Jorge Valín
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Jorge 

Valín

domingo, septiembre 27, 2009

Libros sobre Liberalismo. Gratis. Partido Libertario.

Un miembro del Partido Libertario de España me facilita una página donde hay libros sobre el liberalismo donde cualquiera puede acceder:

Los libros van de Ayn Rand, hasta Huerta de Soto, Hayek o Mises, entre otros.

Información relacionada del P. Libertario:

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viernes, abril 10, 2009

1934. Viñeta del Chicago Tribune. La historia se repite.



martes, abril 15, 2008

El crimen que dio origen a la policía. Michael Gilson de Lemos

Rescato del pasado una traducción de Toni Mascaró, El Crimen que Dio Origen a la Policía:

Hace casi tres años, en la época añorada del Laissez Faire Electronic Times, Michael Gilson de Lemos escribió un artículo sobre los orígenes privados de la policía y del servicio de correos y de cómo el sector público persiguió a esos bienhechores y, cual parásito, se apoderó de sus invenciones. He aquí la traducción, imprescindible para ancaps pero, como siempre con las lecturas de MG, que nadie se espere una lecturita previsible y políticamente correcta:

El crimen que dio origen a la policía
Jonathan Wilde: Detective, emprendedor y mártir
por Michael Gilson De Lemos
traducción de Antonio Mascaró Rotger

artículo aparecido en el The Laissez Faire Electronic Times, Vol 2, No 15, Abril 14, 2003

Ésta es la historia del cínico asesinato judicial del hombre que creó un segmento crítico de los servicios policiales modernos en forma de institución privada, y de la expropiación de los servicios de correos que lo precedió, servicios tan eficientes y dirigidos a las necesidades individuales que no han tenido igual hasta el día de hoy. Eso permitió que el gobierno se apoderara de ellos, dando origen a la policía tal como la entendemos hoy en día. Con ello, se expropiaron y asesinaron las primeras innovaciones proto-liberales[1] en servicios postales y policiales: y no es solamente lo que existe en la actualidad una monstruosidad menos eficiente construida a partir de sus cadáveres, sino que es la historia del asesinato del propio concepto de los servicios privados y voluntarios que se dirigen a las necesidades del individuo y por ende de la gente.

¿Porqué, se pregunta a veces, ha habido un sesgo cultural e intelectual a favor de la policía pública? Incluso con la vasta propaganda pública, ¿acaso no debería el mercado haberlos privatizado ya todos? O, al menos, ¿no debería haber algunas alternativas privadas bien conocidas, especialmente al principio? Particularmente en la tradición angloamericana, ¿acaso no prueba eso que algo está errado en la teoría? ¿O es que en algún momento se borró de nuestra conciencia histórica, como ahora que se acusa a los jurados de descarriarse y que la prensa deifica a los jueces anónimos? ¿Qué hay de los servicios auxiliares, tales como correos? ¿Acaso no fueron siempre, y de alguna medida inherentemente, gubernamentales?

Un método habitual de análisis social liberal no consiste en seguir la moda de empezar una discusión con el último papel de trabajo o institución, sino en indagar en la causas. Invariablemente, los liberales se encuentran con que en el fondo de cada institución “obviamente” gubernamental, yace algo completamente diferente. Rothbard y Gabriel Koldo, al exponer como empezó la regulación mercantil en Estados Unidos, desde diferentes ángulos usó este método en un modo clásico: en el gobierno, las cosas suelen ser lo opuesto de lo que aparentan.

En el caso de la génesis de la policía, ha tenido que esperarse hasta el reciente acceso público a los archivos de la Old Bailey, la famosa ciudadela del mal del sistema judicial británico en el siglo XVII. De hecho, numerosas innovaciones fueron creadas por personas privadas (los servicios de policía, los sellos de correos, las compañías de bomberos, las compañías aseguradoras) para ser luego incautadas y confiscadas por el gobierno una vez probaron que eran provechosas y populares.

La policía nació del crimen

En Gran Bretaña, el proceso fue similar al que se siguió después en América. Desde la época medieval, había una serie de policías privadas y empresas de guardias vecinales (empezando con la simple voz de alarma cuando se descubría un problema) que ofrecían servicios a bajo coste cercanos a y controlados por la gente que los usaba, y por ello, estaban existían tensiones con el gobierno central, que por razones monetarias, de poder y religiosas pensó en crear un sistema obligatorio y uniforme independientemente de que así se solventaran los problemas o no.

Así, en nombre de la “mejora” y la “regulación” de la acción privada, se impusieron leyes que elevaron sus costes y crearon distorsiones.

Esas leyes destruyeron el voluntariado al requerir una desmesurada y creciente cantidad de horas de papeleo y al incentivar a contratar “profesionales” del gobierno. La gente dispuesta a ofrecerse como voluntarios unos pocas horas al mes se encontrar de repente con que se les exigía trabajar muchas horas al día y al empezaron a faltar al trabajo, lo que el gobierno usó entonces como prueba de la necesidad de impuestos regulares, el fracaso de la libertad, de la avaricia general y de la vagancia, así como de la necesidad de lo que hoy llamaríamos la “profesionalización” pública. Los abusos criminales por parte de los que estaban de guardia fueron ilógicamente magnificados para demostrar que todo el sistema de la participación comunitaria estaba errado. El control por parte de la comunidad y de la vecindad quedó deshecho por los jurados distantes y por los juzgados centrales.

Se dio un proceso similar en el entrenamiento de las milicias. Las antiguas repúblicas entrenaban a sus soldados como parte de la educación para adolescentes (una edad en la que a los jóvenes les encantan este tipo de ejercicios) de una forma tan eficiente que las crónicas andan repletas de historias de los jóvenes Alcibíades o Cesar dominando situaciones complejas con un perfecto autocontrol siendo todavía adolescentes. Pero en los Estados Unidos, fueron un ímpetu de los militares modernos los ejercicios obligatorios de maniobras militares, el retraso en el entreno cuando la gente ya había empezado sus carreras, y la hostilidad del gobierno hacia los clubs de milicias, resultando todo ello en el “problema” de tener a gente que no se presentaba a los entrenamientos y en llamamientos para instaurar el servicio militar obligatorio. De hecho, los gobiernos estaban horrorizados cuando el sistema seguía funcionando: la nacionalización en “Guardias Nacionales” y la creación de armerías y la legislación del control de armas en cada ciudad reflejó el rechazo de las milicias a disparar contra manifestantes sindicales, a que las milicias y las patrullas privadas arrestaron a cobradores de impuestos federales y que los negros se defendieron con éxito ante las turbas que iban a lincharles apoyadas por el gobierno. Ahora hay quien pide que se restablezca el servicio militar obligatorio para subsanar las ineficiencias del gobierno mientras se sigue intentando asfixiar un enfoque natural en el entreno y la autodefensa.

El porceso no fue, de hecho, muy diferente al de cómo el gobierno regula las empresas hasta dejarlas inactivas, hasta abocarlas a comportamientos aberrantes, o hasta promover el mal comportamiento sensacionalizado de unos pocos (generalmente ignorando el papel desempeñado por los funcionarios públicos corruptos), lo que después se presenta como prueba no de cómo la regulación y la coerción pública resultan contraproducentes sino de que se necesita todavía más. Entonces el gobierno, con su recién estrenado monopolio, no se dispone a solventar el problema sino a perseguir aquellos que desafían su inútil monopolio o a los que violan sus “standards” abstrusos y rebuscados.

Estamos viendo esto en los últimos vestigios de vigilancia ciudadanas hoy en los Estados Unidos y en el Reino Unido. Tras varios incidentes en los que la gente no ayudó a otros que estaban en peligro (bien porque tenían muy buenos motivos o bien debido a la inacción de los funcionarios públicos o por la confusión creada por los responsables), se establecieron leyes para obligar a los ciudadanos a prestar su ayuda. La policía se ha encargado después de perseguir, como se está viendo en Florida, a los que no ayudaron suficientemente pronto, animando así a la gente a no ayudar en absoluto, y justificando así una mayor “profesionalización” de los empleados públicos. Los que se defienden de los ladrones o de los atracadores callejeros, se encuentran perseguidos por el uso o tenencia ilícita de armas, abuso de fuerza en la respuesta, o similares.

El sitio web de la Old Bailey, si uno lee entre líneas, tiene problemas para esconder la historia de la siniestra corrupción. Caso a caso, se ve no una evolución sino una nueva imposición de control público y reacción ciudadana a lo largo de siglos.

Como resultado, a principios del siglo XVIII, empleados casi públicos desearon apoderarse de los “caza ladrones” que actuaban como detectives, negociaban la devolución de bienes y ofrecían numerosos servicios de arbitraje, y poner el proceso bajo el control de los tribunales permitiendo así el encarcelamiento rentable y el transporte de ciudadanos bajo cargos no demostrados de “posesión de bienes robados” lo que operaba de un modo similar a la posesión de marihuana de nuestros días (en cambio, el secuestro, difícil de simular, era castigado levemente). Esto culminó, un siglo más tarde, en la fundación por parte de Peel de la “honesta” policía pública, que los “Bobbies” inevitablemente corrompieron para dar a luz a la policía sin opción a elegir, centralizada, burocrática y cada vez más adversa al ciudadano como la que existe hoy.

El problema radicaba en que a principios del siglo XVIII el trabajador Jonathan Wilde había desarrollado, partiendo de un pasado un tanto granujilla, la práctica detectivesca hasta nuevas cumbres, creando la vigilancia comunitaria y muchas técnicas avanzadas y prácticas que actualmente usa la policía cuando realmente entra en la comunidad. Él propuso, en ataques satíricos, que las cárceles realmente aumentaban el crimen y abogó por un enfoque más sensato. Frustró varios amagos de los policías públicos contra prostíbulos y por encarcelar a gente en prisiones provechosas, por lo que fue denunciado por los puritanos locales en el gobierno. En su “Relato verídico” entendió el asunto perfectamente en términos nozickianos o de competencia friedmanita:

Cuando dos de una misma profesión se encuentran en disensión, el mundo realiza muchos descubrimientos importantes; y […] surge naturalmente una expectativa de algún vilipendio”.

Simplemente, la gente se dirigía a él y no a los empelados públicos si lo que querían eran resultados. Su brillante integración de comunidad, proacción, mediación, y alternativas de defensa completamente trascendieron las actuales ideas liberales de, por ejemplo, competencia entre varias agencias de defensa, por las que estudiosos bien intencionados como Friedman laboriosamente teorizan sobre lo que podría pasar en vez de (que, como dice Aristóteles, es el primer paso del método científico) ser conscientes de lo que pasó y lo que, por tanto, puede ser fácilmente perfeccionado y repetido.

Destacan, entre sus innovaciones:

· Un servicio de negociación para obtener de los criminales los objetos robados por un porcentaje y devolvérselos a los propietarios.

· Grupos de comunidad para organizar turnos que interactuaban a los largo de la ciudad.

· Ofrecer consejo a la gente sobre cómo evitar robos.

· Según varias tradiciones orales, tenía los principios de una agencia de bienestar para ayudar a los ladrones a reformarse y, de la misma manera, dispuso el arresto o ejecución pública de auténticos malhechores.

· Un método alternativo para tratar el tema del crimen cuando el gobierno era su principal causa.

Esto último es particularmente importante. Los impuestos y las regulaciones en aumento no sólo estaban empobreciendo la Gran Bretaña, sino que el gobierno descubrió que condenar a la gente por robo basándose en pruebas que hoy se expulsarían a carcajadas de un juzgado (y los castigos draconianos, incluyendo lo que era en realidad la esclavización y deportación durante un determinado número de años de sus ciudadanos y disidentes que, al empobrecer a las familias, indujo a muchos a robar para poder alimentarse con lo que se creó un círculo vicioso) resultaba altamente rentable y consolidaba su tambaleante poder tras la restauración de la Monarquía.

Las deportaciones eran la esclavización: muchos de los deportados como sirvientes por un periodo determinado se encontraron con que esos periodos duraban, de hecho, de por vida pues eran alargados por infracciones menores según el capricho exclusivo del amo. De hecho, uno de los secretos sucios de la Revolución Americana fue que ésta era la principal forma de esclavitud existente en esa época que muchos de los Padres fundadores estaban intentando eliminar, de la que la esclavitud africana era una variante: para comprender cuan extendida estaba, muchos blancos fueron esclavizados por negros libertos hasta el siglo XIX; sus presuposiciones y procesos draconianos siguen corrompiendo el sistema legal (un prisionero es técnicamente un esclavo del gobierno, y una vez más el castigo en los Estados Unidos, a pesar de las desconcertantes fórmulas de castigo “justo” que toman en consideración cada factor excepto la dirección del viento y, sin embargo, dan lugar a sentencias desproporcionadas) hasta el día de hoy.

Peor todavía: el sistema legal británico alimentó y fue alimentado por la miseria que creaba y por la facilidad con la que el inocente era condenado: alguna gente era víctima de acusaciones de robo por parte de aquellos que querían deshacerse de familiares molestos, de sirvientes que no accedían a sus deseos sexuales, de cónyuges inconvenientes, de acreedores difíciles, de los discapacitados, de vecinos agobiantes, por simples deseos de venganza y de gente que alarmaba al gobierno al reclamar cosas tales como sus derechos.

A medida que uno lee las transcripciones del sitio web de la Old Bailey, uno lee no la historia cutre de una Inglaterra que de repente se vuelve loca de lujuria por robarle los candelabros y la mantelería al vecino, sino la magnificación de los dramas vecinales, domésticos y vengativos por parte de un gobierno guiñando el ojo feliz de enviar, tras un juicio de diez minutos, a sus víctimas a cumplir condena de servidumbre durante años y de destruir clanes enteros a mayor gloria de su propia grandeza y poder. La mera acusación de que algo poseído era robado llevó a muchos a la ruina, y esto operaba de la misma manera que las bárbaras y criminales leyes actuales sobre la posesión y pérdida, tan queridas por los fiscales, que ignoran la intención, el efecto o la evidencia. No fue una era gloriosa esta del nacimiento de la policía pública y de los tribunales públicos, sino la espiral mortal de una sociedad corrupta que alumbró la Revolución Americana y que, sin embargo, sigue viva mediante los estudiosos y la propaganda que colorean el pensamiento de hoy no sólo en el Reino Unido, sino en todos los países que han sido influenciados por la Gran Bretaña.

¿Un proceso judicial moderno?

Si bien en un principio usó sus servicios, el gobierno pronto se dirigió a Wilde de otro modo. Sus negociaciones fueron denunciadas por inducir al robo a los ladrones. Se le acusó de formar un régimen mafioso con sus concejos ciudadanos. Aparentemente, algunos también robabas de sus opresores y se acusó a Wilde de hacer la vista gorda en este asunto; como la estaba haciendo, si es que era eso cierto, el propio gobierno. En su juicio, Wilde sugirió que al menos algunos de sus acusadores le estaban acusando de lo que ellos mismos estaban haciendo; y estaban alarmados, presumiblemente, de ver como se reducía su parte del beneficio a medida que Wilde reducía el crimen.

La trascripción del juicio, ahora desenterrada, revela la estratagema horripilante que el gobierno usó para pararle, apoderarse de su reputación, y destruir su servicio: no sólo le acusó de robar para hacerse quedar bien al conseguir recuperar fácilmente los bienes, sino que afirmaron que él dirigía una colosal operación en la que él directamente dirigía los robos que después decía haber resuelto. Pero en realidad le apuntaron con una ley fantástica, propuesta por el principal responsable legal de la City, el Recorder, que era uno de los jueces. Se estableció esta ley específicamente contra él de modo que podía, aberrantemente, condenársele de conspirar consigo mismo para robar por el simple hecho de aceptar una recompensa. En efecto, con esta ley, el gobierno británico al completo se le echó encima.

Éste es el contexto adecuado para comprender el registro histórico. Pues esa fue, como cada vez más lo es hoy, la era del “Código Bloody [2]” y de los castigos severos por ofensas menores basados en escasas pruebas.

Los ladrones arrepentidos no solían admitir nada y la gente era reticente a acusar por miedo a que una muerte injusta cayese sobre sus conciencias.

La gente respondió al sistema que tenía Wilde de negociar para la devolución de los bienes al tiempo que les animaba a tomar medidas preventivas y, pronto surgieron otros grupos por doquier desarrollando este sistema. El gobierno estaba especialmente horrorizado de que él hubiese organizado a la gente en concejos judiciales casi democráticos en cada distrito donde ellos se procuraban su propia justicia en una suerte de franquicia y la gente solventaba sus disputas sin invocar los castigos draconianos del gobierno o las multas provechosas.

En efecto, había empezado a privatizar la capital entera para la gente en una disciplinada organización en red en una era en la que el hombre medio todavía no podía votar. Si la gente tomaba un control activo para eliminar a los ladronzuelos, no se requería mucha imaginación por parte de los burócratas para preguntarse que pasaría cuando los ladrones mayores del gobierno fuesen los siguientes de la lista. Cuando el gobierno comprendió lo que estaba aconteciendo, reaccionó. Habla por sí mismo el escandaloso sermón con el que el juez contestó a Wilde cuando éste pidió justicia y expuso lo que estaba realmente sucediendo.

Como los fiscales de hoy en día, el gobierno no se arriesgó y amontonó un cargo sobre otro con la espera de que alguno colaría. Le arrestaron por robo con once acusaciones que iban a inflamar seguro al público según las cuales él dirigía una mafiosa “corporación de ladrones” que no estaba tanto eliminando ladrones sino lanzando ataques de pandillas contra los ladrones de la competencia y que, incluso, vendía sangre humana. Wilde protestó diciendo que el gobierno estaba en efecto compinchado con los criminales para destruir la auténtica protección policial y que iban a por él, pues ladrones que él había sido incapaz de apresar aparecían ahora como testigos del gobierno.

¿Y Wilde? Bajo los impetuosos procesos judiciales de la época, la defensa no podía llamar a testigos y ni tan siquiera tenían derecho a saber cuando sería el juicio, de manera que a los testigos de la defensa generalmente les resultaba imposible testificar. Su abogado sólo podía sacar a colación puntos legales; a la defensa de los acusados de algún crimen se les prohibía tener abogados ya que “siendo serio el crimen, ellos podían adecuadamente estar motivados para defenderse a sí mismos”. En cambio, el sistema de Wilde estaba abierto a testigos.

Y no es que los testigos del gobierno demostraran nada. Wilde había recuperado un rollo de tela que había sido robado de una tienda y lo había hecho sin esperar recompensa. Cuando la tendera intentó recaudar la recompensa para los ladrones para recompensar el artículo, él no se lo dejó hacer. El testigo era claramente reticente y pensaba bien de Wilde. El juez entonces emprendió una discusión metafísica con el abogado de Wilde sobre si uno es un criminal cuando no un ladron, basándose en el significado de la ley establecida para atrapar a Wilde y cuya calidad de Alicia en el país de las maravillasse hace más profunda a medida que uno la relee varias veces; mientras bloqueaba los intentos para interrogar al posible ladrón para evitar que salieran a la luz los hechos que podrían ayudar a Wilde.

Wilde casi se salvó. Ésta era la época en que los jueces dejaban claro de qué parte estaban y que encarcelaban a los jurados que llegaban a veredictos inconvenientes. El jurado se enfrentó al gobierno, absolvió a Wilde por el robo pero no vio manera de absolverle por recuperar una propiedad robada y aceptar una recompensa (aparentemente, esperaba que le conmutarían la pena de muerte, como solía hacerse) y el gobierno no perdió el tiempo: si bien los ladrones condenados eran normalmente exiliados o multados, colgaron a Wilde y los compinches de la corte se apoderaron de su negocio. Panfletos escritos por Don Nadies llenaron las calles con cuentos cada vez más horribles de sus presuntos crímenes, posteriores calumnias oficiales crearon un circo contra él en su ahorcamiento. Tramas de robo y recuperación de objetos prosperaron con impunidad y el crimen floreció, a juzgar por la calidad decreciente de los juicios en la Old Bailey y cargos exagerados. Y los testigos del proceso judicial fueron discretamente ejecutados en juicios igualmente cuestionables y silenciados para siempre. Con el tiempo, los Bow Street Runners se apoderaron de muchas funciones, imitaron las innovaciones de Wilde tales como estar fácilmente disponible y enviar investigadores inmediatamente y, si bien eran eficientes, eran la élite que reemplazaba a los ciudadanos que se habían procurado su propia justicia mediante la negociación.

El mismo día de su juicio, el gobierno no dudó en realizar más de sesenta juicios más donde envió a gente en pocos minutos a años de servidumbre o los sentenció a muerte, la mayoría con alegaciones que no se sostenían de llevarse pequeñas piezas de ropa o explicaciones desarticuladas de mercaderes que muy bien podrían tratarse de inventarios mal hechos. Las defensas fueron de lo más revelador: una letanía de contraacusaciones de venganza, malas identificaciones, sugerencias de que el artículo había sido vendido por orden del acusador y después se les acusaba del precio resultante, el artículo había sido devuelto o afirmaciones de que el artículo había sido tomado prestado como de costumbre. En algunos casos resulta que la gente, como en el caso de Wilde, fue condenada a pesar de que a los acusadores sólo les faltó proclamar la inocencia del acusado.

Se dice que mientras era abucheado yendo a la horca, en un postrer testimonio de la hipocresía de la época y de lo que a él le estaba sucediendo, re negó a hablar. En cambio, ostensiblemente metió la mano en el bolsillo del cura abstemio y sacó un sacacorchos que mostró con una divertida mirada al público confuso y a las futuras generaciones que tal vez le iban a comprender.

Los estudiosos, incapaces de concebir la naturaleza de las innovaciones de Wilde y su restauración de la policía privada de la common law, sin el menor criticismo acatan las acusaciones y las memorias de sus enemigos y universalmente le denuncian en el mejor de los casos como un granujilla y en el peor como un maquinador monstruo del robo, dando el asunto por zanjado. Estos estudiosos y escritores se andarían con mucho cuidado de cualquier trascripción de juicios e historias de gobiernos si se tratase de los nazis persiguiendo a los judíos por gestionar un servicio de justicia, los comunistas a algún empresario, o la Inquisición a alguna bruja basándose en cargos exagerados de robos, y nos darían una obra maestra de “lectura concienzuda” poniendo el asunto en perspectiva y mostrando que lo que realmente estaba pasando entre bastidores; más si cabe, supone uno, si el jurado nazi, comunista o vaticano hubiese absuelto al acusado y hubiese intentado reprender al gobierno por condenar a una persona por realizar una buena acción. No los intelectuales estatalistas, que aparentemente no pueden concebir algo tan fundamental, como un pez que no es consciente del agua en el que vive, como mostrar que se cuestiona al propio Estado.

El asunto no está zanjado. Leer entre líneas y entender que tuvo que ocurrir, comprender la naturaleza de las instituciones coercitivas reaccionando contra el cambio, leer los alegatos extremadamente perspicaces de Wilde, eso lleva tiempo. Tal vez, Wilde añadió algo de robo en sus operaciones pero pudo haber sido del modo en que los departamentos de policía a menudo permiten que sus informantes mojen sus picos para desvelar un asunto mayor. Pero al fin y al cabo, lo que sobresale del caso como el Coloso de Rodas es que él fue absuelto del único y fundamental cargo mediante la common law: el jurado, lejos de dejar que cayese todo el peso de la ley sobre él, rehusó a condenarle por robo y le halló culpable sólo de la buena obra de recuperar bienes robados bajo la desconcertante y absurda ley; una ley tan rara que técnicamente también hacía igualmente culpable al juez y a la fiscalía.

Mientras otros como Vidocq (quien ochenta años más tarde fundó la primera agencia de detectives para fastidio de la policía oficial francesa, la Sûreté), estudió a Wilde, viendo en él a un gran innovador y pareció haber entendido lo que aquel intentaba hacer; entre sus contemporáneos nadie estaba interesado en un juicio político complicado o entendía el concepto de la innovación privada voluntaria que devolvió el sentido de público a los servicios “públicos”.

