bienes de otro tipo, ha tenido desde entonces un mayor interés por convertir lo que tiene en primera instancia en aquellos productos que se han convertido en dinero. Porque esas personas a través del intercambio de sus productos menos líquidos por aquellos que, por ser dinero, tienen mayor liquidez, logran no solamente, y tal como había ocurrido hasta ese momento, una mayor probabilidad sino la certeza de poder adquirir en forma inmediata cantidades adecuadas de todo otro tipo de producto que pueda tenerse en el mercado. Y el control que tienen sobre ellos depende simplemente de su voluntad y de su elección. Pecuniam habens, habet omnem rem quem vult habere (tener dinero significa tener todo lo que valga la pena tener). Por otra parte, aquel que trae al mercado productos que no sean dinero se encuentra, en mayor o menor grado, en desventaja. para poder lograr el mismo dominio sobre lo que el mercado produce deberá convertir primero en dinero sus productos intercambiables. La naturaleza de su incapacidad económica queda demostrada por el hecho de que se ve obligado a superar una dificultad antes de alcanzar su propósito, dificultad que no existe, es decir, ya ha sido superada, para el hombre que posee un stock de dinero.

Todo esto tiene un gran significado para la vida práctica, en tanto la superación de esta dificultad no está del todo dentro del alcance de aquel que trae productos menos líquidos al mercado sino que depende, en parte, de circunstancias sobre las cuales el negociador, como individuo, no tiene control alguno. Cuanto menos líquidos sean sus productos más seguro estará de que deberá sufrir una reducción en el precio económico o bien contentarse con aguardar el momento propicio en el que le resulte posible realizar una conversión a precios económicos. Aquel que en una época de economía monetaria desea intercambiar productos, de cualquier naturaleza que fueren, que no sean dinero, por otros productos que el mercado brinda, no puede tener la certeza de que logrará este resultado de inmediato, o dentro de un intervalo de tiempo predeterminado, a precios económicos. Y cuanto menos líquidos sean los productos que un sujeto económico trae al mercado, más desfavorable será su situación económica, para sus propios fines, si se la compara con la de los que traen -dinero al mercado. Consideremos, por ejemplo, el caso del propietario de un stock de instrumentos quirúrgicos que se ve obligado, como consecuencia de un apuro súbito o de la presión de sus acreedores, a convertirlo en dinero. Los precios que obtendrá serán sumamente accidentales, es decir que, al tener los productos una liquidez tan limitada serán bastante poco calculables. Esto se aplica a todos los tipos de conversiones que, en relación con el tiempo, son ventas forzadas.[8] Diferente es el caso de quien desea convertir inmediatamente en el mercado el producto que se ha convertido en dinero en otros productos que el mercado brinda. Alcanzará su propósito no sólo con certeza, sino también a un precio compatible con la situación económica general. Es decir, el hábito de la acción económica nos ha tornado tan seguros de poder adquirir, a cambio del dinero, cualquier producto del mercado, en el momento en que lo queramos y a precios compatibles con la situación económica, que en general no somos conscientes de la cantidad de compras que diariamente nos proponemos hacer y que son forzadas en relación con nuestros deseos y con el momento en que las concretamos. Por otra parte, las ventas forzadas, como consecuencia de la desventaja económica que, por lo general, encierran, llaman la atención de las partes involucradas de manera inconfundible. Por lo tanto, lo que constituye la peculiaridad de un producto que se ha convertido en dinero es el hecho de que su posesión nos brinda en un momento dado, es decir, en el momento que consideremos oportuno, un control seguro sobre todo producto que pueda tenerse en el mercado y, en general, a precios ajustados a la situación económica del momento: por otra parte, el control conferido por otro tipo de mercancías sobre los productos del mercado es relativo, si no absolutamente incierto, en relación con el tiempo y, en parte también, con el precio.

De esta manera, el efecto que han producido los bienes cuya liquidez relativa les permite convertirse en dinero ha sido el de ensanchar el abismo que existe entre su liquidez y la de todos los otros productos. Y esta diferencia de liquidez deja de ser totalmente gradual y debe ser considerada, en cierto sentido, como algo absoluto. La práctica de la vida diaria, y también la jurisprudencia, que en su mayor parte apoya las nociones predominantes en la vida diaria, distinguen la existencia de dos categorías en los requisitos del comercio: la de los productos que se han convertido en dinero y la de los que no lo han hecho. Y encontramos que el fundamento de esta distinción se halla, en esencia, en la diferencia de liquidez de los productos que hemos mencionado anteriormente, una diferencia muy significativa para la vida práctica y que más tarde se ve acentuada por la intervención del estado. Además, esta distinción halla su expresión en el lenguaje, en la diferencia entre los términos "dinero" y "bienes", y ''compra" e "intercambio", o en el significado que se les da. Pero brinda también la principal explicación de la superioridad del comprador sobre el vendedor, sobre la cual se han hecho múltiples consideraciones pero que, hasta ahora, no ha sido adecuadamente explicada.