Así fue cómodamente transformado en un rebelde pintoresco en cuentos como “La ópera del mendigo” e historias ambiguas de Fielding, quien se benefició de la destrucción de Wilde, salió a la palestra y creó la “primera fuerza policial efectiva” y Defoe (incluyendo su ensayo al estilo burlesco de Bastiat Everybody’s Business is Nobody’s Business[3]contra la libre empresa mencionando a Wilde) que observó que si él era un criminal, entonces los había mucho mayores en el gobierno y sus regulaciones.

En el siglo XIX, Ainsworth, echó más leña al fuego, redibujó a Wilde como una comadreja en Jack Sheppard e incluso el Profesor Moriarty de Sherlock Holmes y la obra y canción Mack the Knife están basadas en él.

¿Y hoy? Que Wilde no espere ninguna ayuda de los pseudointelectuales que creen que toda la historia es fácilmente explicable como una conspiración de patriarcas, racistas y antisemitas por el estilo oponiéndose al progreso del iluminado gobierno colectivo con alocadas ideas sobre la libertad, la objetividad y la atención seria a los hechos, y que no sólo ciencia social sino también el arte ha de avanzar de este modo. Así, actualmente, y como era predecible, el Conspiracy Paper de Liss extrae la moraleja de que Wilde muestra lo que pasa en ausencia de una fuerza policial, “la algo vaga noción de libertad”, el patriarcado, y lleva sus asuntos judaicos más allá de “la muy estúpida idea de que la ficción histórica debe ser seria”.

Así, ciertamente, la literatura es testigo del robo... de la historia.

Un tipo distinto de pionero

¿Porque deberíamos sorprendernos?

Juana de Arco salvó a Francia y fue condenada por traición. Galileo fue un gran científico y fue acusado de confundir al público y llevarlos a la ignorancia. La ciencia médica está repleta de grandes descubridores encarcelados ser por farsantes.

Los primeros defensores de la libre empresa fueron quemados en la hoguera en la Plaza Mayor de Madrid por la Inquisición. Se enseña la historia no como la crónica de los innovadores sino de los grandes ladrones gobernando países mostrándolos como si fuesen hombres nobles. Incluso este mes, un tal Peter Thiel va más allá de todos los conceptos de servicios postales del gobierno y crea Paypal y, en vez de darle una medalla, se le desprecia por ser “meramente” un capitalista ladrón y se le persigue indirectamente bajo una ridícula ley antiterrorista. Los verdaderos pioneros de las alternativas gubernamentales fueron y son incomprendidos y enterrados en medias verdades como los primeros usuarios de la penicilina fueron quemados como brujas, a la espera de su Will Durant.

¿Acaso fue único el caso Wilde? No. La expropiación de Wilde, desde sus esfuerzos hasta su memoria, no fue única en su momento. Si bien es típico que las fuentes actuales atribuyan el servicio postal a los servicios militares de todo el mundo desde el faraón Necho hasta varios duques chinos, la verdad es que el primer sistema genuino fue una empresa privada por el prácticamente desconocido William Dockwra.

Unos pocos años antes de Wilde, él desarrolló un servicio competitivo junto al trasto viejo del servicio general y creó, en un breve periodo, cada una de las innovaciones que hoy damos por descontadas: oficinas locales, buzones, prepago y entrega urgente… por un penique. Eso sucedió en la época en que, gracias a los métodos del gobierno, uno podía enviar una carta a Holanda, pero no de Londres a Londres.

Después de un periodo de confusión, el gobierno reaccionó viciosamente. Declaró que Dockwra había violado un monopolio de servicios que jamás ofreció, fue juzgado y el gobierno se apoderó de su organización que, por aquel entonces, en una ciudad era mucho mayor que todo el sistema estatal del reino. Cuando más estudiamos el pasado, más vemos el presente: una motivación consistió en que con el servicio de correos en manos privadas, la censura y el espionaje resultaban muy difíciles.

Hubo un tiempo en que mucho del correo en los Estados Unidos era entregado por servicios privados; en un proceso similar, fueron asfixiados por los burócratas del gobierno jaleados por una sección de científicos sociales que afirmaban que tales “monopolios naturales” sólo los podía gestionar el gobierno.

Esta tendencia, bajo la influencia de las ideas liberales y la creación del correo electrónico y de servicios tales como Federal Express ha empezado a revertir; y varios de los pioneros de los servicios de entrega en 24 horas se definían como liberales.

De hecho, se ha señalado que el servicio público de correos y los monopolios públicos parecen caras de la moneda menos eficientes e incompletas. Uno ve por qué cuando mira a los servicios sin parangón que ofrecía Dockwra: no sólo ofrecía servicio puerta a puerta como la Federal Express, ¡sino que esto lo hacía mediante rutas que entregaban y recogían correo diez veces al día! Existían nada menos que quinientas oficinas (y el número crecía) en la ciudad de Londres, muchas más de las que hay hoy en una ciudad de ese tamaño.

Revelando su verdadera motivación, el gobierno no sólo prohibió su negocio, sino que lo expropió, apoderándose de las oficinas que no había construido durante siglos de monopolio pero que Dockwra sí había construido en cuestión de meses[4].

Al pertenecer a la pequeña aristocracia, no sufrió el horrendo destino de Wilde pero, si bien el clamor popular le valió un empleo remunerado con pensión, cuando el asunto se hubo calmado fue acusado de nuevo, como sucedió con Wilde, de lo opuesto a la verdad: de mala gestión. Lo perdió todo. No fue hasta el último siglo que algunas entregas consiguieron ser tan eficientes; dice la Enciclopedia Británica de 194 de un servicio extinto desde hacía casi trescientos años:

“Esta empresa realmente destacable dotó a Londres de un servicio postal que, en algunos sentidos, jamás ha sido igualado ni antes ni después.”

Las fuentes suelen ignorar o distorsionar su existencia. Incluso la arquitectura civil perpetua la censura: uno va a la Oficina Central de Correos de Nueva Cork y ve cincelado en magnifico esplendor sobre el edificio colosal la famosa cita de Heterodoxo sobre los mensajeros que realizaban sus entregas a pesar del mal tiempo y de la oscuridad de la noche; no que después de trescientos años, el Monopolio de Correos de los Estados Unidos sigue sin poder entregar el correo de forma tan barata, rápida y agradable como el hombre que sus antecesores institucionales borraron de la existencia y cuyo monopolio ellos usaron para encarcelar a cualquiera que se atreviese a reintroducir la idea de que el monopolio público es una pía estafa, un fraude.

Y sin embargo, la gente, como este comentario titulado Can we trust e-envoy? del jefe de TeleWest, David Docherty, que cuestiona el actual sistema se encuentran como se expande su conocimiento y como sus suposiciones dan un giro radical cuando aprenden un poco de Dockwra. “¿Acaso has oído hablar siquiera de Dockwra?” empieza preguntándose, cual Schliemann desvelando la increíble y desconcertante verdad de que Troya realmente existió, de que todo lo que a él, un líder de nuestra sociedad, le enseñaron sobre el asunto es de repente obviamente falso y a duras penas puede darse cuenta de ello.

Wilde y Dockwra, como el César, aunque muertos e injustamente vilipendiados, seguís siendo grandes. Así nació la actual era de la policía pública y de los “servicios” urbanos: culminando en el asesinato de Jonathan Wilde para justificar las fuerzas policiales del gobierno, la captura y la destrucción en el olvido de sus innovaciones (excepto en las tradiciones familiares de aquellos que le conocieron y le entendieron, muchos de los cuales fueron criminales transportados a América por los mismos jueces y quienes, a su vez, influyeron con esa actitud a sus hijos, los revolucionarios de la Guerra de la Independencia Americana, sobre el gobierno contra la policía de la comunidad); y la difamación de que, a juzgar por el sitio web de la Old bailey, continúa a día de hoy.

Incluso por implicación en los sitios web políticos, como el laborista, piden “más policía” así como más profesores (incluso cuando el gobierno lanza una Yihad contra las innovadoras escuelas privadas de bajo coste tales como Summerhill) y más enfermeras (ocasionado, según los consejeros de sanidad con los que he hablado en el Reino Unido, por la brillante decisión del gobierno de reducir las enfermeras o agobiarlas con tanto trabajo que renuncien pronto a él para así poder justificar los crecientes salarios de los doctores mientras se “reducen costes” con sus tareas expandidas y, en adelante, así será en los Estados Unidos).

¿Equivale más policía a menos crimen? ¿Acaso más células blancas significan más salud, o que un cáncer de la sangre ha colapsado el sistema?

Una nueva erudición liberal

Murray Rothbard afirmó que el liberalismo es, en último término, una ciencia interdisciplinaria. Conviene tomárselo en serio.

En cierta ocasión, Ayn Rand incorrectamente afirmó que un sistema liberal significaría que las fuerzas policiales se exterminarían unas a otras. Se quedó bastante sorprendida cuando le hice notar que lejos de ser una objeción, crear paz entre los puntos de vista enfrentados es el problema que esta llamada a solucionar la filosofía política, donde todas las teorías políticas no terminan sino empiezan, y un método voluntario es el único camino seguro.

Es más, existían precedentes históricos referentes a fuerzas policiales enfrentadas en la misma calle donde ella vivía, a saber: fuerzas públicas compitiendo entre sí y las revueltas entre las fuerzas policiales politizadas de Nueva York en tiempos de la Guerra de Secesión (un hecho relativamente desconocido incluso entre liberales, pero ahora llevado a la gran pantalla por Scorcese en Gangs of New York).

Esto es peor. La verdad es que es asunto del gobierno el exterminar la libertad de la gente para crear servicios alternativos bajo una common law. Este Ur-crimen de la policía pública y servicios urbanos es tan fundamental que, sigue en nuestros días en la distorsión de los hechos. Debe seguir siendo negada y trivializada por el gobierno, los estudiosos y los escritores porque, de ser cierta, la historia desde entonces es falsa.

A pesar de que murió hace tres siglos y su cuerpo fue misteriosamente eliminado, los sitios web del gobierno no escatiman esfuerzos para esconder la memoria de un hombre detrás de quien se alza la verdad de que hubo un tiempo en que la policía no era una función del gobierno sino una organización voluntaria de ciudadanos, que evolucionaba en saltos cuánticos y naturales hacia una organización para protegerse de aquel.

El hecho es que estos precursores liberales son como manchas en los libros de historia y están siendo ahogados por doquier a nuestro alrededor; sólo para reaparecer pues expresan la lógica espontánea de la libertad en la ayuda mutua. La erudición liberal a duras penas ha empezado: incluso cuando una Ayn Rand puede que no comprenda las plenas implicaciones de lo que ella misma está diciendo, así los estudiosos liberales deben aceptar como primer paso de su trabajo que toda la historia que nos han enseñado no es una mera mentira, sino una que está enfocada hacia lo incorrecto y, cual arqueólogos y perspicaces abogados debemos reconstruir y desvelar el eslabón perdido de la ciencia social: un gobierno voluntario, tan reprimido y tan esencial como en las ciencias naturales una vez la investigación anatómica fue un crimen e, incluso hoy, si un doctor se desvía demasiado de los puntos de vista establecidos, puede arruinar su carrera.

La tarea del joven estudioso liberal es la de descubrir estos precursores en cada cultura, e identificarlos y documentarlos a medida que suceden en la actualidad en lo que será una nueva historia y la ciencia social nacerá tras un comienzo fallido como prostituida glorificadora del gobierno coactivo; y sus compinches en la empresa, la universidad, la religión, los sindicatos y en cada clase social.



[1] [N. del T.] El autor usa la expresión americana “Libertarian” y “proto-Libertarian” que he traducido por liberal y proto-liberal. Véase “La nomenclatura liberal”.

[2][N. del T.] Bloody, en inglés británico “maldito”, pero también “sangriento”.

[3][N. del T.] Los asuntos de cada cual no son asunto de nadie.

[4] Para saber más sobre esta triste historia, la fascinante William Dockwra and the Rest of the Undertakers, The Story of the London Penny Post 1680-1682, de T.Todd, publicada por C.J. Cousland and Sons Ltd., Edinburgh, 1952. Así mismo, un investigador liberal sobre el tema: Summers, “The Postal Monopoly”.

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viernes, julio 13, 2007

Hoppe en español!! Y vienen más

Rodrigo Betancur ha traducido tres escritos de HHH:

Además, Betancur está planeando traducir más trabajos de HHH y está ayudando a crear el "Mises Institute Portal in Spanish" (Portal del Instituto Mises en Español). Fantástica notica!!

Vía: Mises Institute.

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sábado, julio 07, 2007

Gerard Casey: La Irlanda sin estado

Se ha publicado la discusión del filósofo Gerard Casey sobre la anarquía de Irlanda: "Reflections on Legal Polycentrism" (PDF 241 KB):

"Irish society in the historic period up to the 17th century constitutes one of the best examples of a functioning anarchic society. Irish law was the product of a body of private and professional jurists (called brithim or brehons) and was flexible and capable of development to response to evolving social conditions. Law was a (largely) family business, enjoying high status. It is important to note that Irish law did not distinguish between what we now distinguish as tort and criminal law, in this respect resembling most systems of customary law that seem to come late, if at all, to this distinction. From the point of view of traditional law, crimes against the person tend to be regarded a special kind of offence against property". Más>>

Vía: Roderick T. Long.

Relacionados:

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13 textos Anarcocapitalistas

  1. The Ego and Its Own, Max Stirner, Otto Wigand, 1844. Traducido del alemán por Steven T. Byington y publicado por Benjamin Tucker in 1907.
  2. Mr. Spooner's Island Community, Edward Stanwood, The Radical Review - Noviembre, 1877.
  3. Anarchist Individualism as Life and Activity, E. Armand (1907). European Individualist Anarchists.
  4. Dear Tucker: The Letters from John Henry Mackay to Benjamin R. Tucker 1905-1933
    (pdf). Editado y traducido por Hubert Kennedy, Peremptory Publications, 2002.
  5. Benjamin Tucker and His Periodical, Liberty (pdf), por Carl Watner, Journal of Libertarian Studies, Vol. 1, No. 4, 1977.
  6. The Radical Libertarian Tradition in Antislavery Thought, Carl Watner, (pdf) Journal of Libertarian Studies, Vol. 3, No. 3, 1979.
  7. Individualist Anarchism v. Communist Anarchism and Libertarianism Part I
    & Part II, Wendy McElroy, Charla transcrita de Individualist Anarchism, 1981.
  8. The Proprietary Theory of Justice in the Libertarian Tradition, Carl Watner, (pdf) Journal of Libertarian Studies, Vol. 6, No. 3/4, 1982.
  9. "Oh, Ye Are For Anarchy!": Consent Theory In the Radical Libertarian Tradition (pdf), Carl Watner, Journal of Libertarian Studies, Vol. 8, No. 1, 1986.
  10. American Anarchism, Wendy McElroy, Charla ofrecida en el Ludwig von Mises Institute, Noviembre 20, 2000.
  11. Egoism and Anarchy, Roderick Long, Strike-The-Root, February 27, 2004.
  12. Gustave de Molinari and the Anti-statist Liberal Tradition: Part 1 , Part 2 , Part 3 (pdf), David M. Hart - Journal of Libertarian Studies, Vol. 5, No. 3 & 4 / Vol. 6, No. 1, 1981/1982.
  13. Rothbardian Ethics, Hans-Hermann Hoppe, Lew Rockwell.com, May 20, 2002.

Vía: Ação Humana.

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sábado, junio 30, 2007

Hoppe. La Justificación Última de la Ética de Propiedad Privada

Dante Bayona sigue traduciendo textos de Hans-Hermann Hoppe. El siguiente texto pertenece al Capítulo 10 de The Economics and Ethics of Private Property, Second Edition (2006). Chapter 10: On the Ultimate Justification of the Ethics of Private Property [PDF en ingles]. Publico la traducción entera. Gracias Dante.

La Justificación Última de la Ética de Propiedad Privada

H.H. Hoppe


Ludwig von Mises, en su obra maestra "La Acción Humana" presenta y explica el cuerpo completo de teoría económica como implicada en, y deducible de, la comprensión conceptual del significado de la acción (además de unos supuestos generales explícitamente introducidos sobre la realidad empírica en la que la acción se realiza). Él llama este conocimiento conceptual el "Axioma de la Acción", y demuestra en qué sentido el significado de acción —valores, fines, medios, elección, preferencia, ganancia, pérdida, y costo— del cual la teoría económica se deduce debe ser considerado como conocimiento a priori: no es derivado de impresiones en nuestros sentidos sino por reflexiones mentales (uno no ve acciones, sino que interpreta ciertos fenómenos como acciones). Más importante, no puede ser invalidado por ninguna experimentación, porque todo intento de hacerlo presupone ya la existencia de acción y la compresión del actor de las categorías de acción (hacer experimentos es, después de todo, una acción intencional en si misma).

Después de reconstruir la Economía como derivada de una proposición a priori verdadera, Mises dice haber alcanzado el fundamento último de la Economía. Él, denominó a este tipo de Economía "Praxeología", La Lógica de La Acción, para enfatizar el hecho de que sus proposiciones —las leyes económicas— pueden definitivamente ser probadas en virtud del indisputable axioma de acción y las igualmente indisputables leyes de razonamiento lógico (como las leyes de identidad y contradicción) completamente independiente de cualquier tipo de prueba empírica (como se emplea, por ejemplo, en Física). Mises, sin embargo, a pesar de que su idea de Praxeología y de la construcción de un cuerpo completo de pensamiento praxeológico —la Economía— se ubica entre los grandes de la tradición occidental de racionalismo y su búsqueda de fundamentos ciertos, no cree que este tipo de proposiciones puedan ser hechas en asuntos éticos. De acuerdo a Mises, no existe justificación última en asuntos éticos en el mismo sentido que existe para proposiciones económicas. La Economía nos puede informar si ciertos medios son apropiados para alcanzar ciertos fines, pero si los fines son justos no puede ser decidido por la Economía u otra ciencia. No hay justificación para elegir esta meta en lugar de esa otra meta. En última instancia, la meta elegida es arbitraria desde un punto de vista científico, un asunto subjetivo, incapaz de justificación alguna más allá del simple hecho de ser del gusto del que la propone.

Muchos libertarios (y ni que decir de los no–libertarios) han seguido a Mises en este punto. Como Mises, ellos han se han rendido a la posibilidad de un fundamento racional de la ética. Por supuesto, como él hace, ellos han hecho todo lo posible en Economía para demostrar que la propiedad privada produce un nivel de vida más alto que cualquier otro sistema. Pero al final, como Mises ciertamente entendía, tales consideraciones pueden sólo convencer a alguien que previamente ha aceptado la meta 'utilitarista' de maximización general del bienestar. Para esos que no comparten esa meta, ellos no pueden convencerlos de nada. Y por tanto, al final del análisis, el liberalismo está basado en nada más que un arbitrario acto de fe (por muy popular que sea).

En el siguiente paper quiero delinear un argumento que demuestra por qué esa proposición es insostenible, y cómo, de hecho, la ética de propiedad privada del Liberalismo —sencialmente lockeana— puede ser últimamente justificada. En efecto, este argumento apoya la posición de derechos naturales del liberalismo como expuesta por el otro gran pensador del moderno movimiento libertario, Murray N. Rothbard —especialmente en su "Ética de la Libertad". Aún así, el argumento que establece la justificación última de la propiedad privada es diferente al que típicamente ofrece la tradición de derechos naturales. En lugar de esta tradición, es Mises, y su idea de Praxeología y pruebas praxeológicas, quien nos provee del modelo.

Quiero demostrar que sólo la ética libertaria de propiedad privada puede ser justificada argumentativamente porque es la pre-suposición praxeológica de argumentación en sí misma; y porque cualquier propuesta ética no libertaria que se desvía puede ser mostrada en violación de la preferencia revelada. Tal tipo de proposiciones pueden ser hechas, por supuesto, pero su contenido proposicional entraría en contradicción con la ética con que uno demuestra preferencia en virtud de su propio comportamiento, esto es, el acto de entrar en argumentación. En la misma forma en que uno puede decir "la gente es y siempre será indiferente para hacer las cosas," porque uno se contradice con el mismo hecho de hacer tal proposición, porque eso de hecho demuestra una preferencia subjetiva (de decir esto en lugar de decir algo diferente o de no decir nada), entonces las propuestas éticas no libertarias son falseadas por la hecho de ser propuestas.

Para alcanzar esa conclusión y para entender correctamente su importancia y fuerza lógica, dos observaciones son esenciales.

Primero, debe notarse que la cuestión de justo o injusto —o de forma más general, el asunto de qué es una proposición válida— sólo aparece porque soy capaz, y el resto también, de intercambiar proposiciones, es decir: soy capaz de argumentar. Tal pregunta no aparece en las piedras o los peces, porque esos seres son incapaces de entrar en tales intercambios proposicionales y más aún, son incapaces de producir ese tipo de proposiciones. Si ése es el caso -y nadie puede negar eso sin entrar en contradicción, de la misma forma que uno no puede argumentar que no puede argumentar- entonces debemos asumir que cualquier propuesta ética, como cualquier otra proposición, debe poder ser validada por medios argumentativos. De hecho, cuando uno piensa y crea proposiciones y/o argumenta externa o internamente, uno demuestra su preferencia por entrar en un debate argumentativo para convencer al resto sobre algo. Y entonces debe ser considerado el fracaso último de una propuesta ética si uno puede demostrar que el contenido de tal propuesta es lógicamente incompatible con lo que hace el que la propone.

Segundo, debe notarse que la argumentación no consiste en proposiciones que flotan libremente, sino que es una forma de acción que requiere el empleo de medios escasos; y además, que los medios que una persona demuestra preferidos al entrar en debate son los medios de propiedad privada. Por eso mismo, nadie podría proponer nada, y nadie podría ser convencido de una proposición por medios argumentativos, si el derecho de una persona de hacer uso exclusivo de su propio cuerpo físico no estuviera pre-supuesto antes. Es el reconocimiento del control exclusivo que cada uno tiene de su propio cuerpo lo que explica el carácter distintivo del intercambio de proposiciones que, aunque uno no concuerde con lo dicho, hace incluso posible acordar por lo menos en el hecho de que hay desacuerdo. Y obvio, también: tal derecho de propiedad sobre el cuerpo de uno mismo debe ser justificado a priori. Para que alguien trate de justificar alguna norma, se ha presupuesto el derecho exclusivo sobre su cuerpo como una norma válida para poder decir "yo propongo esto y esto." Y cualquiera que dispute este derecho, estaría atrapado en una contradicción práctica, porque al argumentar eso implícitamente habría aceptado la norma que está tratando de negar.

Además, sería igualmente imposible mantener una argumentación en el tiempo, y basarse en la fuerza de los argumentos de uno mismo, si uno no estuviera permitido de apropiarse los medios escasos que están cerca de uno mediante una acción de apropiación originaria, es decir de ponerlos en uso antes que el resto los tome. y si tales medios, y los derechos de control exclusivo sobre ellos no estuvieran definidos en términos objetivos y físicos -si nadie tuviera el derecho a controlar algo excepto su propio cuerpo, entonces todos dejaríamos de existir y los problemas de justificar nuestras normas -así como todo los otros problemas humanos- simplemente no existirían. Entonces, en virtud del hecho de estar vivos, los derechos de propiedad sobre las cosas deben ser pre-supuestos como válidos también. Nadie que está vivo podría argumentar lo opuesto.

Y si una persona no adquiriera el derecho de control exclusivo sobre tales bienes por acción de apropiación originaria -estableciendo un vínculo objetivo entre una persona en particular y un recurso escaso en particular antes que alguien más lo haga- sino que, en lugar de eso, se asumiera que los que llegan últimos tienen la propiedad, entonces literalmente nadie estaría permitido de hacer algo con los recursos porque uno tendría que tener el consentimiento de todos los últimos en llegar antes de utilizar los recursos. Ninguno de nosotros, o nuestros abuelos o nuestros hijos, podríamos, hubieran podido o podrían, sobrevivir si alguien siguiera esta regla. Pero para que una persona -en el pasado, presente o futuro- pueda argumentar algo debe ser posible sobrevivir antes y ahora. Para hacer justicia, estos derechos de propiedad no pueden ser considerados sin referencia al tiempo, y tampoco pueden estar referidos a un número no específico de personas. Al contrario, deben necesariamente ser considerados como originados a través de acciones en puntos específicos del tiempo por individuos específicos que actúan. De otra forma, sería imposible para alguien decir primero algo sobre un tiempo específico, y sería imposible para otro responder. Decir, entonces, que la regla del primer-usuario-primer-dueño del liberalismo puede ser ignorada o es injustificada, implica una contradicción, porque la capacidad de uno de poder decir eso presupone la existencia de uno como una unidad independiente de toma de decisiones en un punto específico del tiempo.

Y finalmente, actuar y hacer proposiciones sería imposible si las cosas adquiridas por apropiación originaria no fueran definidas en términos objetivos y físicos (y si correspondientemente, agresión no estuviera definida como una invasión a la integridad física de la propiedad de otra persona), sino que fuera definida en términos de evaluaciones subjetivas. Porque mientras una persona puede tener control sobre si sus acciones causan cambios sobre la integridad física de algo, el control sobre si las acciones de uno afectan el valor de la propiedad de otro depende de las evaluaciones de otra gente. Uno tendría que interrogar y llegar a un acuerdo con la población mundial entera para estar seguro que las acciones planeadas de uno no cambiarán las evaluaciones de otra persona sobre su propiedad. Y ciertamente, todos estarían muertos antes de que esa tarea sea terminada. Además, la idea que el valor de la propiedad debe ser protegida es argumentativamente indefendible: porque incluso para poder argumentar eso, debe pre-suponerse que las acciones deben ser permitidas antes de entrar en un acuerdo real, porque si no fuese así uno ni siquiera podría hacer esa proposición. Pero si uno puede hacerlo, entonces eso es sólo posible por los límites objetivos de la propiedad, es decir las fronteras que cada persona puede reconocer como de su propiedad, sin tener que acordar primero con todo el resto respecto al sistema de valoración y evaluaciones de uno.

Por el hecho de estar vivos y de formular proposiciones, entonces, uno demuestra que cualquier ética excepto la ética libertaria de propiedad privada es inválida. Porque si no fuese así y los últimos en llegar pudieran tener reclamos legítimos sobre las cosas o si las cosas poseídas fuesen definidas en términos subjetivos, nadie podría sobrevivir como una unidad de toma de decisiones físicamente independiente en un punto dado del tiempo, y por tanto nunca nadie podría preguntarse sobre la validez de una proposición.

Esto concluye mi justificación a priori de la ética de la propiedad privada. Unos pocos comentarios sobre un tópico tocado con anterioridad, la relación de esta prueba praxeológica del liberalismo con la posición utilitaria y la de derechos naturales, completará esta discusión.

Con respecto a la posición utilitaria, la prueba praxeológica contiene su refutación última. La prueba demuestra básicamente que para proponer la posición utilitaria, derechos de control exclusivo sobre el cuerpo de uno mismo y los bienes adquiridos con apropiación originaria deben ser pre-supuestos como válidos. Y, de forma más específica, respecto al aspecto consecuencialista de algunos libertarios, la prueba muestra su imposibilidad praxeológica: la asignación de derechos de control exclusivo no puede depender resultado -beneficioso o lo que sea- de ciertas cosas. Uno nunca podría proponer nada, a menos que existieran derechos de propiedad previamente a cualquier resultado. Una ética consecuencialista es praxeológicamente un absurdo. Cualquier ética debe ser "apriorística" e "instantánea" para poder hacer posible que uno pueda actuar aquí y ahora proponiendo esto o aquello, antes que tener que suspender nuestro actuar y esperar hasta después. Nadie que aboga por una ética de espera-por-el-resultado podría estar aquí si esa persona se aferra a su ética. Y dado que los utilitaristas aún están con nosotros, entonces, ellos han demostrado a través de sus acciones que su doctrina consecuencialista es, y debe ser, observada como falsa. Actuar y dar proposiciones requiere derechos de propiedad privada ahora mismo, y no puede esperar a que ellos los asignen después.

Respecto a la posición de derechos naturales, la prueba praxeológica, que también apoya la posibilidad de una ética racional en total acuerdo con las conclusiones alcanzadas por esta tradición (específicamente por M. N. Rothbard), tiene al menos dos ventajas distintivas. La tradición de derechos naturales se ha enredado, e incluso ha apoyado, la idea de que la naturaleza humana es muy difusa para permitir la derivación de un determinado grupo de reglas de conducta. La aproximación praxeológica resuelve este problema al reconocer que no es el amplio concepto de naturaleza humana, sino el estrecho concepto de intercambio de proposiciones y argumentación, lo que debe servir como punto de partida para la derivación de una ética; además, que existe una justificación a priori para elegir este criterio mientras el problema de verdadero o falso, de correcto o incorrecto, no aparezca fuera del intercambio de proposiciones y nadie, entonces, podría retar tal punto de partida sin contradecirse; y finalmente, que es la argumentación la que requiere el reconocimiento de propiedad privada, y que un reto argumentativo a la validez de la ética de la propiedad privada es entonces praxeológicamente imposible.

Segundo, hay una separación entre las afirmaciones sobre "lo que es" y "lo que debería ser" que los seguidores de los derechos naturales, por lo menos de acuerdo a la opinión extensa, no han llegado a superar -excepto por el avance en el análisis de la dicotomía entre hechos-reales y valoraciones-subjetivas. Aquí la prueba praxeológica del liberalismo tiene la ventaja de ofrecer una justificación libre-de-valoraciones-subjetivas de la propiedad privada. La prueba praxeológica se mantiene completamente en el campo de lo-que-es, y por ningún lado trata de derivar lo-que-debería-ser a partir de lo-que-es. La estructura del argumento es la siguiente: a) justificación es justificación por medio de proposiciones [esta es una afirmación del tipo lo-que-es, y es verdadera a priori-antes de empezar cualquier debate, sino no se podría debatir]; b) la argumentación presupone propiedad sobre el cuerpo de uno mismo y el principio de apropiación originaria -[esta es una afirmación del tipo lo-que-es, y es verdadera a priori]; c) entonces, ninguna desviación de esta ética puede ser argumentativamente justificada [esta también es una afirmación del tipo lo-que-es, y es verdadera a priori]. Y la prueba también ofrece una clave para entender la naturaleza de la dicotomía entre hechos-reales y valoraciones-subjetivas: afirmaciones sobre lo-que-debería-ser no pueden ser derivadas de afirmaciones sobre lo-que-es. Ellas pertenecen a diferentes campos lógicos. También se puede reconocer, sin embargo, que uno no puede ni siquiera decir que existen hechos-reales y valoraciones-subjetivas si no hubiera intercambio de proposiciones, y que esta práctica de intercambio de proposiciones entonces, por su parte, presupone la aceptación de la ética de la propiedad privada como válida. El conocimiento y la búsqueda de la verdad como tales tienen un fundamento normativo. Y el fundamento normativo sobre el cual el conocimiento y la verdad restan es el reconocimiento de los derechos de propiedad.

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domingo, junio 24, 2007

Lysander Spooner. Recuperada segunda carta a Thomas F. Bayard

Roderick T. Long anuncia que se ha podido recuperar una segunda carta que Spooner envío al jurista y senador Thomas Bayard. A continuación, paso los enlaces de las dos cartas:

  1. Carta a Thomas F. Bayard.
  2. Segunda carta a Thomas F. Bayard.

En ambas, Spooner recrimina la legitimidad de la constitución y de los políticos con tono duro contra Bayard.

"Sir, that your own 'simplicity' is a little 'sublime', when you tell us that this paper, the constitution, which nobody ever signed, which few people ever read, which the great body of the people never saw, and about whose meaning no two persons ever agreed, is 'the Supreme Law of the Land?'".

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sábado, junio 23, 2007

Hoppe. La Conexión Liberal-Marxista

Dante Bayona envía la traducción de una conferencia realizada por Hans-Hermann Hoppe en el Mises Institute1.

Resumen.

La teoría Liberal-Austriaca y la teoría Marxista coinciden en varias ideas. Ambas son muy críticas del Estado, al que reconocen como agente opresor. Ambas teorías reconocen el imperialismo, y ambas llegan a conclusiones anarquistas. ¿Qué tienen de común ambas teorías? Si la teoría Marxista de Explotación es reemplazada por la teoría Liberal de Propiedad y unos axiomas de Acción Humana, el resultado es una sola teoría.

Lucha de Clases:

Análisis Marxista y Análisis Austriaco

Primero presentaremos una serie de tesis que son el fundamento de la teoría marxista de la historia. Veremos que son en esencia correctas, pero que han sido derivadas de una premisa incorrecta. Luego mostraremos que la teoría libertarian puede dar una explicación correcta de tales tesis.

1. La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases entre una minoría de opresores y una mayoría de explotados. La forma básica de explotación es económica. La clase opresora expropia parte de la producción de los explotados y la usa para sus propios fines.

2. La clase opresora está unificada en su interés común de mantener su posición explotadora y de maximizar su explotación. Nunca ceden a sus intereses voluntariamente sino por conflicto con la clase explotada. La resistencia y lucha de los explotados depende de su toma de conciencia como clase explotada.

3. Las diferencias de clase se manifiestan a través de la asignación de derechos de propiedad [relaciones específicas de producción, en terminología marxista]. Para proteger esas relaciones de producción, los explotadores crean y están a la cabeza del Estado que es un aparato de coerción. El Estado ayuda a mantener las relaciones de clase y asiste en la creación de una superestructura ideológica que mantenga a los explotados dormitados de su conciencia de clase.

4. Internamente, la competencia dentro del Estado tiende a la concentración de poder en cada vez menos manos. Externamente esa concentración lleva a imperialismo, guerras entre Estados y la expansión del territorio explotado.

5. Con su tendencia a la concentración de poder a nivel mundial, la explotación se volverá incompatible con la evolución y mejoramiento de las fuerzas productivas. Las crisis económicas serán cada vez más comunes y crearán las condiciones para la aparición de una conciencia de clase entre los explotados. La situación será propicia para la aparición de una sociedad sin clases, sin Estado, sin explotación del hombre por el hombre y por tanto una situación de prosperidad nunca antes vista.

Todas estas tesis pueden ser justificadas de forma satisfactoria, como mostraré más adelante.

Lamentablemente, el marxismo ha descreditado estas tesis al hacerlas partir de un punto errado: la teoría de la explotación.

La teoría marxista de explotación.

Según Marx, los sistemas pre-capitalistas como el esclavismo y el feudalismo estaban caracterizados por la explotación. Cierto. En ambos sistemas los intereses del explotado y el explotador son antagonistas. El esclavo no puede ganar en un intercambio que no es libre, y por tanto el beneficio del explotador es la pérdida del explotado [un juego de suma cero]. Lo mismo se puede decir del señor feudal que extrae rentas de las tierras que el campesino legítimamente se apropió con su trabajo. Las ganancias del 'lord' son las pérdidas del campesino.

Y es claro que ambos sistemas impedían el desarrollo de mejores formas productivas. El esclavo y el siervo no eran tan productivos como hubieran podido serlo en ausencia de tales sistemas. Si al esclavo le hubieran 'pagado' según su productividad, entonces hubiera trabajado con más ganas.

Pero Marx sigue creyendo que las condiciones no han cambiado en el capitalismo. En el capítulo 24 del Capital —"Sobre la Apropiación Originaria"— Marx da un recuento histórico de cómo el capitalismo emergió a partir de conquistas, robos y asesinatos. De la misma forma, en el capítulo 25, "Sobre la Teoría Moderna del Colonialismo", la invasión del tercer mundo es fuertemente enfatizada. Todo eso es correcto, nadie puede negar la conquista imperialista. Pero no tiene nada que ver una invasión violenta con intercambio voluntario [Capitalismo].

En este punto Marx entra en un juego lógico. A través de recuentos históricos y apelando a la indignación de los lectores frente a la forma en que unas riquezas capitalistas fueron creadas, Marx mueve la discusión en su favor con un tema que no era su tesis básica. Marx no explica el origen de la propiedad 'limpia', es decir, la propiedad que fue adquirida por apropiación originaria cuando un hombre cultivó una tierra antes no poseída por nadie. Marx simplemente describe el robo de propiedad, pero no el origen. No habla de la propiedad que no fue robada a nadie. Según Marx, el hombre que adquirió propiedad limpiamente —porque antes no había sido poseída por nadie— sigue siendo un explotador sin importar que ahora las transacciones sean voluntarias entre hombres libres.

Esto me hace recordar la famosa afirmación de Proudhon de que la propiedad es robo. Eso es una contradicción porque todo robo presupone propiedad.

¿Cuáles son las 'pruebas' que Marx presenta para demostrar que el capitalista sigue siendo un explotador? [Y Marx consideraba esto su mayor aporte al análisis económico].

Su prueba de esto es que el salario es menor que el precio de venta del producto. Por ejemplo, si el obrero crea valor trabajando por 5 días, sólo recibe el valor de tres días de trabajo. El resto del valor creado -la plusvalía- es apropiado por el capitalista, luego —según Marx— se prueba que hay explotación. Esa explicación es incorrecta.

¿Qué está mal en ese análisis?

La respuesta es clara cuando uno se pregunta: ¿por qué el obrero acepta tal oferta?

Para esta sección necesitamos los conceptos básicos de Acción Humana desarrollados por los austriacos:

La acción humana y las categorías de acción.

Hay una característica que todos tenemos en común, y esa es la característica que nos hace hombres.

El hombre es el ser que puede comparar su situación actual con una situación futura más deseada, y que dado esto, el hombre es capaz de distinguir entre los medios disponibles que tiene que le permitirían alcanzar tales fines. El hombre no puede dejar de 'imaginar' mejores situaciones, el hombre no puede dejar de actuar.

Esta proposición de Acción Humana no puede ser demostrada falsa, porque el mismo intento de querer demostrarla falsa implica el uso de tales facultades. Si un filósofo quiere probar que el hombre no actúa, sólo por el simple hecho de querer demostrar eso, el filósofo está demostrando que él, como hombre, actúa por sus propios motivos [de alcanzar una situación mejor, de demostrar que él está en lo correcto].

Según los austriacos, siguiendo a Mises, ése es el fundamento de las ciencias sociales. Las leyes de economía pueden derivarse lógicamente de ese axioma. La Economía es una ciencia cómo la lógica, que parte de verdades axiomáticas.

Y los mismos axiomas de Acción Humana nos permiten hacer el análisis Lucha de Clases.

Basados en ese axioma de Acción con motivos, podemos derivar otras conclusiones.

Como ya hemos mencionado, el hombre no puede dejar de actuar. Y a esto se suman motivos biológicos. El hombre no puede dejar de alimentarse por varios días. El hombre, desde el momento que bajó del árbol, nunca ha dejado de imaginar mejores situaciones para él.

El 'interés'.

El interés es una categoría de acción humana.

Cuando el hombre actúa, el hombre no sólo demuestra que busca una situación mejor, además demuestra que prefiere más a menos. El hombre siempre quiere más de eso que considera bienes; no puede pedir lo opuesto. Pero, muy importante, también debe considerar cuándo alcanzará esa situación más deseada. Imaginemos un hombre que vive sólo de recolector de frutas y bebiendo agua de un río que queda lejos de su casa. Tal hombre se da cuenta que puede desviar el río para que llegue cerca de su casa. Y el hombre decide iniciar sus tareas de ingeniería para desviar el río. El hombre tiene dos alternativas:

1- Si deja de recolectar frutas y dedica todo su tiempo a desviar el río, entonces puede terminar su proyecto en un mes, y

2- Si recolecta una cantidad mínima de frutas para mantenerse vivo, y emplea todo el tiempo restante el desviar el río, entonces terminará su proyecto en 3 meses.

El hombre prefiere más a menos, cierto. Pero el hombre está restringido por su consumo para mantenerse vivo. Si el hombre no respetara este último asunto y sólo prefiriera más a menos [más bienes a menos bienes], entonces eso significaría que el hombre dejaría de comer un mes completo, y eso es imposible. La primera alternativa es inviable [el modelo se puede completar con la introducción del 'ahorro', pero es básicamente lo mismo].

Entonces, dado que el hombre no puede dejar de consumir, sólo estará dispuesto a renunciar a parte de ese consumo presente cuando pueda recibir algo más en el futuro.

Nadie que tiene la comida contada dejaría de comer un pan hoy para recibir un pan dentro de un mes. Y así aparece la categoría de interés. Es una característica propia de la acción humana. El hombre no puede dejar de pedir interés, el hombre no puede de dejar de pensar en el futuro, no puede de imaginar situaciones beneficiosas para él.

El ejemplo que hemos planteado anteriormente es un ejemplo del tipo 'Robinson Crusoe', es decir, es un ejemplo de un hombre solo, sin sociedad. Y por tanto al no existir otro ser humano cerca, nuestro Robinson Crusoe no puede estar explotando a nadie. De la misma forma hemos demostrado que 'el interés' es una característica natural del hombre, incluso sin sociedad.

La tasa de interés es positiva para todos los hombres.

Si el hombre no quisiera producir para el futuro y quisiera consumir todo hoy, entonces la tasa de interés sería muy alta porque nadie estaría dispuesto a renunciar a su consumo presente.

En sociedades con mucho ahorro, las tasas de interés tienden a ser más bajas que en sociedades primitivas donde la gente a penas tiene para consumir en el presente.

La diferencia en el precio de venta de un producto y el costo de los factores para producirlo siempre será —y tiene que ser— positiva dada la preferencia de consumo en el tiempo.

Si el empresario no estuviera seguro de que puede recibir algo más en el futuro, simplemente no produciría nada.

De la misma forma, el obrero sabe que puede recibir más bienes en el futuro, pero lo que le interesan son los bienes en el presente.

El hombre tiene necesariamente que decidir cuánto consume hoy, y cuánto en el futuro —el hombre no puede dejar de actuar.

¿Por qué el obrero decide intercambiar?

El obrero, como el resto de hombres, decide intercambiar porque a través del intercambio mejora su situación.

Si tengo sed, y el vendedor de la esquina me ofrece una Coca-Cola por medio dólar, al comprar la Coca-Cola demuestro que saciar mi sed vale más para mí que el medio dólar. Mientras que para el vendedor mi medio dólar vale más que la Coca-Cola, que obviamente le costó menos de medio dólar. Al final ambas partes han ganado porque ambas partes han obtenido más por algo que valoraban menos. Si no hubiera beneficio para ambas partes el intercambio voluntario sería imposible. A partir de este ejemplo podemos observar también que 'el valor' se crea en la cabeza de los individuos.

¿Y por qué el obrero acepta intercambiar su salario —una cantidad menor de bienes- por una cantidad mayor de bienes— el fruto completo de su trabajo?

Por el tiempo que tardarán en llegar los bienes futuros.

Si el obrero quiere recibir el fruto completo de su trabajo, entonces necesita esperar más tiempo ya que al no aceptar el empleo, el obrero puede dedicarse a producir para él mismo. Y al final no recibiría tres días de paga salarial, sino que recibiría los cinco días de valor que le corresponde. Pero tiene que esperar más.

El obrero acepta porque el salario que recibe representa bienes de consumo presente, mientras que su trabajo representa bienes de consumo futuro.

¿Por qué el capitalista decide entrar en negociaciones con el obrero?

¿Por qué el capitalista está dispuesto a adelantar pagos salariales por un producto que estará listo mucho después?

Obviamente el capitalista, no pagaría $100 hoy para recibir los mismos $100 luego de un año. En ese caso sería mejor no entrar en negociaciones con nadie y tener absoluto control sobre los $100. El capitalista espera recibir más dinero en el futuro.

¿Por qué el capitalista no contrata más obreros si por cada obrero puede obtener más plata en el futuro? Porque el capitalista tiene que consumir hoy [el capitalista también está sujeto al interés]. El capitalista también es un consumidor y no puede dejar de serlo. Su inversión está restringida por su consumo. Su inversión está restringida por la cantidad de consumo que él considera necesario mientras dure el proceso productivo. Ese consumo presente es más valorado que todo el futuro valor de la producción.

Lo que está mal en la teoría de Marx es que el no comprende el axioma de "preferencia intertemporal" como una categoría básica de acción humana.

Que el obrero no reciba el valor completo de su trabajo no tiene nada que ver con explotación sino que es un reflejo de su preferencia intertemporal, la idea de que es imposible para el hombre recibir la misma cantidad de un bien hoy y dentro de 3 años a menos que esté descontada por un valor.

Es imposible para el hombre intercambiar bienes presentes y bienes futuros al mismo valor, sino que tiene que descontarlos.

Contrario a lo que ocurre en esclavitud donde el esclavista se beneficia a expensas del esclavo, la relación entre el capitalista y el empleado es mutuamente beneficiosa. El empleado entra al cuerdo porque, dada su preferencia de tiempo, él prefiere un monto menor de bienes hoy frente a un monto mayor de bienes en el futuro. Y el capitalista entra en el acuerdo porque, dada su preferencia intertemporal, él tiene una preferencia intertemporal en reversa y valora un mayor monto de bienes en el futuro más que una menor cantidad de bienes en el futuro. Los intereses no son antagonistas sino armoniosos. Si el capitalista no tuviese preferencia intertemporal, el empleado estaría peor, porque tendría que esperar más de lo que está dispuesto a esperar para recibir el fruto de su trabajo. Y si el empleado no tuviese preferencia intertemporal, el capitalista estaría peor porque tendría que recurrir a procesos más largos e ineficientes de producción. Pero con el intercambio ambas partes ganan.

El sistema capitalista no puede considerarse un impedimento para el desarrollo de las fuerzas productivas, como Marx afirma, porque si al empleado no se le permitiera vender su trabajo libremente, y al capitalista no se le permitiera comprar el trabajo, la producción sería menor porque la producción tendría que ser llevada a cabo con menores niveles de acumulación de capital.

De la misma forma, si el capitalista no tuviese control exclusivo sobre propiedad, y esta fuese propiedad colectiva, el empresario no esperaría que la producción al final del periodo sea mayor, sino que podría ser menor. Esto haría que la tasa de interés sea muy alta, porque nadie quiere ahorrar, y que la sociedad produzca con menores niveles de capital, y eso llevaría al empobrecimiento.

Ahora pasaremos a describir la correcta teoría Autro-Misesian-Rothbardian de 'explotación', y veremos cómo las tesis marxistas toman forma y sentido cuando parten de esta teoría.

Luego veremos las afinidades intelectuales entre la teoría marxista y la austriaca, partiendo de la convención común de que existe tal cosa como explotación y clase dominante.

El punto de partida de la teoría austriaca de explotación es clara y simple, como debe ser.

Y ya la hemos mencionado implícitamente en nuestro previo análisis marxista de clases.

Explotación caracterizaba la relación entre esclavo y esclavista, y entre el siervo y el señor feudal. Pero explotación no hay en un capitalismo 'limpio'.

La diferencia básica aquí es el reconocimiento del principio de apropiación originaria:

El campesino en el sistema feudal es explotado
porque no tiene control exclusivo sobre la tierra de la que él se apropio legítimamente. De la misma forma el esclavo es explotado porque no tiene control exclusivo sobre su cuerpo. Las ganancias del esclavista son las pérdidas del esclavo —un juego de suma cero. Pero si al contrario, cada uno tiene control sobre su propio cuerpo, si cada uno es un trabajador libre, y todos actúan respetando el principio de apropiación originaria, respetando las reglas de propiedad, entonces no puede haber explotación. Es lógicamente absurdo que una persona que se apropió de bienes antes no poseídos por nadie y que emplea tales bienes en la producción de más bienes está explotando a alguien. Crusoe no explota a nadie. Nada ha sido tomado de alguien en ese proceso y al contrario, más bienes han sido creados.

Y sería igualmente ilógico argumentar que en un acuerdo voluntario entre propietarios hay explotación.