VIII. Cómo los metales preciosos se convirtieron en dinero

Los productos que en relaciones locales y de tiempo dadas son más líquidos se han ido convirtiendo en dinero entre las mismas naciones, en momentos diferentes, y entre naciones diferentes a un mismo tiempo, y son de clases diversas. Los metales preciosos se han convertido en el medio corriente de intercambio más generalizado entre los pueblos de civilización económica avanzada por su liquidez altamente superior en relación con la de todos los otros productos y, al mismo tiempo, porque se los ha considerado especialmente aptos para las funciones concomitantes y subsidiarias del dinero.

No hay pueblo alguno que en los comienzos mismos de la civilización no haya llegado a desear profundamente y a codiciar con vehemencia los metales preciosos, en épocas primitivas por su utilidad y belleza, por ser en sí mismos decorativos, y más tarde por ser los materiales más apreciados para la decoración plástica y arquitectónica y, especialmente, para adornos y vasijas de todo tipo. A pesar de su escasez natural están geográficamente bien distribuidos y, si se los compara con la mayoría de los otros metales, son fáciles de extraer y elaborar. Las personas que desean adquirirlos son, a causa de las peculiares necesidades que su posesión satisface, aquellos miembros de la comunidad que pueden realizar el trueque con mayor eficacia y, por lo tanto, su deseo por los metales preciosos es generalmente más efectivo. Sin embargo, los limites del deseo efectivo por estos bienes también se extienden a aquellos estratos de población cuyas posibilidades de trueque son menores, a causa de la gran divisibilidad de los metales preciosos y del placer que se alcanza usándolos, aunque sea en muy pequeñas cantidades, en la economía individual. Deben considerarse además los amplios límites en tiempo y espacio que tiene la comercialización de los metales preciosos; éstos son consecuencia, por un lado, de la distribución casi ilimitada en el espacio de las necesidades que de ellos se tienen, junto con su bajo costo de transporte en comparación con su valor y, por el otro, de su ilimitada durabilidad y del costo relativamente pequeño de su atesoramiento. En ninguna economía nacional que haya superado las primeras etapas de desarrollo hay productos cuya comercialización sea tan poco restringida en muchos sentidos -personal, cuantitativa, espacial, y temporalmente- que puedan compararse con pos metales preciosos. No hay duda de que mucho antes de su conversión en medios de cambio generalmente reconocidos ya satisfacían, entre muchos pueblos, una demanda positiva y efectiva en todo lugar y oportunidad y prácticamente en cualquier cantidad que se llevase al mercado.

Surgió aquí un hecho que necesariamente resultó de especial importancia para su conversión a dinero. Para quienquiera que estuviese en esas condiciones y que tuviera a su disposición alguno de los metales preciosos no sólo existía la perspectiva razonablede poder convertirlos en todos los mercados, en cualquier momento y prácticamente en todas las cantidades posibles sino, además -y éste es, después de todo, el criterio de la liquidez-, la perspectiva de poder convertirlos a precios compatibles, en cualquier oportunidad, con la situación económica general, a precios económicos. La intensidad, persistencia y omnipresencia del deseo de metales preciosos por parte de los negociadores más efectivos ha permitido excluir los precios del momento, de emergencia o accidentales, en el caso de estos bienes más que en el de cualquier otro, especialmente porque en razón de su carácter costoso, durabilidad y fácil preservación se han convertido en el medio más popular de atesoramiento y también en los productos más favorecidos para el intercambio.