Explotación sólo existe con cualquier desviación del principio de apropiación originaria.

Hay explotación cuando una persona reclama —y logra— control sobre recursos de los que no es dueño originario, que no ha producido o que no ha intercambiado voluntariamente con el anterior dueño del recurso.

Explotación es la expropiación de los bienes de los dueños originarios por unos que llegan después que no son dueños originarios, que no son los productores o que no tienen un contrato con ellos.

Explotación es la expropiación de bienes de gente que se apropió de ellos legítimamente a través de su fuerza de trabajo por gente que simplemente 'reclama' propiedad basados palabras.

Explotación en este sentido es de hecho una parte integral de la historia humana.

Uno puede adquirir propiedad intercambiando voluntariamente, o robando. Ambos métodos son conocidos por toda la humanidad. Siempre han existido ladrones. Y de la misma forma que los empresarios pueden hacer compañías grandes para el intercambio voluntario de bienes, los explotadores ladrones también pueden crear compañías inmensas para explotar al resto: los gobiernos y los Estados.

La clase dominante es parte de esa compañía explotadora. Esa clase explotadora se adueña de un territorio y empieza a explotar a los que viven en ella.

La historia humana es de hecho la historia del conflicto entre los explotados y los explotadores. La historia es, correctamente entendida, la historia de las victorias y derrotas de los explotadores en sus ansias de maximizar su explotación, y las victorias y derrotas de los explotados en sus intentos de invertir esas tendencias. Es en esta interpretación de la historia que los austriacos y los marxistas están de acuerdo. Y hay un notable parecido intelectual entre las investigaciones históricas austriacas y marxistas. Para ambas escuelas la historia debe ser entendida en términos de libertad y explotación, parasitismo y empobrecimiento, propiedad privada y su destrucción. De otra forma la historia como ciencia es falsa. La historia no puede ser estudiada de forma 'neutral' sino que se necesitan juicios de valor.

Mientras las empresas productoras aparecen y desaparecen porque la sociedad así lo pide, la clase dominante nunca aparece porque la gente pide alguien que los domine, y tampoco desaparecen a pesar de que la gente les pide que desaparezcan.

Nadie puede decir que los dueños originarios y los contratistas piden ser explotados. Ellos deben ser forzados a aceptarlo.

La clase dominante adquiere su ingreso mediante transacciones no voluntarias y por eso no puede desaparecer con boicots que los consumidores puedan organizar, como sí desaparecerían las empresas productoras de bienes. Lo único que puede hacerla desaparecer es la masiva opinión pública, o en términos marxistas "la conciencia de clase".

Un explotador crea víctimas, y las víctimas son enemigos en potencia.

Es posible que los explotadores logren dominar por fuerza a los explotados cuando numéricamente son similares. Pero se necesita más que fuerza física cuando hay que dominar poblaciones que son miles de veces más grandes que la clase dominante. Se necesitan 'ideas'. Se necesita que los explotados acepten la explotación como legítima. Los explotados pueden ponerse del lado de los explotadores o ser pasivos frente a los abusos. Y de esta forma la mayoría deja de resistir la explotación. Mientras esa situación se mantenga, entonces habrá explotación.

Sólo cuando los explotados tomen conciencia de su situación y se unan con los otros miembros de la misma clase explotada a través de un movimiento ideológico, la situación será revertida.

Sólo cuando la mayoría de los explotados sean integrados y entren en oposición contra la clase explotadora ladrona, la explotación terminará.

El crecimiento capitalista anti-feudalista en Europa y Norte-América fue el resultado de una expansión ideológica del individualismo en la clase explotada. En esto, marxistas y austrians están de acuerdo.

Pero el incremento en explotación de los últimos 100 años —y en esto marxistas y austrians desacuerdan— fue debido a una pérdida de conciencia de clase. Y en este sentido, los marxistas deben ser culpados por esta pérdida de conciencia de clase por haber redireccionado equivocadamente a los explotados de la explicación correcta de la explotación.

La Clase Dominante y la Constitución.

La clase dominante protege su posición de clase explotadora con la creación de una Constitución que protege su funcionamiento. Por un lado, formalizando el funcionamiento de la clase explotadora sobre la clase explotada —"el presidente manda sobre todos los ciudadanos", la constitución crea cierto tipo de estabilidad legal. Las leyes privadas más comunes que todos respetan son incorporadas en esas constituciones para que la opinión pública acepte la Constitución. Por otro lado, la constitución libra a la clase dominante de seguir el principio de apropiación originaria y le da status legal para adquirir propiedad de forma no-voluntaria. Y finalmente terminan superponiendo la ley pública sobre la ley privada.

No es, como Marx afirma, que el reconocimiento de la propiedad privada en las constituciones crea una justicia diferente para la clase dominante. Sino que la justicia 'especial' para la clase dominante es creada cuando se crea una ley pública que destruye las reglas de la propiedad privada.

El Estado no es explotador porque protege la propiedad privada, sino porque el Estado está exento [queda libre] de cumplir la reglas de la propiedad privada. Pero Marx interpreta correctamente al Estado como explotador. A diferencia de la Escuela Política de Public Choice [J. Buchanan] que cree que el Estado es como una firma cualquiera que produce bienes. Marx reconoce claramente las tendencias redistributivas del Estado.

La clase dominante siempre está interesada en que los explotados no tengan conciencia de clase. Y las políticas redistributivas son los instrumentos que usan la clase dominante para dividir a los explotados. Los ciudadanos pelean unos contra otros, en vez de luchar contra el Estado.

La clase explotadora redistribuye también el poder a través de la democracia, dándole a todo el mundo el derecho de 'participar' o votar por los empleados públicos, y de esa forma debilita la resistencia de los explotados. El Estado les promete ser partícipes del botín.

El Estado es también, como Marx reconoce, el centro ideológico de propaganda y mistificación. El Estado nos enseña que explotación es libertad, que los impuestos son 'contribuciones voluntarias', que constituciones no-firmadas son acuerdos 'implícitos', que nadie es gobernado sino que 'todos nos gobernamos a nosotros mismos', que sin el Estado nadie tendría seguridad y los pobres morirían, etc. todo eso es parte de la super-estructura ideológica creada para legitimizar a la clase dominante.

Y finalmente, los marxistas también están en lo correcto cuando notan la clara asociación entre el Estado y ciertas élites empresariales, especialmente la élite bancaria, pero su explicación es errada. No es que los burgueses apoyan al Estado para que les proteja sus derechos de propiedad, sino que las empresas quieren ser parte del gobierno para participar de la ley pública que les garantice un monopolio. La clase dominante está interesada en los bancos por su poder financiero. Como clase dominante, el Estado siempre está interesado en poder para falsificar dinero —crear dinero de la nada, crear dinero sin valor. Y ofreciendo a los bancos ser partícipes de las ganancias por falsificación de dinero —permitiéndoles emitir dinero sobre el falso dinero creado por el Estado con un sistema de reserva fraccionaria— el Estado logra tener dominio sobre el monopolio del dinero.

Conflictos entre diferentes clases dominantes, entre diferentes Estados, tiene una tendencia hacia la concentración, guerra e imperialismo. Sin embargo la errada teoría de explotación marxista encuentra la explicación en el lugar equivocado. Marx ve esa tendencia como natural en el sistema capitalista.

Pero como explica Rothbard, la idea de que el capitalismo lleva al monopolio no es correcta. Todo y así, imaginemos que esa idea es correcta, imaginemos que un grupo de hombres ricos se hacen dueños de todas las empresas. Todas las empresas en manos de los ricos. Eso implicaría la posesión de todos los recursos, integración vertical y horizontal completa. Si eso ocurriera, ese monopolio sufriría la misma falla del comunismo [el único caso histórico de monopolio y monopsonio]: imposibilidad de cálculo económico. La empresa sufriría inmensas pérdidas y tendría que desmembrarse. "Un gran monopolio" es inestable.

La explicación correcta del la concentración de explotadores es que la explotación estatal requiere un monopolio territorial y la competencia entre explotadores ladrones es eliminativa —un juego de suma cero. Los poderes del Estado se concentran cada vez más. En el caso norteamericano, por ejemplo, el Estado Federal destruyó la soberanía de los Estados individuales en la guerra civil. Y con la creación de los bancos centrales, los Estados lograron intervenir todo el sistema productivo de las naciones.

Por su naturaleza explotadora, los Estados tienen intereses contrarios entre ellos. Y dado que pueden hacer que los ciudadanos paguen por las guerras, los Estados siempre tendrán tendencias hacia la agresión entre ellos. El Marxismo, a diferencia del resto de escuelas, apunta correctamente el punto: hay una tendencia hacia el imperialismo en la historia. Y las Estados más imperialistas son de hecho las naciones más desarrolladas. Sólo los Estados que controlan muchos recursos pueden entrar en guerra. Y por esa misma razón los Estados destruyen la riqueza de los pueblos. Sólo la sociedad civil produce riqueza.

Pero la explicación marxista es errada, es el Estado quien es por naturaleza agresor, no el capitalismo.

Mientras más libre sea la economía, más rico el Estado, y más puede darse el lujo de entrar en guerras. Eso explica porqué los países más ricos, antes Inglaterra y hoy USA, son los más imperialistas. No es porqué la expansión de los mercados requiera explotación, sino porque la clase explotadora quiere extender su robo a otras naciones.

El Estado a través del Banco Central busca un imperialismo monetario, un banco central mundial, para crear dinero falso sobre otras monedas, y de esa forma expropiar recursos de otras naciones. Hoy el dólar como moneda mundial facilita al gobierno norteamericano crear inflación a nivel mundial, y por tanto expropiar riqueza a nivel mundial.

El incremento en la concentración de poder de la clase explotadora, su concentración económica monopólica lleva hacia el estancamiento de la producción e impide el desarrollo de las fuerzas productivas, y por tanto crea las condiciones objetivas para su auto-destrucción y el establecimiento de una sociedad sin clases —sin clase dominante— que será capaz de crear prosperidad económica como nunca antes.

Pero a diferencia de lo que Marx afirma, esto no es resultado de "leyes históricas" —no existen tales leyes—, no es tampoco que exista una tendencia decreciente en las tasas de ganancias con un incremento en la composición orgánica de capital, sino que los monopolios estatales empobrecen a todos. Y con eso el Estado crea su propio fin.

La 'propiedad social' colectiva de los medios productivos es imposible sin la existencia de un Estado que dirija, si asumimos de forma realista que todos los hombres no pensaran lo mismo sobre cómo asignar los recursos productivos, tendrá que aparecer un gobierno.

La abolición de la explotación es el establecimiento de una sociedad donde se respete la propiedad privada, y donde no exista ley pública, esto es: una sociedad Anarco-Capitalista.

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1 Marxist and Austrian Class Analysis (MP3). Es también el Capítulo 4 de la segunda edición de libro de Hoppe "The Economics and Ethics of PrivateProperty".

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martes, abril 10, 2007

Ludwig von Mises. El significado del Laissez Faire

Ludwig von MisesVia ODLV, Organización por la Democracia Liberal en Venezuela.

Ludwig von Mises (1881-1973) fue uno de los principales economistas de libre mercado y campeones del capitalismo del siglo XX. Este es un extracto de su libro Human Action: A Treatise on Economics (Fox Wilkes, 1996).

En la Francia del siglo XVIII la expresión laissez faire, laissez passer era la fórmula mediante la cual algunos de los campeones de la causa de la libertad comprimían su programa. Su objetivo era el establecimiento de una sociedad de mercado sin obstáculos. Con el fin de alcanzar dicho fin, ellos abogaban por la abolición de todas las leyes que prevenían que gente más industriosa y más eficiente superara a competidores menos industriosos y menos eficientes, y que restringían la movilidad de artículos y hombres. Esto era lo que la famosa máxima estaba diseñada a expresar.

En nuestra era de anhelo apasionado por un gobierno omnipotente la fórmula de laissez faire ha sido perturbada. La opinión pública actualmente la considera como una manifestación tanto de depravación moral como de ignorancia absoluta.

A como ve las cosas el intervensionista, la alternativa es "fuerzas automáticas" o "planeamiento deliberado". Resulta obvio, insinúa, que confiar en los procesos automáticos es una total estupidez. Ningún hombre racional puede recomendar seriamente no hacer nada y dejar que las cosas trabajen sin ninguna interferencia por parte de una acción propositiva. Un plan, por el simple hecho de ser una muestra de acción deliberada, es incomparablemente superior a la ausencia de cualquier planificación. Se dice que el laissez faire significa: Dejen que los males perduren, no traten de mejorar la suerte de la humanidad a través de la acción racional.

Esto es una habladuría totalmente falaz. El argumento esgrimido en favor de la planificación es enteramente derivado de una interpretación inadmisible de una metáfora. No tiene otro fundamento que las connotaciones implicadas en el término "automático", sobre el cual existe la costumbre de aplicar en un sentido metafórico para la descripción del proceso del mercado. Automático, dice el Diccionario Conciso de Oxford, significa "inconsciente, poco inteligente, simplemente mecánico". Automático, dice el Diccionario Colegiado de Webster, significa "no estar sujeto al control de la voluntad,... llevado a cabo sin un pensamiento activo y sin una intención o dirección consciente". ¡Qué victoria para el campeón del planeamiento el echar mano a esta carta triunfadora!

La verdad es que la alternativa no está entre el mecanismo muerto o el automatismo rígido por un lado y la planificación deliberada por el otro. La alternativa no radica entre un plan o ningún plan. La cuestión es, ¿quién está planeando? ¿Debería cada miembro de la sociedad planear por sí mismo, o debería un gobierno benevolente planear por sí solo para el resto de la sociedad? La cuestión no es automatismo versus acción deliberada; es la acción autónoma de cada individuo versus la acción exclusiva del gobierno. Es libertad versus omnipotencia gubernamental.

El laissez faire no significa: Dejen que operen las desalmadas fuerzas mecánicas. Significa: Dejen que cada individuo escoja cómo quiere cooperar en la división social del trabajo; dejen que los consumidores determinen cuáles empresarios deberían producir. Planificación significa: dejen que únicamente el gobierno escoja e imponga sus reglas a través del aparato de coerción y compulsión.

Entonces, por ejemplo, el profesor Harold Laski, antiguo presidente del Partido Laborista británico, determinaría como el objetivo de la dirección planificada de la inversión "que el uso de los ahorros del inversionista será en vivienda en lugar de cines". Está fuera de discusión si uno está de acuerdo o no con la visión del profesor de que mejores casas son más importantes que las películas. Es un hecho que los consumidores, al gastar parte de su dinero en entradas para cines, han tomado otra decisión. Si las masas de Gran Bretaña, las mismas personas que arrolladoramente pusieron al Partido Laborista en el poder, dejaran de patrocinar las películas y gastaran más en viviendas y apartamentos confortables, los empresarios buscadores de rentas se verían forzados a invertir más en construir casas y apartamentos y menos en la producción de películas caras. El deseo del señor Laski fue el de desafiar los deseos de los consumidores y sustituir la voluntad de éstos por la propia. Él quería abolir la democracia del mercado y establecer el mandato absoluto de un zar de la producción. Quizás él creía estar en lo correcto desde un punto de vista más elevado, y que como un súper hombre él estaba llamado a imponer sus propios juicios sobre las masas de hombres inferiores. Pero entonces debió ser lo suficientemente honesto como para decirlo tan directamente.

Todas estas alabanzas a la supereminencia de la acción gubernamental no son nada más que un pobre disfraz a la auto glorificación intervensionista. El gran Estado bienhechor es un gran dios únicamente porque se espera que haga exclusivamente lo que el defensor individual del intervensionismo quiere que se logre. Solamente es bueno el plan que el planificador individual apruebe completamente. Todos los otros planes son simplemente falsos. Al decir "plan", lo que tiene en mente el autor de un libro sobre los beneficios de la planificación es, por supuesto, su propio plan únicamente. Él no toma en cuenta la posibilidad de que el plan que el gobierno ponga en práctica podría diferir del suyo propio. Los diferentes planificadores están de acuerdo únicamente en su rechazo al laissez faire, es decir, la discreción del individuo a escoger y actuar. Ellos están completamente en desacuerdo en cuanto a la escogencia de un plan único que debe ser adoptado. A cada señalamiento de los defectos manifiestos e irrefutables de las políticas intervensionistas los campeones del intervensionismo reaccionan de la misma forma. Estas fallas, dicen ellos, fueron el resultado del intervensionismo espurio; lo que nosotros proponemos es un buen intervensionismo, no uno malo. Y, por supuesto, el buen intervensionismo es el mismo del profesor.

Laissez faire significa: Dejen que el hombre común escoja y actúe; no lo obliguen a ceder ante un dictador.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

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martes, febrero 27, 2007

“Chaos Theory” de Robert P. Murphy en Online

Una buena noticia, el famoso panfleto (en sentido anglosajón) de Robert Murphy: "Chaos Theory. Two Essays On Market Anarchy" [PDF 699 KB] está en online.

El ensayo trata sobre los temas capitales del Anarcocapitalismo como la justicia o seguridad privada, en todos sus aspectos. No es un libro completo en sí, sino de introducción ya que sólo da una visión de estos temas. Todo y así es muy recomendable.

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sábado, febrero 17, 2007

Proudhon. Absorption of Government by the Economic Organism

Pierre-Joseph ProudhonVia BradSpangler.com veo una publicación online de Pierre-Joseph Proudhon: General Idea of the Revolution in the Nineteenth Century. En ella hay un capítulo llamado Absorption of Government by the Economic Organism donde el conocido autor anarquista habla sobre la evolución de las "funciones básicas" del estado y cómo, desde su punto de vista —bastante simplista—, han ido variando en la historia. A todo esto, hace una recomposición de cómo tendrían que ser en ausencia de autoridad u órgano coercitivo, esto es, sin estado.

A lo largo del ensayo, Proudhon aboga en las secciones pertinentes por la eliminación de la justicia y policía del estado. También es interesante por el estilo del autor, muy característico, y el inconfundible estilo de la época. Recomendable leer también el super-resumen de Spangler, que como siempre, se empeña en hacer hincapié en la diferencia entre Capitalismo y Libre Mercado.

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martes, agosto 29, 2006

"Our Enemy, The State" en online

El Mises Institute ofrece gratuitamente el clásico libro de Albert Jay Nock, Our Enemy, The State [PDF de 936 KB]. Un gran libro que sigue con la tradición del sociólogo alemán Franz Oppenheimer.

ACTUALIZACIÓN.

El instituto también ha puesto a la venta una camiseta con la figura de Nock.

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viernes, mayo 05, 2006

Hazlitt en castellano y en online

Via The Swamp Land Exile veo una entrada de Manuel donde se puede obtener de forma gratuita el conocido libro de Henry Hazlitt, “La Economía En Una Lección”: versión PDF (299 KB) y HTML. Si quereis la versión papel, la podeís comprar en Unión Editorial.

También, pero en inglés, os podéis descargar el famoso libro de Gene Callahan "Economics for Real People" (PDF de 890 KB).

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martes, febrero 14, 2006

Mini curso Austriaco y un texto de Lew Rockwell en castellano

Veo que Juan Fernando Carpio en Liberalismo.org ha traducido un reciente artículo de Llewellyn H. Rockwell, Jr.:

Lo que NO es la Economía

Además, un lector (fais) ha facilitado un enlace de un mini curso sobre la Escuela Austriaca del Pensamiento procedente de Eumed con textos de autores traducidos al castellano.

Que lo disfrutéis!!

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domingo, febrero 05, 2006

Falacias de la teoría de los bienes públicos y la producción de seguridad. Hans-Hermann Hoppe

Ensayo publicado originalmente con el nombre Fallacies of the Public Goods Theory and the Production of Security [PDF original], en el Journal of Libertarian Studies, Vol.9, 1, 1989.

Hans-Hermann Hoppe es uno de los teóricos más originales e importantes de la Escuela Austríaca. Como los grandes miembros de esta corriente de pensamiento, ha hecho contribuciones que van más allá de la teoría económica, y que se extienden a la ética y la historia. Discípulo de Habermas, Hoppe parte de la idea de que el hombre adquiere su naturaleza como ser racional, y la demuestra por medio de la argumentación lógica. Con ello ofrece una prueba de la autopropiedad, de la que partió Murray Rothbard. El autor ha hecho contribuciones en la economía de la propiedad privada, la defensa privada, y la teoría política.

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En 1849, cuando el liberalismo clásico era todavía la ideología predominante y los términos "economista" y "socialista" se consideraban (con razón) antónimos, Gustave de Molinari, prestigioso economista belga, escribió: "Si existe en economía política una verdad bien fundamentada, es ésta: En todos los casos, sean cuales fueren los bienes que satisfacen las necesidades materiales e inmateriales del consumidor, lo que más le conviene a este es que el trabajo y el comercio se desarrollen en libertad, porque esto tiene como consecuencia necesaria y permanente la máxima disminución del precio. Y ésta: Sea cual fuere el bien de que se trate, el interés del consumidor'debe prevalecer siempre por sobre los intereses del productor. La observación de estos prihcipios lleva a esta rigurosa conclusión: Que la producción de seguridad debe someterse a la ley de la libre competencia, en interés de los consumidores de este bien intangible. Por consiguiente: Ningún gobierno tiene el derecho de evitar que otro gobierno entre en competencia con él o de exigir a los consumidores de seguridad que acudan exclusivamente a él en procura de este bien"[1]. Y, con respecto a la totalidad de la argumentación, agrega: "Si esto no es lógico y verdadero, los principios sobre los cuales se basa la ciencia económica carecen de valide."[2]

Aparentemente, sólo hay un modo de rehuir esta desagradable conclusión (así, por lo menos, la consideran todos los socialistas): sostener que existen determinados bienes a los cuales no se aplica este razonamiento general, por ciertas razones especiales. Y esto es lo que han decidido probar los denominados teóricos de los bienes públicos[3]. Sin embargo, demostraré que en realidad no existen bienes ni razones especiales, y que la producción de seguridad no plantea un problema diferente del de la producción de cualquier otro bien o servicio, ya se trate de casas, quesos o seguros. Toda la teoría de los bienes públicos, pese a sus numerosos seguidores, es defectuosa, plagada de razonamientos rimbombantes, incoherencias internas y falsas conclusiones, apela a los prejuicios populares y a las creencias aceptadas y se sirve de ellas, pero no posee ningún mérito científico.[4]

Entonces, ¿qué nos ofrece el camino que los economistas socialistas han hallado para escapar de las conclusiones de Molinari? Desde los tiempos de Molinari, la pregunta de si existen bienes a los que pueden aplicarse distintos análisis económicos ha recibido, con creciente frecuencia, una respuesta afirmativa. En realidad, es casi imposible encontrar un solo texto de economía contemporáneo que no destaque la importancia vital de distinguir entre bienes privados, para los cuales se acepta en general la superioridad del orden de producción capitalista, y bienes públicos, en cuyo caso se la niega.[5] Se afirma que ciertos bienes o servicios —entre los que se cuenta la seguridad— poseen la especial característica de que no están limitados a quienes realmente han pagado por ellos. Por el contrario, pueden disfrutarlos aun las personas que no han participado en su financiación. Se los denomina bienes o servicios públicos, en contraste con los bienes o servicios privados, que benefician exclusivamente a los que los han pagado. Y se aduce que esta característica especial de los bienes públicos es la que determina que los mercados no los produzcan, o por lo menos no en la cantidad o con la calidad suficientes, por lo cual se necesita la acción compensadora del estad.[6]

Los ejemplos que ofrecen diferentes autores acerca de los presuntos bienes públicos varían muchísimo. A menudo clasifican de manera diferente el mismo bien o servicio, lo que hace que ninguna clasificación de un bien particular sea irrefutable; esto prefigura claramente el carácter ilusorio de toda la diferenciación.[7] Hay, sin embargo, algunos ejemplos de bienes públicos que gozan de particular aceptación entre el público, como el cuerpo de bomberos, que al apagar un incendio evitan que la casa del vecino sea alcanzada por el fuego, con lo cual éste se beneficia aunque no haya contribuido en absoluto a financiarlo; o la policía, que patrulla las inmediaciones de mi casa e impide así que los ladrones entren en la de al lado, aunque su dueño no coopera para el mantenimiento de ese servicio; o el ejemplo del faro, uno de los preferidos por los economista,[8] que ayuda al barco a hallar su ruta aunque el dueño de éste no haya aportado nada para su construcción o conservación.