En tales circunstancias, la idea predominante en las mentes de los negociadores más inteligentes primero y en las de todos más tarde, cuando la situación fue comprendida a nivel general, fue la de que el stock de productos destinados al intercambio por otros productos debía expresarse, en primera instancia, en metales preciosos o bien convertirse en ellos, aunque el agente en cuestión no los necesitara directamente o, incluso, cuando ya hubiese satisfecho sus necesidades en ese sentido. Pero, en y por esta función, los metales preciosos ya se han convertido en el medio corriente de intercambio. En otras palabras, por esa vía funcionan como mercancías por las cuales todos buscan cambiar sus productos del mercado, en general, no con el fin de destinarlos al consumo sino debido a su suprema liquidez, con la intención de poder cambiarlos más tarde por otros productos que les resulten directamente útiles. Ningún accidente, ni la consecuencia de la compulsión del estado ni el convenio voluntario de los comerciantes pudo cambiar esto. Fue el hecho de entender simplemente cuáles eran los propios intereses individuales lo que hizo que todas las naciones económicamente más avanzadas aceptaran los metales preciosos como dinero ni bien se logró reunir e introducir en el comercio una provisión suficiente de ellos. El avance de elementos de dinero menos costosos a otros más costosos depende de causas análogas.

Este desarrollo se vio materialmente apoyado por la relación de intercambio existente entre los metales preciosos y otros productos que sufren fluctuaciones más o menos pequeñas que las que ocurren entre la mayoría de los otros productos; esta estabilidad se debe a las circunstancias peculiares que afectan la producción, el consumo y el intercambio de metales preciosos y, de esta manera, se halla conectada con los así llamados fundamentos intrínsecos que determinan su valor de cambio. Ésta es otra razón más por la cual cada hombre, en primera instancia (es decir, hasta que invierte en productos que le resultan directamente útiles) debe proveerse de un stock de intercambio disponible en metales preciosos u convertir en éstos los bienes que posee. Además, la homogeneidad de los metales preciosos y la consiguiente facilidad con que pueden servir como res fungibiles en relaciones de obligación han llevado a formas de contratos por las cuales se ha facilitado el comercio; esto también ha impulsado su liquidez y, por ese medio, su adaptación como dinero. Por último, estos metales, como consecuencia de la peculiaridad de su color, de su sonido y, en parte, también de su peso específico, no son difíciles de reconocer con la práctica y al adoptar una marca durable pueden ser fácilmente controlados en cuanto a localidad y el peso; esto también ha llevado a aumentar materialmente su liquidez y a alentar su adopción y difusión como dinero.

IX. La influencia del gobierno

El dinero no ha sido generado por la ley. En sus orígenes es una institución social y no estatal. La sanción por parte de la autoridad del estado constituye una noción que le es ajena. Por otra parte, sin embargo, a través del reconocimiento del estado y de la regulación por parte del gobierno esta institución social del dinero se ha perfeccionado y ha sido adaptada a las múltiples y variadas necesidades de la evolución del comercio, así como los derechos que son resultado de la costumbre se vieron perfeccionados y adaptados a través de la ley. Aunque originalmente se comerció con ellos, al igual que con otros productos, según el peso, los metales preciosos fueron más tarde acuñados e intercambiados por su número. Al adoptar la forma de monedas, experimentaron un aumento material. El libre acuñamiento y el mantenimiento de la confianza pública en él, para impedir la falsificación, han sido reconocidos en todas partes como importantes funciones del gobierno.

Las dificultades experimentadas en el comercio como resultado de la acción competitiva de diversos productos que servían como divisa, produciendo una múltiple inseguridad en la actividad comercial y haciendo necesarias variadas conversiones de los medios circulantes, han llevado a que se reconociera legalmente a ciertos productos como dinero (a normas monetarias).

Todas estas medidas han perfeccionado el funcionamiento de los metales preciosos como dinero pero, con seguridad, no han sido responsables de que éstos se convirtieran en dinero.

Sólo se puede entender verdaderamente el origen del dinero si aprendemos a considerarlo como una institución social, como el resultado espontáneo, el producto no planificado de los esfuerzos específicamente individuales de los miembros de la sociedad.

Bibliografía

Trabajos de Carl Menger sobre moneda

Grundsätze der Volkswirkshaftlehre, 1871, edición inglesa: Principles of Economics (en castellano), New York, N.Y.U. Press, 1981; cap. VII, La teoría del producto [Web], pp. 286-256; cap. VIII, La teoría del dinero [Web], pp. 257-885; Apéndice J: Historia de las teorías sobre el origen del dinero, pp. 815-820.

Untersuchungen über die Methode der Sozialwissenschaften und der politischen Oekmomie insbesondere, 1683; edición inglesa: Problems of Economics and Sociology, Urbana, University of Illinois Press, 1983, Libro 8, cap. 2. El entendimiento teórico de aquellos fenómenos sociales que no son producto de un acuerdo o de una legislación positiva sino los resultados espontáneos del desarrollo histórico, (a) El origen del dinero, pp, 152-155.