Antes de continuar con la presentación y el examen crítico de la teoría de los bienes públicos, investiguemos hasta qué punto resulta útil la distinción entre bienes privados y públicos para ayudar a decidir cuáles deben ser producidos en forma privada y cuáles por el estado, o con ayuda de éste. Ni siquiera el análisis más superficial podría dejar de señalar que si se utiliza el supuesto criterio de no exclusión, en lugar de encontrar una solución razonable, se originarían grandes dificultades. Por lo menos a primera vista parecería que algunos de los bienes y servicios provistos por el estado podrían calificarse verdaderamente como bienes públicos, pero no se ve con claridad cuántos de ellos, cuya producción está realmente a cargo de aquél, pueden incluirse en esa categoría. Los ferrocarriles, los servicios postales, los teléfonos, las calles y otros por el estilo, parecen ser bienes cuyo uso puede ser limitado a las personas que los financian, por lo cual se manifiestan como bienes privados. Lo mismo puede decirse sobre muchos aspectos de un bien tan polifacético como la "seguridad": cualquier cosa pasible de ser asegurada puede calificarse como un bien privado. Con todo, esto no basta, ya que, así como hay un sinnúmero de bienes provistos por el estado que parecen ser en realidad privados, también existen muchos, producidos en forma privada, que podrían incluirse en la clase de los bienes públicos. Es obvio que mis vecinos pueden disfrutar contemplando los rosales de mi jardín, con lo cual se benefician sin haberme ayudado jamás a cuidarlos. Lo mismo puede decirse de todas las mejoras que yo haya hecho en mi propiedad, que al mismo tiempo han aumentado el valor de las aledañas. La actuación de un músico callejero proporciona placer incluso a aquellos que no depositan una moneda en su gorra. Los pasajeros que viajan conmigo en el ómnibus no me han ayudado a comprar mi desodorante. Y todos aquellos que se relacionan conmigo son beneficiarios de los esfuerzos que he realizado, sin su aporte económico, para convertirme en una persona digna de aprecio. Entonces, todos estos bienes que poseen evidentemente características de bienes públicos —los rosales de mi jardín, las mejoras en mi propiedad, la música callejera, el desodorante, el perfeccionamiento personal—, ¿deben ser provistos por el estado, o con ayuda de éste?

Todos estos ejemplos indican que hay un serio error en la teoría según la cual los bienes públicos no pueden ser producidos en forma privada sino que requieren la intervención del estado. Es obvio que el mercado puede producirlos. Más aun, la evidencia histórica demuestra que todos los denominados bienes públicos cuya producción está ahora a cargo del estado fueron en otros tiempos provistos por la empresa privada, y aún lo son hoy en día en algunos países. Por ejemplo, los servicios postales se financiaban en forma privada prácticamente en todas partes; las calles eran privadas (todavía siguen siéndolo en algunos lugares); hasta los famosos faros fueron antaño fmto de la iniciativa privada;[9] existen fuerzas de policía, detectives y árbitros privados, y tradicionalmente las organizaciones caritativas privadas han velado por los enfermos, los pobres, los ancianos, los huérfanos y las viudas. Por lo tanto, la experiencia desmiente una y cien veces que todas esas cosas no puedan producirse en un sistema de mercado.

Además, surgen otras dificultades cuando se utiliza la distinción entre bienes públicos y privados para decidir qué es lo que se deja librado al mercado. Por ejemplo, ¿qué pasaría si la producción de bienes públicos tuviera consecuencias negativas, y no positivas, para otras personas, o si las consecuencias fueran positivas para algunos y negativas para otros? ¿Qué pasaría si el vecino cuya casa se salvó del fuego por la intervención de los bomberos que yo contribuí a financiar hubiese deseado que se quemara (tal vez porque estaba asegurada en una suma importante); o si mis vecinos detestaran las rosas o los que viajan conmigo en el ómnibus encontraran desagradable el perfume de mi desodorante? Además, los cambios tecnológicos pueden modificar el carácter de un bien determinado. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el desarrollo de la televisión por cable, que ha transformado en privado un bien que antes era (aparentemente) público. Las modificaciones en las leyes que rigen la propiedad —la asignación de la propiedad— pueden tener un efecto similar al cambiar el carácter de un bien público o privado. Por ejemplo, el faro sólo es un bien público en la medida en que el mar en el que se encuentra es de propiedad pública (y no privada). Pero si se permitiera la privatización de algunos sectores del océano, tal como sucedería en un sistema puramente capitalista, sin duda sería posible excluir de los beneficios que proporciona el faro a los que no pagaran por ellos, porque su luz tiene un alcance limitado.

Dejemos este nivel de análisis un tanto superficial y examinemos con más detalle la distinción entre bienes públicos y privados; descubriremos así que resulta ser totalmente ilusoria. La causa fundamental de que haya tanto desacuerdo en cuanto a la clasificación de un bien dado es que no existe una dicotomía inequívoca. Todos los bienes son más o menos privados o públicos, y el grado en que lo son puede cambiar —de hecho, lo hace constantemente— según se van modificando los valores y las evaluaciones de las personas y va cambiando la composición de la población. Para reconocer que los bienes no pueden ser incluidos de una vez y para siempre en una u otra categoría, sólo hay que recordar qué es lo que convierte a una cosa en un bien. Para que lo sea, alguien tiene que considerarlo escaso y tratarlo como tal. Esto significa que una cosa no es un bien en sí misma, sino que sólo lo es para alguien. Únicamente adquiere la condición de bien si una persona la evalúa subjetivamente como tal. De esto se desprende que, si las cosas nunca son bienes en sí mismas —si su condición de bienes económicos no puede determinarse por un análisis fisicoquímico—, es obvio que no existe un criterio invariable para clasificar un bien como privado o público. Los bienes nunca pueden ser una cosa u otra en sí mismos. Su carácter público o privado depende de cuántas o cuán pocas personas los consideren como bienes, y el grado en que son públicos o privados varía a medida que lo hacen las evaluaciones y va desde uno hasta el infinito. Aun aquellas cosas que, al parecer, son absolutamente privadas, como el interior de mi departamento o el color de mis prendas íntimas, pueden convertirse en bienes públicos si despiertan el interés de alguien.[10] Y a la inversa, bienes aparentemente públicos, como la fachada de mi casa o el color de mi overol, pueden llegar a ser muy privados apenas otras personas dejan de interesarse por ellos. Además, las características de un bien pueden cambiar una y otra vez; incluso puede dejar de ser un bien, público o privado, para convertirse en un mal, público o privado, o viceversa; esto sólo depende de cómo cambien las consideraciones acerca de él. Siendo así, no es posible basar ninguna decisión sobre la clasificación de un bien como público o privado.[11] En realidad, para hacerlo sería necesario preguntar virtualmente a cada persona si le interesa o no cada uno de los bienes en particular —en forma positiva o negativa, e incluso hasta qué punto—, para determinar quién se beneficiaría con qué y, en consecuencia, quién participaría en la financiación del bien. (¿Y cómo saber si dicen la verdad?) También sería necesario controlar permanentemente los cambios que se producen en las evaluaciones, con lo cual jamás se podría tomar una decisión definitiva con respecto a la producción de nada, y como resultado de esta teoría sin sentido estaríamos todos muertos desde hace mucho tiempo.[12]

Pero aun si pasáramos por alto todas estas dificultades y admitiéramos, en beneficio del argumento, que la distinción entre bienes públicos y privados es aplicable al agua, aquél no probaría lo que supuestamente debe probar. No proporciona razones concluyentes de por qué los bienes públicos —suponiendo que existan como una categoría separada de bienes— deberían ser producidos en modo alguno, ni de por qué debería producirlos el estado y no la empresa privada. La teoría de los bienes públicos, introduciendo la distinción conceptual referida, dice en esencia esto: El hecho de que los bienes públicos tengan efectos positivos para las personas que no contribuyen en absoluto a producirlos o financiarlos demuestra que dichos bienes son deseables. Pero es evidente que no serían producidos en un mercado libre y competitivo, o por lo menos no en cantidad y calidad suficientes, porque ninguno de los que se beneficiarían con su producción contribuiría económicamente a ella. Por lo tanto, para que sea posible producir esos bienes (que, aunque evidentemente deseables, no serían producidos de otro modo) el estado debe intervenir y prestar su ayuda. Un razonamiento como éste, que puede encontrarse en casi todos los textos de economía (incluso en los de algunos laureados con el premio Nobel)[13], es totalmente erróneo, y lo es en dos aspectos.

En primer lugar, para llegar a la conclusión de que el estado debe proveer bienes públicos que de otro modo no se producirían es preciso introducir una norma de contrabando en la cadena de razonamientos, porque si no, partiendo de la afirmación de que algunos bienes, por ciertas características especiales que poseen, no serían producidos, no podría inferirse jamás que deberían serlo. Pero al introducir esta norma para justificar su conclusión, los teóricos de los bienes públicos han traspasado los límites de la economía como ciencia positiva, wertfei, para entrar en el ámbito de la moral o de la ética; en consecuencia, podría esperarse que enunciaran una teoría de la ética como disciplina cognoscitiva, para legitimar lo que están haciendo y extraer su conclusión de manera justificada. Sin embargo, nunca se podrá destacar lo suficiente el hecho de que en toda la bibliografía existente acerca de los bienes públicos no hay una sola mención de algo que se parezca siquiera vagamente a una teoría cognoscitiva de la ética[14]. Por eso, es necesario aclarar desde el vamos que los teóricos de los bienes públicos están haciendo un mal uso del prestigio que podrían tener como economistas positivos por sus pronunciamientos respecto de temas en los cuales, como sus propios trabajos lo indican, carecen en absoluto de autoridad. ¿Es que, quizá, dieron accidentalmente con algo correcto, sin fundamentarlo en una teoría moral elaborada? Se hace evidente que nada podría estar más lejos de la verdad apenas se pronuncia en forma explícita la norma necesaria para llegar a la conclusión de que el estado debe ayudar a proveer bienes públicos. La norma es ésta: Toda vez que se demuestre de algún modo que la producción de un bien o servicio particular tiene un efecto positivo sobre alguien, pero no se lo puede producir en absoluto, o no se lo puede producir en una cantidad o con una calidad definida a menos que ciertas personas participen en su financiación, está permitido ejercer violencia contra ellas, sea en forma directa o indirectamente con la ayuda del estado, y esas personas deben ser compelidas a compartir las obligaciones financieras necesarias. No hace falta aclarar que la implementación de esta regla conduciría al caos, porque equivale a decir que cualquiera puede atacar a otro cuando le parezca. Más aun, como lo he demostrado en detalle en otro trabajo[15], esta norma nunca puede ser considerada como justa. Este tipo de razonamiento, en realidad todo razonamiento, en favor o en contra de cualquier posición, sea ésta moral o no, sea empírica o lógico–analítica, debe dar por sentado que, a la inversa de lo que dice realmente la norma, queda asegurada la integridad de cada individuo como una unidad físicamente independiente para la toma de decisiones. Sólo se puede afirmar algo, y después llegar a un posible acuerdo o desacuerdo al respecto, si cada uno está libre de agresión física por parte de otro. Por lo tanto, el principio de no agresión es la precondición necesaria para el debate y el posible acuerdo y por eso se lo debe defender racionalmente como una norma justa por medio de un raciocinio a priori.

Pero el razonamiento defectuoso que implica la teoría de los bienes públicos no es la única causa de su fracaso. Incluso el raciocinio utilitario, económico, contenido en el argumento es evidentemente erróneo. Bien podría ser que, como lo sostiene la teoría, fuera mejor tener bienes públicos que no tenerlos, aunque no debemos olvidar que no existe una razón a priori por la cual deba ser necesariamente así (en tal caso, el razonamiento de los teóricos de los bienes públicos terminaría aquí mismo). Es muy posible (en realidad es un hecho comprobado) que existan anarquistas cuyo rechazo por la acción estatal llegue a tal punto que prefieran no tener los denominados bienes públicos a tenerlos provistos por el estado.[16] Sea como fuere, aun si aceptamos el argumento hasta este punto, una cosa es afirmar que los bienes públicos son convenientes y otra muy distinta sostener que, por lo tanto, debe proveerlos el estado; esto no es convincente en absoluto, ya que la elección que se nos plantea no es ésta. En vista de que es preciso retirar dinero u otros recursos de posibles usos alternativos para financiar bienes públicos que supuestamente son convenientes, la única pregunta pertinente y apropiada es si estos usos alternativos que se habrían dado al dinero (es decir, los bienes privados que se habrían podido adquirir pero que ya no es posible comprar porque el dinero se gastó en bienes públicos) son más valiosos —más urgentes— que los bienes públicos. Y la respuesta a esta pregunta es bien clara. Desde el punto de vista del consumidor, por alto que sea el nivel absoluto de los bienes públicos, su valor es relativamente más bajo que el de los bienes privados que compiten con ellos, porque si los consumidores pudieran elegir libremente (en lugar de que se les imponga una alternativa), por supuesto habrían preferido gastar de otro modo su dinero (de lo contrario no habría sido necesario usar la fuerza). Esto demuestra, más allá de toda duda, que los recursos empleados en la provisión de bienes públicos se malgastan, porque lo que se provee a los consumidores es, a lo sumo, bienes y servicios de importancia secundaria. En resumen, aun asumiendo que existiesen bienes públicos claramente distinguibles de los privados, y si se pudiera garantizar la utilidad de determinado bien, los bienes públicos deberían competir con los privados. Existe un solo método para descubrir si son más necesarios —urgentes— o no, y hasta qué punto o, mutatis mutandis, si se los debe producir a expensas de no producir, o producir en menor cantidad, bienes privados más urgentes, y hasta qué punto: permitiendo que todas las cosas sean provistas mediante la libre competencia entre empresas privadas. De ahí que, contrariamente a lo que afirman los teóricos de los bienes públicos, la lógica nos obliga a aceptar la conclusión de que sólo un sistema de mercado libre puede salvaguardar la racionalidad, desde el punto de vista de los consumidores, de la decisión de producir un bien público. Y sólo en un orden puramente capitalista se puede asegurar que la decisión acerca de la cantidad que se debe producir (si es que se debe producir algo) será también racional.[17] Para que el resultado fuese diferente haría falta una revolución semántica de características verdaderamente onvellianas. Los teóricos de los bienes públicos sólo podrían "demostrar" lo que afirman si se interpretara que cuando alguien dice "no", en realidad quiere decir "si", que cuando una persona "no compra una cosa" es porque la prefiere a cualquier otra, que la "violencia" realmente significa "libertad", que "no hacer un contrato" implica "contratar", etcétera"[18]. Pero en este caso, ¿cómo podríamos estar seguros de que realmente quieren decir lo que parecen decir cuando dicen lo que dicen y no quieren significar exactamente lo contrario, o incluso dicen algo que tiene un sentido definido pero no hacen otra cosa que parlotear? El caso es que no podemos saberlo. En consecuencia, M. N. Rothbard está totalmente en lo cierto al hablar de los esfuerzos que hacen los ideólogos de los bienes públicos para probar la existencia de lo que denominan fallas del mercado debido a la falta de producción de bienes públicos, o a una producción cuantitativa o cualitativamente "deficiente" de éstos. Escribe que "un punto de vista como éste interpreta de manera incorrecta la aseveración de la ciencia económica de que la acción del mercado libre es siempre óptima. No lo es desde la perspectiva de la ética personal de un economista, sino desde la de las acciones libres, voluntarias, de todos los participantes, y porque satisface las necesidades libremente expresadas de los consumidores. Por ende, la interferencia gubernamental siempre, y de modo inevitable, alejará esa acción de su punto óptimo".[19]

En realidad, los argumentos con los que se intenta probar las fallas del mercado son claramente absurdos. Si se prescinde de la jerga técnica, lo único que demuestran es esto: un mercado no es perfecto y se caracteriza por regirse por el principio de no agresión impuesto en condiciones signadas por la escasez; de este modo, aquellos bienes o servicios que sólo podrían producirse si la agresión estuviera permitida, simplemente no se producen. Muy cierto. Ningún teórico de la economía de mercado se atrevería a negarlo. Pero, y esto es fundamental, esta "imperfección" del mercado es defendible, tanto en el aspecto moral como en el económico, mientras que las supuestas "perfecciones" de los mercados que preconizan los teóricos de los bienes públicos no lo son.[20] También es cierto que si el estado abandonara la práctica coniente de proveer bienes públicos, se producirían algunos cambios en la estructura social existente y en la distribución de la riqueza, y no hay duda de que esta reorganización acarrearía privaciones a algunas personas. Precisamente a esto se debe la resistencia de gran parte del público a una política de privatización de las funciones estatales, aunque ésta incrementaría la riqueza total a largo plazo. Sin embargo, este hecho sin duda no puede aceptarse como argumento válido para demostrar el fracaso de los mercados. Si a un hombre se le permitía golpear a otros en la cabeza y a partir de cierto momento se le impide hacerlo, lógicamente se sentirá perjudicado, pero esto no puede aceptarse como excusa válida para mantener las antiguas reglas (que lo autorizaban a golpear). Si bien ha sido afectado, esto significa que se ha sustituido un sistema en el que algunos consumidores tienen el derecho de determinar en qué casos a otros no se les permite comprar en forma voluntaria lo que desean con medios legítimamente adquiridos y de los cuales disponen, por otro en el que todos tienen igual derecho a decidir qué bienes se deben producir y en qué cantidad. Por cierto, desde la perspectiva de todos, como consumidores voluntarios, esta sustitución es preferible y beneficiosa.

La fuerza del razonamiento lógico, pues, nos lleva a aceptar la conclusión de Molinari de que, para beneficio de los consumidores, todos los bienes y servicios deben ser producidos por los mercados[21]. Es falso que haya categorías de bienes claramente diferenciables cuya existencia haría necesaria una corrección especial a la tesis general sobre la superioridad económica del capitalismo; aun si existieran, no sería posible encontrar una razón específica por la cual esos bienes públicos, supuestamente especiales, no deberían ser producidos por empresas privadas, puesto que invariablemente entran en competencia con los bienes privados. En realidad, la mayor eficiencia de los mercados en comparación con el estado en lo que respecta a un número creciente de bienes presuntamente públicos es cada vez más evidente a pesar de la propaganda de los teóricos de los bienes públicos. Nadie que hiciera un estudio serio acerca de estos temas podría negar, ante la experiencia de todos los días, que los mercados pueden producir en la actualidad servicios postales, ferrocarriles, electricidad, teléfonos, educación, dinero, caminos, etcétera, con más eficiencia que el estado, es decir, satisfaciendo mejor las preferencias de los consumidores. Sin embargo, las personas rehuyen la intervención del mercado en un sector en el cual la lógica indica que se la debe aceptar: en la producción de seguridad. Por eso, me ocuparé a partir de ahora de explicar por qué la economía capitalista tiene un funcionamiento superior en esa área; la superioridad ha quedado ya demostrada desde el punto de vista lógico, pero será más evidente cuando veamosalgunos ejemplos que la experiencia aporta al análisis y consideremos este asunto como un problema por derecho propio.[22]

¿Cómo funciona un sistema de productores de seguridad no monopólicos, que compiten entre sí? Es preciso tener bien claro desde el principio que al responder a esta pregunta abandonamos la esfera del análisis puramente lógico, por lo cual las respuestas carecerán en forma inevitable del carácter apodíctico de los pronunciamientos sobre la validez de la teoría de los bienes públicos. El problema en este caso es análogo al que tendría que resolver un mercado que tuviese que dedicarse a producir hamburguesas, en especial si hasta ese momento su producción hubiera estado exclusivamente a cargo del estado y por lo tanto no hubiese experiencia previa al respecto. Sólo se pueden dar respuestas tentativas. Es posible que nadie pudiera conocer cómo es exactamente la industria de las hamburguesas: cuántas compañías competidoras debería haber, qué importancia tendría esta industria en comparación con otras, cómo serían las hamburguesas, cuántos tipos diferentes saldrían a la venta y quizá desaparecerían por falta de demanda, etcétera. Nadie conocería todas las circunstancias y los cambios que podrían influir sobre la estructura de esta industria: cambios en la demanda de los distintos grupos consumidores, en la tecnología, en los precios de los diversos bienes que la afectan en forma directa o indirecta, y así sucesivamente. Es preciso destacar que aunque la producción privada de seguridad plantea problemas similares, esto no significa que no se pueda decir nada concluyente. Partiendo de la base de que existen ciertas condiciones generales para la demanda de servicios de seguridad (y estas condiciones son el reflejo, más o menos realista, de cómo es el mundo en la actualidad), lo que podemos y debemos decir es que los diversos órdenes sociales de producción de seguridad caracterizados por tener que operar dentro de distintas limitaciones estructurales, responderán de maneras diferente.[23] Analicemos primero en detalle la producción de seguridad por el estado, de carácter monopólico, porque al menos en este caso disponemos de amplia evidencia con respecto a la validez de las conclusiones; después compararemos este sistema con el que existiría si este modo de producción fuera reemplazado por uno no monopolista. Aunque la seguridad se considere un bien público, debe competir con otros bienes en lo que respecta a la asignación de recursos. Lo que se gasta en seguridad ya no se puede gastar en otros bienes que también aumentan la satisfacción del consumidor. Además, la seguridad no es un bien único y homogéneo, sino que posee numerosos aspectos y componentes. No se limita a la prevención del crimen, al descubrimiento de los criminales y al cumplimiento forzoso de la ley, sino que también implica protección contra los rateros, los violadores, los que contaminan el ambiente, los desastres naturales, etcétera. Por otra parte, no se produce "en conjunto", sino que se la puede proveer en unidades marginales. Por añadidura, cada uno asigna una importancia diferente a la seguridad, considerada en su conjunto, y también a sus diversos aspectos, y eso depende de sus características personales, de las experiencias que haya tenido con respecto a distintos factores de inseguridad, y del tiempo y el lugar en que le toca vivir.[24] Entonces, teniendo en cuenta sobre todo el problema económico fundamental que significa la asignación de recursos escasos a fines que compiten entre sí, ¿cómo puede el estado, una organización que no se financia sólo por las contribuciones voluntarias y por la venta de sus productos, sino parcial o totalmente por medio de impuestos, decidir cuánta seguridad debe producir, en cuántos de cada uno de sus innumerables aspectos, a quién proporcionar determinada cantidad de qué producto, y dónde? Y la única respuesta posible es que no hay una manera racional de resolver este problema. Si se la considera desde el punto de vista de los consumidores, la respuesta a sus demandas de seguridad debe considerarse arbitraria. ¿Necesitamos un solo policía, o un solo juez, o cien mil? ¿Hay que pagarles $100 por mes, o $10.000? Los policías, cualquiera que sea su número, ¿deben emplear más tiempo patrullando las calles, persiguiendo ladrones o recuperando objetos robados, o buscando a aquellos que cometen delitos tales como la prostitución, el abuso de drogas o el contrabando? Y los jueces, ¿deben emplear más tiempo y energía en atender casos de divorcio, contravenciones de tránsito, raterías en negocios, o en casos de asesinato y actos perpetrados contra los monopolios? Es obvio que hay que dar alguna respuesta a estas preguntas, porque como vivimos en condiciones de escasez y nuestro mundo no es un paraíso, el tiempo y el dinero que se gasten en una cosa ya no podrán dedicarse a otra. Si bien el estado también debe dar respuesta a estas preguntas, lo hace sin sujeción alguna al criterio que rige las pérdidas y las ganancias. Por eso, su acción es arbitraria e implica necesariamente enormes desperdicios de recursos, desde el punto de vista de los consumidores[25] Como todos sabemos, los productores de seguridad empleados por el estado producen lo que quieren, independientemente de las necesidades de los consumidores, que son muchas. En lugar de hacer lo que deben, prefieren holgazanear, y si tienen que trabajar se inclinan por las tareas más fáciles o por estar allí donde pueden sentirse poderosos, en lugar de servir a los consumidores. Los oficiales de policía se pasean en los coches patrulleros a la caza de pequeños infractores de tránsito, gastan enormes sumas de dinero en la investigación de delitos que no afectan a terceros y que si bien es cierto que desagradan a mucha gente (por ejemplo, a los que no los cometen), también lo es que pocos gastarían su dinero en combatirlos, en la medida en que no los perjudican en forma inmediata. Sin embargo, es notoria la ineficiencia de la policía, pese a los presupuestos cada vez mayores con que cuenta, con respecto a lo que los consumidores necesitan con más urgencia, a saber, la prevención de delitos graves (por ejemplo, los crímenes perpetrados contra las personas), la captura y el castigo efectivo de los criminales, la recuperación del dinero o los objetos robados y la garantía de que las víctimas serán compensadas por sus agresores.

Además, sea cual fuere el desempeño de la policía o de los jueces empleados por el estado, siempre será deficiente porque sus retribuciones son más o menos independientes de las evaluaciones de los consumidores respecto de sus servicios. La arbitrariedad y la brutalidad de la policia y la lentitud de los procesos judiciales son una consecuencia de esto. También es digno de destacarse el hecho de que ni la policia ni el sistema judicial ofrecen a los consumidores nada que se parezca a un contrato de servicio en el que conste en términos inequívocos el procedimiento que se pondrá en marcha en una situación específica. En cambio, ambos actúan en un vacío contractual que con el tiempo los lleva a cambiar en forma arbitraria sus reglas de procedimiento y que explica el hecho, verdaderamente ridículo, de que las controversias en las que participan policías y jueces, por un lado, y ciudadanos privados por el otro, no sean dirimidas por un árbitro independiente sino por otro policia u otro juez que es también parte interesada en la disputa por ser empleado del estado.

En tercer lugar, todo el que haya estado alguna vez en un departamento de policía o en un juzgado, para no hablar de las cárceles, sabe bien que los factores productivos empleados para proveer de seguridad al público están deteriorados por el uso excesivo, mal conservados y sucios. Como ninguno de los que usan esos factores productivos los posee realmente (nadie puede venderlos y apropiarse privadamente del producto de esa venta) y en consecuencia las pérdidas (y las ganancias) del valor incorporado en el capital utilizado quedan socializadas, todos tratarán de incrementar sus ingresos privados resultantes del uso de los factores a expensas de pérdidas en el valor del capital. Por eso, el costo marginal tenderá a sobrepasar cada vez más el valor del producto marginal, de lo que resultará un uso excesivo del capital. Y si se diera el caso excepcional de que esto no ocurriese y no se pusiera de manifiesto un exceso de uso del capital, esto sólo habría sido posible con costos comparativamente mucho más elevados que los de cualquier empresa privada similar.[26]

Es indudable que todos estos problemas inherentes a un sistema que tiene el monopolio de la producción de seguridad se resolverían con relativa rapidez si un mercado competitivo, con su estructura totalmente diferente concebida para incentivar a los productores, se hiciera cargo de una demanda determinada de servicios de seguridad. Esto no significa que se encontraría la solución "perfecta" al problema de la seguridad. Seguiría habiendo robos y asesinatos, y no todos los bienes robados podrían recuperarse ni sería posible capturar a todos los asesinos, pero en lo que respecta a las evaluaciones de los consumidores, la situación mejoraría en la medida en que puede mejorar siendo la naturaleza humana como es. En primer lugar, siempre que haya un sistema competitivo, es decir, siempre que los productores de servicios de seguridad dependan de las adquisiciones voluntarias (que en su gran mayoría tomarán la forma de contratos de servicio y seguro, concertados antes de que se produzca efectivamente un acto de agresión o que se manifieste una inseguridad), ningún productor podrá aumentar sus ingresos sin mejorar sus servicios o la calidad de su producto según la evaluación de los consumidores. Además, todos los productores de seguridad tomados en su conjunto no podrían afirmar la importancia de su industria particular a menos que, por cualquier razón, los consumidores empezaran a valorar la seguridad más que otros bienes, con lo cual asegurarían que la producción de seguridad no se llevaría a cabo nunca y en ningún lugar a expensas de la no producción (o de la producción reducida) de, por ejemplo, queso, como bien privado competitivo. Por añadidura, los productores de servicios de seguridad deberían diversificar sus ofrecimientos en un grado considerable, porque la demanda de sus productos por parte de millones de consumidores es muy variada. Como dependerían directamente del apoyo de éstos, si no respondieran del modo adecuado a sus necesidades, o a los cambios en esas necesidades, sufrirían inmediatamente un perjuicio financiero. Por lo tanto, cada consumidor ejercería una influencia directa, aunque pequeña, sobre la aparición o desaparición de productos en el mercado de la seguridad. Esto ofrecería un sinnúmero de servicios a cada uno, en lugar del "paquete de seguridad" uniforme que brinda el estado. Y esos servicios estarían adaptados a los distintos requerimientos de seguridad de los diferentes consumidores, según sus ocupaciones, su conducta más o menos arriesgada, sus necesidades de protección y seguros, y también sus circunstancias geográficas y la urgencia que manifiesten.

Por supuesto, esto no es todo. Los productos no sólo se diversificarían, sino que mejorarían en cuanto a cantidad y calidad. Estas empresas privadas brindarían a sus clientes una esmerada atención y desaparecerían la desidia, la arbitrariedad e incluso la brutalidad, la negligencia y la lentitud que caracterizan a la policía y al sistema judicial del estado. Los policías y los jueces dependerían del apoyo voluntario de los consumidores, por lo cual el maltrato, la descortesía y la ineptitud hacia éstos podrían costarles sus empleos. Casi seguramente se daría fin a la costumbre tan peculiar de que la conciliación de las controversias entre un cliente y una empresa se confíe invariablemente al dictamen de esta última, y los productores de seguridad encargarían la resolución a árbitros independientes. Lo que es más importante, los productores de esos servicios deberían ofrecer, con el fin de atraer y retener a los consumidores, contratos por los cuales estos pudieran saber con exactitud lo que están adquiriendo y que les permitieran plantear reclamaciones válidas, sujetas a comprobación intersubjetiva, si el desempeño real del productor de seguridad no se ajustara a lo especificado en el contrato. Más precisamente, como no se trataría de contratos de servicios individualizados en los cuales el consumidor paga para que se cubran sólo sus propios riesgos, sino más bien contratos de seguros propiamente dichos, mancomunados, a la inversa de lo que ocurre en la política estatal vigente, ya no contendrían ningún esquema redistributivo concebido adrede para favorecer a un grupo a expensas de otro. Si por otra parte, alguien considerara que el contrato que se le ofrece implica que debe pagar por los riesgos y necesidades de otras personas —por ejemplo, por factores de posible inseguridad que no estima aplicables a su caso personal—, simplemente podría rehusarse a firmarlo o dejar de pagar.

No obstante, después de todo lo dicho surge en forma inevitable un interrogante: "¿Un sistema competitivo de producción de seguridad tendría como consecuencia necesaria el conflicto social permanente, el caos y la anarquía?" Las respuestas pueden ser varias. En primer lugar, debe tenerse en cuenta que la evidencia histórica, empírica, no concuerda en absoluto con esta impresión. Antes del advenimiento del estado–nación hubo en diversos lugares sistemas judiciales competitivos (por ejemplo, en la antigua Irlanda o en los tiempos de la Liga Hanseática) y, por lo que sabemos, funcionaron bien".[27] A juzgar por los índices de criminalidad existentes en la época (crímenes per capita), la policía privada en el Salvaje Oeste (que, entre paréntesis, no era tan salvaje como lo muestran algunas películas) era relativamente más eficaz que la policía estatal de nuestros[28]. Y si nos remitimos a la experiencia y a los ejemplos contemporáneos, incluso ahora existen millones de relaciones internacionales —comerciales y turísticas— y realmente sería una exageración decir, por ejemplo, que el fraude, el crimen y el incumplimiento de los contratos son mayores en esta esfera que en las relaciones internas de cada país. Y esto (es importante destacarlo) sin que haya un gran productor monopólico en materia de seguridad ni un legislador supremo. Por último, no debemos olvidar que en muchos países existen diversos productores de seguridad privados que actúan paralelamente al estado: investigadores privados, detectives de seguros y árbitros privados, cuyo trabajo demuestra que son más eficientes en lo que respecta a resolver los conflictos sociales que sus contrapartes públicas.

Toda esta evidencia histórica está, sin embargo, sujeta en gran medida a discusión, sobre todo respecto de si puede extraerse de ella alguna información general. Pero también existen razones sistemáticas por las cuales el temor que suscita esta cuestión carece de un fundamento válido. El establecimiento de un sistema competitivo de productores de seguridad implica, por paradójico que esto parezca, la construcción de una estructura de incentivos institucionalizada para producir un orden legal y de observancia forzosa de las leyes que entrañe el mayor grado de consenso posible con respecto a la resolución de las controversias. Esto generaría menos intranquilidad social y conflicto que las condiciones monopólicas imperantes.[29] Para entender esta paradoja es preciso considerar más a fondo la única cuestión típica que preocupa a los escépticos y los lleva a creer en la superioridad de un sistema monopólico de producción de seguridad: cuando surge un conflicto entre A y B, ambos están asegurados por compañías diferentes y éstas no pueden llegar a un acuerdo inmediato sobre la validez de las demandas opuestas que plantean sus respectivos clientes. (El problema no existiría si se alcanzara el acuerdo o si ambos clientes fueran asegurados por la misma compañía; por lo menos, esto no diferiría en absoluto de la situación emergente en condiciones de monopolio estatal.) ¿Una situación semejante tendría siempre un desenlace violento? Es muy improbable que así sea. Primero, cualquier lucha violenta entre empresas conllevaría un costo y un riesgo muy altos, sobre todo si han alcanzado un prestigio considerable (como deberían tenerlo para que sus futuros clientes puedan verlas en primer lugar como garantes efectivas de su seguridad). Lo que es más importante, en un sistema competitivo, los costos de cualquier conflicto entre compañías que dependen de la continuación de los pagos voluntarios de los consumidores tendrían que recaer forzosamente sobre todos y cada uno de los clientes de ambas. Bastaría que una sola persona dejara de pagar porque no está convencida de la necesidad de una confrontación violenta en el caso particular de que se trata para que hubiese una inmediata presión económica sobre la compañía que la obligaría a buscar una solución pacífica al conflicto.[30] De ahí que cualquier productor de seguridad en un sistema competitivo debería ser muy cauto en lo que respecta a tomar medidas violentas para resolver las controversias. En lugar de hacerlo, y puesto que lo que los consumidores desean es que los litigios se resuelvan en forma pacífica, todos y cada uno de los productores de seguridad harían cuanto pudiesen para ofrecer esto a sus clientes y para establecer por anticipado, de modo que no quedasen dudas, el proceso de arbitraje al que se someterían, ellos y sus clientes, en caso de desacuerdo acerca de la evaluación de demandas incompatibles. Los clientes de las distintas compañías considerarían que un esquema semejante sólo podría funcionar si todos ellos estuvieran de acuerdo con respecto a las medidas arbitrales, por lo cual se desarrollaría naturalmente un sistema legal que regiría las relaciones entre compañías y sería aceptable para los clientes de todas las firmas competitivas, sin excepciones. Por otra parte, así aumentaría más aun la posibilidad de que se produjeran presiones económicas que generasen reglas representativas del consenso acerca del modo de dirimir las controversias. En un sistema competitivo, los árbitros independientes encargados de encontrar soluciones pacíficas a los litigios estarían supeditados al apoyo continuado de las dos compañías en disputa, puesto que cualquiera de ellas podría recurrir a un juez diferente, y por supuesto lo haría si estuviera insatisfecha con la sentencia dictada. Por lo tanto, estos jueces se sentirían presionados para encontrar soluciones (en este caso, no con respecto al procedimiento sino al contenido de la ley) que fuesen aceptables para todos los clientes de las firmas en disputa.[31] Si no era así, una compañía, o todas, podrían perder clientes, lo que las llevaría a buscar otros árbitros la próxima vez que los necesitasen.[32]

Sin embargo, ¿no sería posible que en un sistema competitivo una compañía productora de seguridad se pusiera fuera de la ley, es decir que, con el apoyo de sus propios clientes, comenzara a agredir a otras? Por supuesto, no se puede negar que tal posibilidad existe, pero digamos nuevamente que nos encontramos en la esfera de la ciencia social empírica y nadie puede saber con certeza si es así. Y sin embargo, la sugerencia tácita de que la posibilidad de que esto ocurra indica de algún modo una grave deficiencia en los fundamentos filosóficos y económicos de un orden social puramente capitalista, es falsa.[33]

Ante todo, recordemos que la existencia continuada de cualquier sistema social, no menos de un orden estatista–socialista que de una pura economía de mercado, depende de la opinión pública, y que en todo momento un estado determinado de esa opinión pública delimita lo que puede y lo que no puede ocurrir, así como lo que es más o menos probable que ocurra. Por ejemplo, el estado actual de la opinión pública en Alemania occidental hace sumamente improbable, o aun imposible, que se pueda imponer allí un sistema estatista similar al soviético. La falta de apoyo público lo condenaría al fracaso y lo destruiría. Y sería aun más improbable que un sistema de ese tipo pudiera instituirse en los Estados Unidos, dadas las características de la opinión pública en ese país. Por lo tanto, si queremos comprender correctamente el problema de las compañías que podrían situarse al margen de la ley, tenemos que formular la cuestión en estos términos: ¿Qué probabilidad existe de que un hecho semejante pueda producirse en una sociedad dada, con un estado específico de la opinión pública? La respuesta a una pregunta expresada de esta manera será diferente según las distintas sociedades. En algunas, que se caracterizan por el profundo arraigo de ideas de corte socialista, la posibilidad de que surjan compañías que lleven a cabo políticas agresivas será mayor, y en otras será mucho menos probable que esto ocurra. Pero entonces, la perspectiva de un sistema competitivo de producción de seguridad en cualquier caso dado, ¿será mejor o peor que la continuación de un sistema estatista? Veamos, por ejemplo, el caso de los Estados Unidos en el presente. Supongamos que el estado aboliera su derecho de proporcionar seguridad a cambio del pago de impuestos e introdujera un sistema de seguridad competitivo. Dado el estado actual de la opinión pública, ¿qué probabilidad existiría de que surgieran proveedores al margen de la ley, y qué sucedería en ese caso? Como es obvio, la respuesta depende de las reacciones de la gente a este cambio en la situación. Por lo tanto, lo primero que habría que replicar a quienes objetan la idea de un mercado privado en lo que respecta a la seguridad, sería: "¿Y qué va a hacer usted? ¿Cuál va a ser su reacción? ¿Su temor a las compañías que se autoproscriben significa que entraría en tratos con un productor de seguridad que agrediera a otros y a su propiedad, y que usted seguiría apoyándolo si lo hiciera?" Por cierto, cualquier crítica sería acallada por un contraataque así. Pero más importante que esto es el desafio sistemático implícito en este contraataque personal. Es evidente que el cambio de situación descripto implicaría una transformación en la estructura de costo–beneficio que cada uno debería enfrentar una vez tomada su decisión. Antes de la introducción de un sistema competitivo de producción de seguridad, podía ser legal participar en un sistema agresivo y sustentarlo. Ahora, esa actividad se convierte en ilegal. Por lo tanto, dado que el hombre posee una conciencia que hace que las decisiones que toma sean más o menos costosas, es decir, estén más o menos en armonía con los principios personales respecto de lo que es una conducta correcta, el apoyo a una compañía que explota a aquellos que no desean secundar voluntariamente sus acciones puede ser más costoso ahora que antes. Dado que es así, se debe presumir que la cantidad de personas, entre ellas las que en otras circunstancias se habrían apresurado a apoyar al estado, dispuestas a gastar dinero para sustentar a una compañía que procede con honestidad sería cada vez mayor, e iría en aumento en todos los lugares en los que se llevara a cabo un experimento social semejante. Por el contrario, el número de aquellos que están de acuerdo con una política de explotación, en la cual unos ganan a expensas de otros, disminuiría. Por supuesto, el grado de rigurosidad de este efecto dependería del estado de la opinión pública. En el ejemplo que hemos tomado —el de los Estados Unidos, donde la teoría natural de la propiedad está ampliamente difundida y aceptada como una ética privada y la filosofía del libre albedrío es, esencialmente, la filosofía fundacional del país y la que lo ha llevado al lugar que ocupa en el mundo[34]—, el efecto es naturalmente muy acentuado. De acuerdo con esto, las compañías productoras de seguridad comprometidas con la filosofia de proteger y hacer valer la doctrina del libre albedrío atraerán la mayor parte del apoyo público y de la ayuda financiera. Y si bien es cierto que algunas personas, sobre todo las que se han beneficiado con el antiguo estado de cosas, pueden continuar respaldando una política de agresión, es muy improbable que su número y su poder financiero sean suficientes como para que lo hagan con éxito. En cambio, es casi seguro que las compañías honestas desarrollarán la fuerza necesaria —por si solas o en un esfuerzo conjunto que será apoyado por sus propios clientes voluntarios— para poner freno a la aparición de posibles productores rebeldes y destruirlos donde y cuando aparezcan.[35]

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NOTAS:

[1] G. de Molinari, "Sobre la Producción de Seguridad".

[2] Ibid., p. 4.

[3] Pueden verse varios enfoques de los teóricos de los bienes públicos: J. Buchanan y G. Tullock, The Calculus of Consent, University of Michigan Press, Ann Arbor, 1962; J. Buchanan, The Public Finances, Richard Irwin, 1970; idem, The Limits of Liberty, University of Chicago Press, Chicago, 1975; G. Tullock, Private Wants, Public Means, Basic Books, New York, 1970; M. Olson, The Logic of Collective Action, Harvard University Press, Cambride, 1965; W. Baumol, Welfare Economics and the Theory of the State, Harvard University Press, Cambridge, 1952.

[4] Véase M. N. Rothbard, Man, Economy and State, Nash, Los Angeles, 1979, pp. 883 SS.; idem, 'The Myth of Neutral Taxation" [PDF], Cato Journal (1981); W. Block, "Free Market Transportation: Denationalizing the Roads" [PDF], Journal of Libertarian Studies (1979); idem, "Public Goods and Externalities: the Case of Roads" [PDF], Journal of Libertarian Studies (1983).

[5] Véase, por ejemplo, W. Baumol y A. Blinder, Economics. Principies and Policy, Harcourt, Brace, Jovanovich, New York, 1979, cap. 3 1.

[6] Otro criterio de uso frecuente en relación con los bienes públicos es el del "consumo no competitivo". Por lo general, ambos criterios parecen coincidir: el consumo no competitivo es posible cuando no se puede excluir a los free–riders; cuando pueden ser excluidos, pasa a ser competitivo o, por lo menos, así lo parece. Pero, como argumentan los teóricos de los bienes públicos, esta coincidencia no es perfecta. Según afirman, si bien es posible excluir a los free–riders, su inclusión no puede relacionarse con ningún costo adicional (es decir que el costo marginal de la admisión de los free-riders es igual a cero), y el consumo del bien en cuestión por los free-riders, admitidos en forma adicional, no llevara necesariamente a una disminución en el consumo del bien que se encuentra a disposición de otros. Un bien de esta naturaleza será, asimismo, un bien público. Y puesto que el mercado libre practicaría la exclusión y el bien no estaría disponible para el consumo no competitivo de quienes, en otras circunstancias, dispondrían de él -aun cuando dicho bien no tenga costos adicionales-, esto, desde el punto de vista de la lógica estatista-socialista, demostraría una falla del mercado, es decir, un nivel de consumo subóptimo. De ahí que la provisión de esos bienes recaiga sobre el estado. (Por ejemplo, en un cine medio vacío, la admisión de espectadores adicionales sin pagar entrada podría estar libre de costos; el hecho de que miraran la película no afectaría a los que pagaron, por lo cual se podría considerar a ésta como un bien público. Pero como el dueño del cine seguramente practicaría la exclusión, en lugar de permitir que los free-riders disfrutaran gratis de la película, los cines deberían ser nacionalizados.) Acerca de las numerosas falacias que se derivan de la definición de los bienes públicos en términos de consumo no competitivo, véanse notas 12 a 17.

[7] Acerca de este tema, véase W. Block, "Public Goods and Externalities".

[8] Véase, por ejemplo, J. Buchanan, The Public Finances, p. 23; P. Samuelson, Economics, McGraw Hill, New York, 1976, p. 160.

[9] Véase R. Coase, "The Lighthouse in Economics", Journal of Law and Econornics (1974).

[10] Véase, por ejemplo, el único caso que presenta W. Block en "Public Goods and Externalities", en el cual los zoquetes se consideran bienes públicos.

[11] Digamos, para evitar cualquier malentendido, que un productor único o una asociación de productores que actúen de consuno pueden decidir, en cualquier momento, producir o no un bien sobre la base de su evaluación como público o privado. En realidad, en una economía de mercado se toman constantemente este tipo de decisiones en cuanto a la producción privada de bienes públicos. Lo que es imposible es decidir si rechazar o no el resultado de la operación de un mercado libre basándose en la evaluación del grado en el cual un bien es público o privado.

[12] Por lo tanto, introducir una distinción entre bienes públicos y privados equivaldría a volver a la era pre-subjetivista de la economía. Desde la perspectiva de la economía subjetivista ningún bien puede ser categorizado objetivamente como privado o público. Ésa es, en esencia, la razón de que también fracase el segundo criterio propuesto en relación con los bienes públicos, a saber, que permiten un consumo no competitivo (véase nota 6). Porque, ¿cómo podría un observador desinteresado determinar si la admisión de un free-rider adicional en forma gratuita no implica realmente una disminución del consumo de un bien por parte de otros? Es obvio que no puede, objetivamente, hacerlo en modo alguno. Bien podría ser que si se admitiera a demasiadas personas en un cine o en una carretera se redujera en forma considerable el placer de mirar una película o de conducir un vehículo. Nuevamente, para descubrir si es así o no, sería necesario preguntar a cada uno, y no todos estarían de acuerdo (¿y qué ocurriría en ese caso?). Además, si incluso un bien que permite un consumo no competitivo no es un bien libre, la admisión de freeriders adicionales tendría como resultado, a la larga, una verdadera "aglomeración", y por eso habría que preguntar a cada uno acerca del "margen" apropiado. Por añadidura, mi consumo del bien puede verse afectado o no según quién sea la persona admitida gratuitamente, de modo que también habría que interrogarme acerca de eso. Y por Último, cada uno podría cambiar de opinión sobre estos temas con el paso del tiempo. Por eso es tan imposible decidir si un bien es o no apropiado para su producción por parte del estado (en lugar de la empresa privada) basándose en el criterio del consumo no competitivo como sobre la base del criterio de no exclusión (véase también nota 17).

[13] Véase P. Samuelson, "The Pure Theory of Public Expenditure", Review of Economics and Statistics (1954); idem, Economics, cap. 8; M. Friedman, Capitalism and Freedom, University of Chicago Press, Chicago, 1962, cap. 2; F. A. Hayek, Law, Legislation, and Liberty, vol. 3, University of Chicago, Chicago, 1979, cap. 14.