Schriften über Geldtheorie und Währungspolitik (Papers on Monetary Theory and Monetary Policy), Nº 20, en el volumen IV de la Recopilación de Obras de Carl Menger, publicada por la London School of Economics and Political Science. Series of Reprints of Scarce Tracts in Economics and Political Science, Londres, 1886.

Die Kaufkraft des Guldens östesrreichischer Währung (El poder adquisitivo del florín austríaco), 1889.

Geld (Dinero), 1909.

Beiträge zur Währungsfrage in Österreich-Ungarn (Contribuciones a la discusión monetaria austro-húngara), 1892.

Der Übergang zur Goldwährung (Transición al patrón oro), 1392.

Aussagen in der Valutaenquete (Testimonio ante la Comisión Monetaria), 1882.

Von unserer Valuta (Sobre nuestra divisa), 1882.

Das Goldagio und der heutige Stand der Valutareform (El premio sobre el oro y la reforma monetaria actual), 1888.

On the Origin of Money, [WEB] The Economic Journal, junio de 1882, pp. 289-266.

Autores que han escrito sobre Carl Menger y sus teorías monetarias (Ordenados según la fecha de su publicación original)

1910 - Karl Menger, Robert Zuckerkandl, Zeitschrift für Volkwirtschaft, Sozialpolitik und Verwaltung, vol. l0, pp. 251-264.

1921 - Karl Menger: 1840-1921, Joseph A. Schumpeter, Zeitschrift für Volkswirtschaft und Sozialpolitik, New Series, vol. 1. Reimpresa en inglés con el título de Ten Great Economists from Marx to Keynes, New York, Oxford University Press, 1951, pp. 80-90.

1928 - Karl Menger, Friedrich Wieser, Neue österreichische Biographie: 1816-1918, Viena, Wiener Drucke, vol. 1, pp. 84.82.

1984 - Carl Menger, F. A. Hayek, Economica, New Series, vol. 4, pp. 398-420, reimpreso como Introducción a Principles of Economics, de Carl Menger.

1937 - The Economics of Carl Menger, George J. Stigler, Journal of Political Economy (abril de 1937), pp. 228-250; reimpreso en Production and Distribution, The Formative Period, New York, The Macmillan Co., 1941, pp. 184-157.

1940 - Carl Menger: The Founder of the Austrian School, Henri S. Bloch, Journal of Political Economy, vol. 8, pp. 428-423.

1954 - The methodology of Henry George and Carl Menger, Leland B. Yeager, American Journal of Economics and Sociology, vol. 13, pp. 233-238.

1960 - The Rise of the Marginal Utility School: 1870-1889, Richard K. Howey, Lawrence, University of Kansas Press.

1965 - The History of Marginal Utility Theory, Emil Kauder, Princeton, Princeton University Press.

1969 - The Historical Setting of the Austrian School of Economics [WEB], Ludwig von Mises, New York, Arlington House.

1973 - Menger's Theory of Money and Uncertainty - A modern Interpretation, de E. Streissler, en Carl Menger and the Austrian School of Economics, editado por J. R. Hicks y W. Weber, Oxford, Clarendon Press, pp. 164-189.

1983 - The Monetary Writings of Carl Menger [WEB], Hans F. Sennholz, The Ludwig von Mises Institute, Auburn University.

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NOTAS:

[1] Véase Roscher, System der Volkswirtschaft, I, 116; mis Principles of Economics (en castellano), New York, 1981, Apéndice J, P. 315 y ss.; M. Block, Les Progrès de la Science Économique depuis A. Smith, 1890, II, p. 59 y ss.

[2] La alta liquidez de un producto no es revelada por el hecho de que sea posible desprenderse de él a cualquier precio, incluso el que sea el resultado de una desgracia a accidente. En este sentido todos las productos son bien e igualmente comercializables. Depende de que resulte posible desprenderse de él con facilidad y seguridad, en cualquier momento y a un precio que se corresponda, o que por lo menos no sea incompatible, con la situación económica general, es decir, al precio económico o aproximadamente económico.

[3] Véase mi artículo Geld en el Handwörterbuch der Staatwissenschaften, Jena, 1981, vol. 3, p. 370 y ss.

[4] La palabra hebrea keseph, la griega , la latina argentum, la francesa argent, etcétera.

[5] La palabra inglesa money, la española moneda, la portuguesa moeda, la francesa monaie, la hebrea maoth, la árabe fulus, la griega etcétera.

[6] La palabra italiana danaro, la rusa dengi, la polaca pienondze, la bohemia y eslavonia penize, la danesa penge, la sueca penninger, la húngara péuz, etc. (es decir, denare = Pfennige = Penny).