[14] En los últimos años, los economistas, sobre todo los de la Escuela de Chicago, han manifestado un interés creciente por los derechos de propiedad (H. Demsetz, "The Exchange and Enforcement of Property Rights", Journal of Law and Economics [1964]; idem, "Toward a Theory of Property Rights", American Economic Review [1967]; R. Coase, "The Problem of Social Cost" [PDF], Journal of Law and Economics [1960]; A. Alchian, Economic Forces at Work, Liberty Fund, Indianapolis, 1977, parte 2; R. Posner, Economic Analysis of the Law, Brown and Co., Boston, 1977). Sin embargo, estos análisis no tienen nada que ver con la ética. Por el contrario, intentan sustituir el establecimiento de principios éticos justificables por consideraciones de eficiencia económica (en relación con la critica de estas tentativas, véase M. N. Rothbard, La Ética de la Libertad, Humanities Press, Atlantic Highlands, 1982, cap. 26; W. Block, "Coase and Demsetz on Private Property Rights" [PDF], Journal of Libertarian Studies [1977]; R. Dworkin, "Is Wealth a Value", Journal of Legal Studies [1980]; M. N. Rothbard, "The Myth of Effíciency" [Web], en M. Rizzo [comp.], Time, Uncertainty, and Disequilibrium, D. C. Heat, Lexington, 1979). En Última instancia, todos los argumentos sobre la eficiencia son inaplicables porque sencillamente no existe un modo que no sea arbitrario de calcular, pesar y agregar las utilidades o desutilidades que resultan de determinada asignación de derechos de propiedad. De ahí que cualquier intento de recomendar un sistema particular para asignar derechos de propiedad en función de su supuesta maximización del "bienestar social" no es más que un fraude seudocientífico (véase, en especial, M. N. Rothbard, Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Economics [PDF], Center for Libertarian Studies, New York, Occasional Paper Series No 3, 1977; también L. Robbins, "Economics and Political Economy", American Economic Review [1981]).

El "principio de la unanimidad", que J. Buchanan y G. Tullock, siguiendo a K. Wicksell (Finanztheoretische Untersuchungen, G. Fischer, Jena, 1896), han propuesto en forma reiterada como guía para la política económica, tampoco debe confundirse con un principio ético propiamente dicho. De acuerdo con este principio, sólo pueden ejecutarse aquellos cambios en la política para los cuales exista un consenso unánime; esto, con toda seguridad, parece muy atractivo; pero también determina, mutatis mutandis, que el statu quo debe ser preservado si el consenso respecto de cualquier propuesta de cambio no alcanza la unanimidad, y esto parece mucho menos atractivo porque implica que cualquier estado de cosas dado con respecto a la asignación de derechos de propiedad debe considerarse legítimo, sea como punto de partida o como situación que debe continuar de la misma manera. Sin embargo, los teóricos de los bienes públicos no ofrecen ninguna justificación de esta audaz exigencia, en términos de una teoría normativa de los derechos de propiedad, cuando se les solicita que lo hagan, por lo cual el principio de la unanimidad carece, en última instancia, de fundamentación ética. En realidad, el principio favorito de los seguidores de Buchanan resulta enteramente absurdo como criterio moral, porque reconoce legitimidad a cualquier statu quo posible (véase también, acerca de esto, M. N. Rothbard, La Ética de la Libertad, cap. 26; idem, "The Myth of Neutral Taxation" [PDF], p. 549 s.).

Buchanan y Tullock, de nuevo siguiendo a Wicksell, liquidan lo que pueda haber quedado del principio de unanimidad reduciéndolo, efectivamente, a un principio de unanimidad "relativa" o "cuasi-unanimidad".

[15] H. H. Hoppe, "From the Economics of Laissez Faire to the Ethics of Libertarianism". En: W. Block y L. Rockwell (comps.), Man, Economy and Liberty: Essays in Honor of Murray N. Rothbard, The Ludwig von Mises Institute, Aubum University, Aubum, Ala., 1988; infra, cap. 8.

[16] Acerca de este argumento véase M. N. Rothbard, "The Myth of Neutral Taxation", p. 533. Entre paréntesis, la existencia de un solo anarquista también invalida todas las referencias al óptimo de Pareto como criterio para la acción estatal económicamente legítima.

[17] En esencia, el mismo razonamiento que nos lleva a rechazar la teoría socialista-estatista, cuyo fundamento es el carácter supuestamente Único de los bienes públicos de acuerdo con el criterio de no exclusión, se aplica también en el caso en el cual estos bienes se definen mediante el criterio de consumo no competitivo (véanse notas 6 y 12). En primer lugar, para inferir, a partir de la aseveración de que los bienes que permiten un consumo no competitivo no tendrían que ser ofrecidos en un mercado libre a tantos consumidores como fuese posible, el enunciado normativo de que deberían ser ofrecidos de ese modo, esta teoría enfrenta exactamente el mismo problema, a saber, necesita una ética que la justifique. Además, el razonamiento utilitario también es evidentemente absurdo. Los teóricos de los bienes públicos argumentan que la práctica del mercado libre, en el sentido de excluir a los free-riders del uso de aquellos bienes que permiten un consumo no competitivo con un costo marginal igual a cero, indica un nivel subóptimo de bienestar social y por lo tanto se requiere la acción compensatoria del estado; este razonamiento es defectuoso, en dos aspectos relacionados. En primer lugar, el costo es una categoría subjetiva y jamás puede ser calculado objetivamente por un observador externo. Por eso, es de todo punto inaceptable alegar que habría que admitir free-riders adicionales sin costo alguno. En realidad, si la admisión de más consumidores en forma gratuita tuviese verdaderamente un costo subjetivo igual a cero, el productor privado del bien en cuestión la permitiría. El hecho de que no lo haga revela que para él el costo no equivale a cero. Esto puede deberse a que él piensa que si los admitiera disminuiría la satisfacción que pueden obtener otros consumidores y así tendería a rebajar el precio de su producto; o, simplemente, a que le disgustan los free-riders; es lo que pasa, por ejemplo, cuando yo me opongo a admitir en mi living, que no está totalmente lleno de gente, a varias personas a quienes no he invitado para que hagan de él un consumo no competitivo. De todos modos, como no se puede presuponer que el costo es igual a cero, sea cual fuere la razón de ello, es ilógico hablar de una falla del mercado cuando ciertos bienes no se distribuyen sin cargo. Por otra parte, si se acepta la recomendación de los teóricos de los bienes públicos en el sentido de dejar que el estado provea en forma gratuita los bienes cuyo consumo es supuestamente no competitivo, las pérdidas de bienestar serán, sin duda, inevitables. El estado, que no depende de las adquisiciones voluntarias de los consumidores, además de cumplir la insuperable tarea de determinar qué bienes satisfacen este criterio, debe primero enfrentar y resolver el problema, también insoluble, de decidir racionalmente qué cantidad del bien público va a proveer. Es obvio que, como ni siquiera los bienes públicos son libres, sino que están sujetos a "aglomeración" en cierta etapa de su uso, no hay un punto en el cual el estado pueda detener su producción, porque cualquiera que sea el nivel de la oferta, habrá usuarios que quedarán excluidos y que, si la oferta fuera mayor, podrían convertirse en free-riders. Ahora bien, incluso si se pudiera resolver milagrosamente este problema, de todos modos el costo (necesariamente inflado) de producción y operación de los bienes públicos distribuidos en forma gratuita para un consumo no competitivo, tendría que pagarse por medio de impuestos. Y este hecho, es decir, que los consumidores han sido obligados a disfrutar de esos bienes como free-riders, demuestra nuevamente más allá de toda duda que el valor de estos bienes públicos también es inferior, desde la perspectiva de los consumidores, al de los bienes privados que compiten con ellos y que ya no es posible adquirir.

[18] Entre los modernos representantes del lenguaje ambiguo orwelliano los más importantes son J. Buchanan y G. Tullock (sus obras se citan en la nota 3). Afirman que el gobierno se basa en un "contrato constitucional" en el cual cada uno está "conceptualmente de acuerdo" en someterse a los poderes coercitivos de aquél con la condición de que todos los demás lo hagan también. Según esto, el gobierno, aparentemente coercitivo, en realidad sería voluntario. A este curioso argumento se le pueden oponer varias objeciones obvias. En primer lugar, no hay evidencia empírica de que alguna constitución haya sido aceptada en forma voluntaria por cada uno de los interesados. Peor aun, la sola idea de que todas las personas se obliguen voluntariamente es inconcebible, asi como lo es negar el principio de contradicción. Porque si la coerción aceptada libremente es voluntaria, tendría que ser posible revocar la propia sujeción a la constitución, con lo cual el estado no seria muy diferente de un club al que uno se asocia espontáneamente. Pero si no se tiene "el derecho de no hacer caso del estado" -por supuesto, nadie lo tiene, y esto es lo que distingue al estado de un club-, entonces es lógicamente inadmisible pretender que la aceptación del poder coercitivo del estado es voluntaria. Además, incluso si lo fuera, el contrato constitucional no podría obligar a nadie, excepto a los signatarios originales de la constitución.

¿Cómo pueden Buchanan y Tullock manifestar ideas tan absurdas? Utilizando un truco semántica. Aquello que en el lenguaje pre-orwelliano era "inconcebible" o un "desacuerdo", es para ellos "algo conceptualmente posible" o un "acuerdo conceptual". En J. Buchanan, "A Contractarian Perspective of Anarchy", en Freedom in Constitutional Contract, Texas A. & M. University Press, College Station, 1977, puede verse un breve ejercicio, muy instructivo, acerca de este tipo de razonamiento "a saltos". Aquí nos enteramos (p. 17) de que incluso la aceptación de un límite de velocidad de 55 mph es posiblemente voluntaria (Buchanan no está totalmente seguro de ello), porque en ultima instancia depende de que todos nosotros aceptemos voluntariamente la constitución, y de que Buchanan no es un verdadero estatista sino, en realidad, un anarquista (p. 11).

[19] M. N. Rothbard, Man, Economy, and State, p. 887.

[20] Se debe tener esto en mente, ante todo, cuando hay que evaluar la validez de argumentos que defienden el estatismo-intewencionismo, como el siguiente, que pertenece a J. M. Keynes ("The End of Laissez Faire", en Collected Writings, Macmillan, Londres, 1972, vol. IX, p. 291): "El asunto más importante que debe atender el estado no se relaciona con las actividades que desempeñan los individuos privadamente, sino con las funciones que caen fuera de la esfera individual, esas decisiones que nadie tomaría si el estado no lo hiciera. Lo importante no es que el gobierno haga, mejor o peor, las cosas que los individuos particulares ya hacen, sino que se ocupe de las que no se hacen". Este razonamiento no sólo parece falso, sino que lo es.

[21] Algunos minarquistas partidarios del libre albedrío plantean la objeción de que la existencia de un mercado presupone el reconocimiento y puesta en vigor de un cuerpo de legislación y, en consecuencia, de un gobierno que debe tener el monopolio de la justicia y hacer cumplir las leyes. (Véase, por ejemplo, J. Hospers, Libertarianism, Nash, Los Angeles, 1971; T. Machan, Human Rights and Human Liberties, Nelson-Hall, Co., Chicago, 1975.) Por cierto, es correcto que el mercado presuponga el reconocimiento y la imposición de aquellas reglas que sustentan su operación, pero esto no significa que esa tarea deba ser confiada a un organismo monopólico. El mercado también presupone, de hecho, un lenguaje común; sin embargo, no se deduciría de ello que el gobierno debe asegurar la observancia de las normas lingüísticas. Las reglas que rigen la conducta del mercado, como el sistema del lenguaje, emergen en forma espontánea y lo que las hace cumplir es la "mano invisible" del interés personal. Si no se observan las reglas comunes del lenguaje, las personas no pueden disfrutar de las ventajas de la comunicación, y si no se obedecen las normas comunes que gobiernan la conducta, es imposible recoger los mitos de la mayor productividad de una economía de intercambio basada en la división del trabajo. Además, como ya lo he indicado, independientemente de cualquier gobierno, el principio de no agresión que es el fundamento del accionar de los mercados debe defenderse a priori como justo. Además, y sobre esto volveré al exponer mi conclusión, un sistema competitivo de administración y complimiento de la ley es precisamente el que genera la mayor presión posible para elaborar y poner en ejecución normas de conducta que entrañan el grado de consenso más elevado que pueda concebirse. Y éstas son, por supuesto, aquellas que un razonamiento a priori establece como el presupuesto lógicamente necesario de la argumentación y del acuerdo argumentativo.

[22] De paso, digamos que la misma lógica que nos obliga a aceptar la idea de que la producción de seguridad por parte de la empresa privada es la mejor solución, desde el punto de vista económico, para satisfacer las preferencias del consumidor, también nos lleva a abandonar, en lo que respecta a posiciones de carácter moral o ideológico, la teoría política del liberalismo clásico y dar (a partir de ella) un paso pequeño pero no obstante decisivo hacia la teoría del libre albedrío, o anarquismo de la propiedad privada. El liberalismo clásico, cuyo mayor representante en este siglo es Ludwig von Mises, aboga por un sistema social basado en el principio de no agresión. La doctrina del libre albedrío tambien lo hace. Pero para el liberalismo clásico ese principio debe estar respaldado por un ente monopólico (el gobierno, el estado), es decir, por una organización que no depende exclusivamente del apoyo voluntario, contractual, de los consumidores de los respectivos servicios, sino que tiene el derecho de determinar de manera unilateral sus propios ingresos, es decir, los tributos que impondrá a aquéllos para poder cumplir su tarea en el área de la producción de seguridad. Esto, por plausible que parezca, es evidentemente incoherente. O el principio de no agresión es válido, en cuyo caso el estado como ente monopólico es inmoral, o lo es el hecho de que las transacciones estén basadas sobre la agresión y giren en tomo a ella -la agresión implica el uso de la fuerza y de medios no contractuales para adquirir recursos-, y en este caso hay que descartar la primera teoría. Es imposible sostener ambos argumentos sin caer en la incoherencia, a menos que, por supuesto, se pueda enunciar un principio más fundamental que los otros dos y del cual ambos puedan derivarse lógicamente, con las respectivas limitaciones en lo que tiene que ver con sus ámbitos de validez. Pero el liberalismo nunca enunció un principio semejante y jamás podrá hacerlo, porque para argumentar en favor de algo es preciso estar libre de la agresión. Entonces, en vista del hecho de que no se puede sostener por vía de la argumentación la validez moral del principio de no agresión sin reconocer implícitamente esa validez, la lógica nos obliga a abandonar el liberalismo y adherir, en cambio, a su vástago más radical: la doctrina del libre albedno, la filosofía del capitalismo puro, que exige que la producción de la seguridad tambien esté a cargo de la empresa privada.

[23] Acerca del problema de la producción competitiva de seguridad, véase G. de Molinari, Sobre la Producción de Seguridad; M. N. Rothbard, Power and Market, Sheed Andrews and McMeel, Kansas City, 1977, cap. 1; ídem, For a New Liberty [Web], Macmillan, New York, 1978, cap. 12; W. C. Wooldridge, Uncle Sam the Monopoly Man, Arlington House, New Rochelle, 1970, caps. 5-6; M. y L. Tannehill, The Market for Liberty, Laissez Faire Books, New York, 1984, parte 2.

[24] Véase F. Murck, Soziologie der Öffentlichen Sicherheit, Campus, Frankfurt, 1980.

[25] Sin embargo, el hecho de que el proceso de asignación de recursos se tome arbitrario si no existe un criterio respecto de las pérdidas y las ganancias, no significa que las decisiones que se deben tomar no estén sujetas a restricciones y respondan únicamente a la pura arbitrariedad. No es así, y el que las toma se mueve dentro de ciertos límites. Si, por ejemplo, la asignación de factores productivos se realiza democráticamente, es obvio que se debe apelar a la decisión de la mayoría. Pero, sea que la decisión se tome de esta manera o de otra, siempre será arbitraria desde el punto de vista de los consumidores que deciden comprar o no el producto. En lo que respecta a las asignaciones controladas de manera democrática, existen algunas deficiencias evidentes. Tal como lo dicen, por ejemplo, J. Buchanan y R. Wagner (The Consequences of Mr. Keynes, Institute of Economic Affairs, Londres, 1978, p. 19): "La competencia en el mercado es constante; para cada compra, un comprador puede elegir entre vendedores que compiten. La competencia política es intermitente; una decisión es obligatoria por un número determinado de años. La competencia del mercado permite que varios competidores puedan sobrevivir al mismo tiempo [...] en la competencia política, el resultado es todo o nada [...] en la competencia del mercado el comprador puede tener una razonable seguridad con respecto a lo que recibe a cambio. En la competencia política, en realidad compra los servicios de un agente al que no puede obligar de ninguna manera [...l. Además, como un político necesita asegurarse la cooperación de la mayoría de sus pares, para él un voto tiene un significado mucho menos limpio que el que tiene el 'voto' que se le otorga a una firma privada". (Véase también J. Buchanan, "Individual Choice in Voting and the Market", ídem, Fiscal Theory and Political Economy, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1962; en J. Buchanan y G. Tullock, The Calculus of Consent, puede encontrarse un tratamiento más general del problema.)

Sin embargo, casi siempre se pasa por alto la deficiencia más importante (y lo hacen sobre todo quienes exaltan el hecho de que la democracia otorga el mismo valor a los votos de todos, mientras que el sistema en el cual el consumidor es el soberano permite "votos" desiguales): cuando impera la soberanía de los consumidores los votos pueden ser desiguales pero, en todo caso, aquéllos ejercen su control exclusivamente sobre las cosas que han adquirido a través de una apropiación original o de un contrato, y por lo tanto están obligados a adoptar una conducta moral. En un sistema de producción basado en la democracia, se supone que todos tienen algo que decir incluso acerca de las cosas que no han adquirido, con lo cual existe una invitación permanente no sólo a crear una inestabilidad legal, con todos sus efectos negativos sobre el proceso de formación de capital, sino, además, a actuar de manera inmoral. Acerca de esto, véase L. von Mises, Socialism [en castellano], Liberty Fund, Indianapolis, 198 1, cap. 31.

[26] Recapitulemos los conceptos de Molinari (Sobre la Producción de Seguridad, pp. 13-14): "Si [...] el consumidor no tiene la libertad de comprar seguridad donde le parezca mejor, veremos de inmediato cómo se ponen en acción numerosos profesionales especializados en la arbitrariedad y en la mala administración. La justicia será cada vez más lenta y costosa, la policía, ofensiva, la libertad individual dejará de ser respetada, el precio de la seguridad se elevará en forma abusiva y se la impartirá injustamente, según el poder y la influencia de una u otra clase de consumidores".

[27] Véanse las obras citadas en la nota 22; también, B. Leoni, Freedom and the Law [en castellano], Van Nostrand, Princeton, 1961; J. Peden, "Property Rights in Celtic Irish Law" [PDF], Journal of Libertarian Studies (1977).

[28] Véase T. Anderson y P. J. Hill, "The American Experiment in Anarcho-Capitalism: The Not So Wild, Wild West" [PDF], Journal of Libertarian Studies (1980).

[29] Con respecto a lo siguiente, véase H. H. Hoppe, Eigentum. Anarchie und Staat, Westdeutscher Verlag, Opladen, 1986, cap. 5.

[30] Esto ofrece un marcado contraste con la política estatal, por la cual se entablan conflictos violentos sin el apoyo voluntario de nadie, porque el estado tiene el derecho de imponer tributos; y pensemos si el riesgo de una guerra sería mayor o menor en el caso de que el ciudadano tuviera el derecho de dejar de pagar impuestos en el mismo momento en que considerara que la política estatal en materia de relaciones exteriores no es de su agrado.

[31] Nuevamente debemos hacer notar que las normas que tienen el mayor grado posible de consenso son, por supuesto, aquellas cuya validez se desprende del razonamiento y cuya aceptación, acerca de cualquier cosa que sea posible, es unánime, como ya lo hemos indicado.

[32] También en este caso puede observarse el contraste con los jueces empleados por el estado, cuyos sueldos se pagan con el producto de los impuestos y que, por lo tanto, son relativamente independientes de la satisfacción de los consumidores; por eso, pueden dictar sentencias que, como es obvio, no todos aceptan como justas; y preguntémonos si el riesgo de que no se descubriera la verdad en un caso determinado aumentaría o disminuiría si uno tuviese la posibilidad de ejercer presión económica toda vez que pensara que un juez que tal vez algún día tendría que juzgar nuestra propia causa no es lo suficientemente cuidadoso en la consideración de los hechos y en el dictamen acerca de ellos, o quizás es sencillamente un truhán.

[33] Acerca de lo que sigue, véase en particular M. N. Rothbard, For a New Liberty, pp. 233 SS.

[34] Véase B. Bailyn, The Ideological Origins of the American Revolution, Harvard University Press, Cambridge, 1967; J. T. Main, The Anti-Federalists: Critics of the Constitution, University of North Carolina Press, Chape1 Hill, 1961; M. N. Rothbard, Conceived in Liberty, Arlington House, New Rochelle, 1975-1979.

[35] Por supuesto, las compañías de seguros desempeñarán un papel especialmente importante en la tarea de poner un freno a la aparición de compañías infractoras de la ley. Véase M. y L. Tannehill, The Market of Liberty, pp. 11 0-1 1: "Las compañías de seguros, un sector decisivo en cualquier economía totalmente libre, tendrán un incentivo especial para disociarse de cualquier agresor y, además, para emplear toda su considerable influencia comercial para combatirlo. La violencia agresiva ocasiona pérdidas de valor, y la industria de los seguros soporta los mayores costos en estos casos. Un agresor al que no se le ponen límites es un riesgo ambulante, y ninguna compañia de seguros, por apartada que esté de su agresión original, desearía hacerse cargo del riesgo de que agrediese después a uno de sus propios clientes. Además, los agresores y quienes se asocian con ellos tienen más posibilidades de verse envueltos en situaciones de violencia y son, por lo tanto, clientes indeseables. Es probable que una compañía de seguros rehúse brindar cobertura a estas personas, por el prudente deseo de disminuir cualquier pérdida h r a que su agresión pudiese causar. Pero aunque su motivación no fuera ésta, se vería obligada a elevar drásticamente sus primas o a cancelar cualquier tipo de cobertura para evitar el riesgo adicional que implica su inclinación a la violencia. En una economía competitiva, ninguna compañia de seguros puede afrontar el riesgo de continuar cubriendo a individuos agresivos o a quienes tienen tratos con ellos, y hacer que sus clientes honestos carguen con los costos; pronto los perdería, porque preferirían firmas más honorables cuya cobertura representase un cargo menor".

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martes, enero 24, 2006

Libre Mercado, Murray Rothbard

El Mises Institute ha publicado un ensayo de Murray Rothbard llamado What Is the Free Market? Si lo queréis en castellano podéis leer la traducción de Hebert Suárez Cahuana en ILE, Libre Mercado:

“Una crítica muy frecuente que se le hace a la sociedad del libre mercado es que esta origina “la ley de la jungla” o “el perro come a otro perro”, que ella hace que se desprecie la cooperación humana por la competencia, y que exalta el éxito material en contraposición a los valores espirituales, filosóficos o el ocio. Por el contrario, la jungla es, precisamente la sociedad de la coerción, el robo, y el parasitismo, una sociedad que denigra la vida y los niveles de vida. La competencia pacifica entre productores y ofertantes es un proceso profundamente cooperativo en el cual todos se benefician, y todos elevan su nivel de vida (comparado con lo que se lograría en una sociedad sin libertad). Y el indudable éxito material de las sociedades libres permite que disfrutemos de una enorme cantidad de ocio comparado con otras sociedades, y realizar actividades del espíritu.” Más>>

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sábado, enero 07, 2006

Menger y el origen del dinero (texto en castellano)

Este trabajo fue publicado originalmente por Carl Menger en The Economic Journal, junio de 1892.

Carl Menger (1840-1921) nació en 1840 en Galicia, que es hoy parte de Polonia. Fundador de la Escuela Austriaca, al haber sentado sus fundamentos característicos desarrollando la teoría subjetiva del valor y el método de investigación en economía que caracteriza a la economía austriaca. Carl Menger se considera uno de los tres líderes de la “Revolución Marginalista” de mediados de 1870, junto con Jevons y Walras. A partir de 1867, Carl Menger se abocó a la economía. Durante los siguientes años, Carl Menger trabajó en el sistema que más tarde expondría en los Grundsätze der Volkswirtschaftslehre.

El origen del dinero
por Carl Menger

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I. El problema

Existe un fenómeno que desde hace mucho tiempo y de manera muy peculiar ha atraído la atención de los filósofos sociales y de los economistas prácticos; se trata del hecho de que ciertas mercancías (que en las civilizaciones desarrolladas adoptaron la forma de piezas acuñadas de oro y plata, junto con documentos que, con posterioridad, representaron a esas monedas) se convirtieron en medios de cambio universalmente aceptables. Es evidente, aun para la inteligencia más común, que la mercancía debe ser entregada por su propietario a cambio de otra que le será de mayor utilidad. Pero el hecho de que cada hombre económico, en cualquier país, acepte cambiar sus bienes por pequeños discos metálicos aparentemente carentes de utilidad como tales, o por documentos que los representen, es un procedimiento tan opuesto al curso normal de los acontecimientos que no puede parecernos sorprendente que hasta un pensador tan distinguido como Savigny lo encuentre claramente "misterioso"

No debe suponerse que la forma de la moneda, o del documento empleado como moneda corriente, constituye el enigma de este fenómeno. Podemos alejarnos de estas formas y retrotraernos a las primeras etapas del desarrollo económico, o en realidad a lo que todavía prevalece en algunos países, en los que encontramos que los metales preciosos sin forma de moneda aún sirven como medio de cambio, al igual que ciertos productos tales como ganado, pieles, te, barras de sal, conchas de ciprea, etc.; a pesar de ello seguimos enfrentándonos al fenómeno, aun nos resta explicar por qué el hombre económico acepta cierto tipo de mercancía, aun cuando no la necesite, o aunque la necesidad que tenga de ella ya haya sido satisfecha, a cambio de todos los bienes que ha puesto en el mercado, mientras que, cualesquiera que sean sus necesidades, en primer lugar consulta con respecto a los productos que intenta adquirir durante sus transacciones.

Y a partir de esto se sucede, desde los primeros ensayos acerca de los fenómenos sociales hasta nuestra época, una ininterrumpida cadena de disquisiciones con respecto a la naturaleza y cualidades específicas del dinero en su relación con todo lo que constituye el comercio. Filósofos, juristas e historiadores, al igual que economistas, e incluso naturalistas y matemáticos, se han ocupado de este notable problema, y no hay pueblo civilizado que no haya aportado su cuota en la abundante bibliografía que sobre él existe. ¿Cuál es la naturaleza de esos pequeños discos o documentos que en sí mismos no parecen servir a ningún propósito útil y que, sin embargo, en oposición al resto de la experiencia, pasan de mano en mano a cambio de mercancías más útiles, más aun, por los cuales todos están tan ansiosamente dispuestos a entregar sus productos? ¿Es el dinero un miembro orgánico del mundo de las mercancías o es una anomalía económica? ¿Debemos atribuir su vigencia comercial y su valor en el comercio a las mismas causas que condicionan los de otros productos o son ellos el producto preciso de la convención y la autoridad?

II. Intentos realizados hasta ahora para hallar una solución

Hasta ahora los resultados de la investigación del problema que nos ocupa no parecen guardar debida proporción con el gran desarrollo de los estudios históricos en general ni con el tiempo y los esfuerzos dedicados a la búsqueda de una solución. El enigmático fenómeno del dinero carece, incluso en el presente, de una explicación adecuada; ni siquiera se ha llegado a un acuerdo sobre las cuestiones fundamentales de su naturaleza y sus funciones. Hasta hoy no contamos con una satisfactoria teoría del dinero.

La idea que intentó aportar, en primer término, una explicación a la función específica del dinero como medio de cambio corriente y universal, fue la de someterlo a una convención general, una disposición legal. El problema, que la ciencia aún debe resolver, consiste en explicar un curso de acción, homogéneo y general, que los seres humanos adoptan cuando practican el comercio y que, si se lo considera en forma concreta, se realiza incuestionablemente en favor del interés general, aunque, sin embargo, parece poner en conflicto los intereses más cercanos e inmediatos de las partes contratantes. En tales circunstancias, ¿no sería lo más acertado atribuir el procedimiento precedente a causas ajenas a la esfera de las consideraciones individuales? Suponer que ciertas mercancías, los metales preciosos en particular, habían sido promovidas como medio de cambio por una convención o ley general, en interés del bien público, solucionó la dificultad, y lo hizo aparentemente con gran facilidad y naturalidad porque la forma de las monedas pareció ser un signo de regulación por parte del estado. Ésta es la opinión de Platón, Aristóteles y los juristas romanos, seguidos muy de cerca por los escritores medievales. Ni siquiera los mayores avances modernos en cuanto a la teoría del dinero han ido, en esencia, más allá de este punto de vista.[1]

Examinada con más minuciosidad, la suposición que sustenta esta teoría dio lugar a serias dudas. Seguramente, un acontecimiento de significación tan importante y universal y de notoriedad tan inevitable como lo es el establecimiento, a través de un convenio o ley general, de un medio de cambio universal, habría quedado grabado en la memoria del hombre, y más seguramente debería haber sido así porque tendría que haberse ejecutado en gran número de lugares.

Sin embargo, ningún monumento histórico nos da noticias confiables sobre transacciones que confieran un claro reconocimiento a los medios de cambio que ya se estaban utilizando ni referentes a su adopción por parte de pueblos con culturas relativamente recientes; tampoco existen, en absoluto, testimonios acerca de la iniciación, en las primeras épocas de la civilización económica, en el uso del dinero.

En realidad, la mayoría de los teóricos que se ocupan de este tema no se detienen ante la explicación del dinero tal como se la mencionó anteriormente. La peculiar adaptabilidad de los metales preciosos para servir a los fines de la divisa y el acuñamiento fue observada por Aristóteles, Jenofonte y Plinio, y en mucho mayor medida por John Law, Adam Smith y sus discípulos, quienes buscaron en sus cualidades especiales otra explicación para su elección como medio de cambio. Sin embargo, es claro que la elección de los metales preciosos mediante una ley o convenio, aunque fuera la consecuencia de su peculiar adaptación a los fines monetarios, presupone el origen pragmático del dinero y de la selección de esos metales, y esa presuposición no es histórica. Los teóricos a que nos referimos ni siquiera logran enfrentar con honestidad el problema que deben resolver, es decir, cómo se promovió el uso de algunas mercancías (los metales preciosos en ciertas etapas de la cultura) entre la gran masa de todas las otras mercancías y se las aceptó como medio de cambio generalmente reconocido. Es una cuestión que no sólo concierne al origen del dinero sino también a su naturaleza y a su posición en relación con todas las otras mercancías.

III. La teoría de la liquidez de las mercancías

En el comercio primitivo el hombre económico toma conciencia, aunque en forma muy gradual, de las ventajas económicas que se obtendrían si se explotaran las oportunidades de cambio existentes. Los objetivos de este hombre están dirigidos, primera y principalmente, de acuerdo con la simplicidad de toda cultura primitiva, a lo que está al alcance de la mano. Y sólo en esa proporción entra en el juego de sus negocios el valor de uso de las mercancías que busca adquirir. En tales condiciones, cada hombre intenta conseguir por medio del intercambio sólo aquellos productos que directamente necesita y rechaza los que no necesita o ya posee de manera suficiente. Es evidente que en esas circunstancias la cantidad de acuerdos comerciales realmente concretados se halla dentro de limites muy estrechos, Consideremos con qué poca frecuencia nos encontramos con una mercancía que es propiedad de cierta persona y que tiene menos valor en uso que otra mercancía propiedad de otra persona, dándose para esta última la situación inversa. ¡Mucho más extraño aun es el caso en el cual estos dos individuos se encuentran! Pensemos, en realidad, en las peculiares dificultades que obstaculizan el trueque inmediato de productos en esos casos, en los que la oferta y la demanda cuantitativamente no coinciden: en los cuales, por ejemplo, una mercancía indivisible debe ser intercambiada por una variedad de productos que son posesión de diferentes personas o por mercancías tales que sólo se las demanda en determinadas oportunidades y que únicamente pueden ser suministradas por ciertas personas. Incluso en el caso relativamente simple y a menudo recurrente en el que una unidad económica A requiere una mercancía que posee B y B necesita una que posee C mientras que C quiere una que es propiedad de A, aun aquí, conforme a una regla de simple trueque, el intercambio de los bienes en cuestión, como regla general y por necesidad, no se realizaría.

Estas dificultades se habrían convertido en obstáculos insuperables para el progreso del comercio, y al mismo tiempo para la producción de bienes que no requirieran una venta regular, si no se hubiese hallado una solución en la naturaleza misma de las cosas, es decir, los diferentes grados de liquidez (Absatzfähigkeit) de los productos. La diferencia que existe en este sentido entre los artículos de comercio tiene enorme importancia para la teoría del dinero y del mercado en general. Y el no haber tomado en cuenta adecuadamente este hecho para explicar los fenómenos del comercio no sólo constituye una brecha lamentable en nuestra ciencia sino también una de las causas esenciales del estado de retraso de la eoría monetaria. La teoría del dinero necesariamente presupone la existencia de una teoría de liquidez de los bienes. Si logramos aprehender esto podremos entender cómo la suprema liquidez del dinero es sólo un caso especial -que únicamente presenta una diferencia de matiz- de un fenómeno genérico de la vida económica, es decir, la diferencia en la liquidez de las mercancías en general.

IV. El margen entre el precio ofrecido y el precio solicitado

En economía resulta un error, tan generalizado como evidente, suponer que, en un momento determinado y en un mercado dado, todas las mercancías guardan una definida relación de intercambio recíproco, en otras palabras, que pueden ser mutuamente intercambiadas a voluntad en cantidades definidas. No es cierto que en cualquier mercado dado 10 quintales de un artículo = 2 quintales de otro = 3 libras de un tercer artículo, y así sucesivamente. Aun la observación más superficial de los fenómenos del mercado nos enseña que no tenemos la posibilidad, cuando hemos comprado un articulo por un precio determinado, de volver a venderlo inmediatamente por el mismo precio. Si sólo tratáramos de desprendernos de una prenda de vestir, un libro o una obra de arte que acabáramos de comprar, en ese mismo mercado, aun cuando lo hiciéramos de inmediato pero antes de que se hubiera modificado la misma coyuntura de condiciones, nos convenceríamos fácilmente del carácter falaz de esa suposición. El precio al cual podemos comprar voluntariamente una mercancía en un mercado determinado y en un momento dado y el precio al cual podemos desprendernos voluntariamente de ella son dos magnitudes esencialmente diferentes.

Esto es aplicable tanto a los precios mayoristas como a los minoristas. Incluso hasta productos tan comercializables como el maíz, el algodón o el arrabio no pueden venderse voluntariamente al mismo precio al cual los hemos comprado. El comercio y la especulación serían las cosas más sencillas del mundo si la teoría del "equivalente objetivo en los bienes" fuese correcta, si fuera cierto que las mercancías pudiesen mutuamente convertirse a voluntad en relaciones cuantitativas definidas, en un mercado y en un momento dados, en síntesis, si pudieran venderse, a cierto precio, con la misma facilidad con la que fueron adquiridas, De todos modos, no existe en este sentido una comercialización general de productos. Lo cierto es que aun en los mercados mejor organizados, aunque podamos comprar lo que deseamos y en el momento en que lo deseamos a un precio determinado, o sea, el precio solicitado, sólo podemos desprendernos de ello cuando y como queramos a pérdida, es decir, a un precio ofrecido inferior. Cuanto menor sea el margen, es decir, la diferencia entre el precio solicitado y el precio ofrecido de una mercancía, mayor tiende a ser su grado de comercialización.

El margen, o la pérdida que sufre quien se ve obligado a deshacerse de un artículo en un momento dado al precio ofrecido y no al solicitado, representa una cantidad muy variable, tal como veremos si observamos el comercio y los mercados de mercancías determinadas. Si se va a vender el maíz o el algodón mediante un intercambio organizado, el vendedor estará en posición de hacerlo prácticamente por cualquier cantidad, en el momento en que lo desee, con una pérdida muy pequeña. Si la cuestión fuera desprenderse de grandes cantidades de tela o seda a voluntad el vendedor por lo general deberá contentarse con un considerable porcentaje de disminución en el precio. Peor seria el caso de aquel que en cierto momento debe deshacerse de instrumentos astronómicos, preparados anatómicos, manuscritos en sánscrito u otros artículos tan poco comercializables.

Si denominamos los productos o artículos más o menos líquidos de acuerdo con la mayor o menor facilidad con que se los puede vender en un mercado en el momento conveniente, a los precios solicitados actuales, o con una mayor o menor disminución en éstos, podemos ver, por lo que hemos dicho, que existe una diferencia evidente entre las mercancías. Sin embargo, y a pesar de la gran importancia práctica de este fenómeno, la ciencia económica no parece haberlo tomado muy en cuenta. Esto se debe en parte a la circunstancia de que la investigación de estos fenómenos de precio ha estado dirigida casi exclusivamente a las cantidades de las mercancías intercambiadas y no al mayor o menor grado de facilidad con que se puede disponer de ellas a precios normales; y, también en parte, se debe al riguroso método abstracto con el cual se ha tratado la liquidez de los productos, sin tomar en consideración todas las circunstancias del caso.

El hombre que va al mercado con sus productos, en general intenta desprenderse de ellos pero de ningún modo a un precio cualquiera, sino a aquel que se corresponda con la situación económica general. Si hemos de indagar los diferentes grados de liquidez de los bienes de modo tal de demostrar el peso que tienen en la vida práctica, sólo podemos hacerlo estudiando la mayor o menor facilidad con la que resulta posible desprenderse de ellos a precios económicos.[2] Una mercancía es más o menos liquida si podemos, con mayor o menorque se correspondan con la situación económica general, es decir, a precios perspectiva de éxito, desprendernos de ella a precios compatibles con la situación económica general, a precios económicos.

Además, el intervalo de tiempo dentro del cual puede considerarse la venta de un producto a un precio económico, resulta de gran importancia al analizar su liquidez. Lo que interesa no es si la demanda de una mercancía es pequeña o si, en otros aspectos, su liquidez es inferior; si su propietario -sólo puede esperar el momento oportuno, finalmente, y a la larga, podrá desprenderse de ella a precios económicos. Sin embargo, y como resultado de que esta condición no se da a menudo en el curso real de los negocios, surge, a los fines prácticos, una importante diferencia entre dos tipos de mercancías: por un lado, aquellas de las que esperamos poder desprendernos en un momento determinado, a precios económicos, o por lo menos aproximadamente económicos; por el otro, aquellas que no tienen esa perspectiva, o por lo menos no la tienen en el mismo grado, por lo cual su propietario prevé que para poder desprenderse de ellas a precios económicos será necesario esperar durante cierto tiempo, que puede ser largo o corto, o bien soportar una reducción más o menos sensible en el precio.

Una vez más, se debe tomar en cuenta el factor cuantitativo en la liquidez de las mercancías. Algunas, como consecuencia del desarrollo de los mercados y de la especulación, pueden, en determinado momento, venderse en prácticamente cualquier cantidad a precios económicos o aproximadamente económicos. Otras sólo pueden venderse a precios económicos en cantidades menores, en proporción con el crecimiento gradual de una demanda efectiva, alcanzando un precio relativamente reducido en el caso de una mayor oferta.

V. Las causas de los diferentes grados de liquidez

El grado al cual se considera, de acuerdo con la experiencia, que una mercancía logra venderse, en un mercado dado, a precios compatibles con la situación económica (precios económicos), depende de las siguientes circunstancias.

l. Del número de personas que aún necesitan la mercancía en cuestión y de la medida y la intensidad de esa necesidad, que no ha sido satisfecha o que es constante.

2. Del poder adquisitivo de esas personas.

3. De la cantidad de mercancía disponible en relación con la necesidad (total), no satisfecha todavía, que se tiene de ella.

4. De la divisibilidad de la mercancía, y de cualquier otro modo por el cual se la pueda ajustar a las necesidades de cada uno de los clientes.

5. Del desarrollo del mercado y, en especial, de la especulación; y por último,

6. Del número y de la naturaleza de las limitaciones que, social y políticamente, se han impuesto al intercambio y al consumo con respecto a la mercancía en cuestión.

Podemos proceder ahora, del mismo modo como consideramos la liquidez de las mercancías en mercados definidos y en momentos dados, a determinar los limites espaciales y temporales de su liquidez. En este sentido, observamos también en nuestros mercados algunas mercancías cuya liquidez es casi ilimitada en el espacio o el tiempo y otras cuya liquidez es más o menos limitada.

Los limites espaciales de la liquidez de los productos están principalmente condicionados por:

1. El grado hasta el cual se distribuye en el espacio la necesidad de estas mercancías.

2. El grado hasta el cual los productos se prestan para ser transportados y los gastos de transporte en los que se ha incurrido en proporción con su valor.

3. La medida en la cual se han desarrollado, en general, los medios de transporte y de comercio con respecto a las diferentes clases de productos.

4. La extensión local de los mercados organizados y su intercomunicación a través del arbitraje.


5. Las diferencias existentes en las restricciones impuestas a la intercomunicación comercial con respecto a diferentes productos, en el comercio interlocal y, especialmente, en el comercio internacional.

Las limitaciones de tiempo a la liquidez de los productos están principalmente condicionadas por:

1. La permanencia de la necesidad que de ellos se tiene (la independencia de su fluctuación en ella).

2. Su durabilidad, es decir, su capacidad de preservación.

3. El costo que implican su preservación y almacenamiento.

4. La tasa de interés.

5. La periodicidad de un mercado para la tasa de interés.

6. El desarrollo de la especulación y, en particular, los acuerdos de tiempo en relación con ella.

7. Las restricciones políticas y socialmente impuestas a su transferencia de un periodo de tiempo a otro.

Todas estas circunstancias, de las cuales depende el diferente grado y los -diferentes limites locales y temporales de la liquidez de los productos, explican la razón por la cual es posible desprenderse de ciertas mercancías con facilidad y seguridad en mercados definidos, es decir, dentro de limites temporales y locales, en cualquier momento y prácticamente en toda cantidad posible, a precios compatibles con la situación económica general, mientras que la liquidez de otros productos se ve confinada a limites espaciales reducidos y también a limites temporales; e incluso dentro de ellos resulta difícil desprenderse de los productos en cuestión, y si no se puede esperar la demanda, la venta no podrá realizarse sin una disminución más o menos sensible en el precio.

VI. La génesis de los medios de intercambio[3]

Durante mucho tiempo ha sido tema de observaciones universales en los centros de intercambio el hecho de que para ciertas mercancías existía una demanda mayor, más constante y más efectiva que la que se daba para otras menos deseables en algún sentido; los primeras eran aquellas compatibles con la necesidad de quienes estaban en condiciones de comerciar y deseaban hacerlo; este deseo es al mismo tiempo universal y, a causa de la relativa escasez de los productos en cuestión, siempre imperfectamente satisfecho. También se ha observado que la persona que desea adquirir ciertos productos determinados a cambio de los propios se halla en una posición más ventajosa, si trae al mercado esa clase de mercancías, que la de aquel que visita los mercados con productos que no pueden exhibir esas ventajas o, por lo menos, que no pueden hacerlo en el mismo grado. Así equipado, tiene la perspectiva de adquirir los productos que finalmente desea obtener, no sólo con mayor facilidad y seguridad sino también, y a causa de la demanda más firme y prevaleciente que existe por sus propios productos, a precios compatibles con la situación económica general, o sea, a precios económicos. En tales circunstancias, cuándo alguien ha traído al mercado productos que no son altamente líquidos la idea más importante que tiene en mente es la de intercambiarlos, no sólo por aquellos que por casualidad necesite sino, si esto no puede realizarse directamente, por otros productos que, aunque no tenga necesidad de ellos, son, de todas maneras, más líquidos que los suyos. Al hacerlo, es evidente que no logra de inmediato el objetivo final de su comercio, es decir, la adquisición de productos que en realidad él mismo necesita; sin embargo, de esta manera se va acercando a ese objetivo. Por el tortuoso camino de un intercambio mediato gana las perspectivas de alcanzar su propósito más económica y seguramente que si se hubiera visto limitado al intercambio directo. Ahora bien, en realidad éste parece ser el caso que se ha dado en todas partes. Los hombres se han visto llevados, con creciente conocimiento de sus intereses individuales, cada uno por sus propios intereses económicos, sin convenio, sin obligación legal, es decir, sin tomar en cuenta siquiera el interés común, a intercambiar bienes destinados al intercambio (sus "productos") por otras mercancías igualmente destinadas al intercambio, pero más liquidas. A medida que el comercio se extendía en el espacio y las previsiones para la satisfacción de necesidades materiales podían hacerse por períodos cada vez más prolongados, cada individuo iba aprendiendo, a partir de sus propios intereses económicos, a darse cuenta de que trocaba sus productos menos líquidos por aquellas mercancías especiales que habían exhibido, además de la atracción de ser altamente comercializables en una localidad determinada, un amplio espectro de comercialización tanto en el tiempo como en el espacio. Estos productos serian clasificados por su carácter costoso, por la facilidad de su transporte y su posibilidad de preservación (en relación con la circunstancia de su compatibilidad con una demanda estable y ampliamente distribuida), de modo tal de asegurar a su poseedor un poder, no sólo "aquí" y "ahora", sino casi ilimitado en tiempo y espacio, sobre todos los otros productos del mercado, a precios económicos.

Y por esa razón ha sucedido que, a medida que el hombre se fue familiarizando con estas ventajas económicas, sobre todo a través de una percepción que se ha hecho tradicional y del hábito del accionar económico, esas mercancías, relativamente más líquidas en cuanto a tiempo y espacio, se han convertido en cada mercado en los productos que no sólo se aceptan en nombre del interés de cada uno a cambio de los propios productos menos líquidos sino que, en verdad, se aceptan con rapidez. Y su liquidez superior sólo depende de la comercialización relativamente menor de cualquier otro tipo de producto, razón por la cual han podido convertirse en medios de cambio generalmente aceptados. Es obvio que el hábito constituye un factor muy significativo en la génesis de esos medios de cambio de utilidad general. Es el interés económico de cada individuo que comercia lo que le permite cambiar productos menos líquidos por otros más líquidos. Pero la aceptación voluntaria del medio de cambio presupone la existencia previa de un conocimiento de estos intereses por parte de aquellos sujetos económicos de quienes se espera que acepten a cambio de sus productos una mercancía que en sí misma y por sí misma es, quizá, totalmente inútil para ellos. Es cierto que este conocimiento nunca aparece en todas partes en una nación a un mismo tiempo. En primera instancia, sólo un numero limitado de sujetos económicos reconocerá las ventajas de ese procedimiento, ventajas que, en sí mismas y por sí mismas, son independientes del reconocimiento general de un producto como medio de intercambio, en tanto ese intercambio, siempre y en todas las circunstancias, acerque más a su meta al hombre económico, es decir, lo aproxime a la adquisición de cosas útiles que realmente necesite. Pero se admite que no hay mejor método para ilustrar a alguien sobre sus propios intereses económicos que hacerle ver el éxito económico de aquellos que utilizaron el medio correcto para asegurar sus intereses particulares. Por lo tanto, resulta evidente que nada pudo haber sido más favorable para el surgimiento de un medio de intercambio que la aceptación, por parte de los sujetos económicos más perspicaces e inteligentes, para su propio beneficio económico y durante un periodo considerable de tiempo de productos eminentemente líquidos en lugar de todos los demás. De esta forma, la práctica y el hábito han contribuido mucho, por cierto, para hacer que los productos, que eran más líquidos en un momento determinado, sean aceptados no sólo por muchos sino, en definitiva, por todos los sujetos económicos a cambio de sus productos menos líquidos: y no sólo para eso, sino para que sean aceptados desde un principio con la intención de volver a intercambiarlos. Los productos que, de esta manera, se tornaron medios de cambio generalmente aceptables, fueron denominados Geld por los alemanes, palabra qué proviene de Gelten y que significa pagar, realizar; otras naciones denominaron al dinero teniendo en cuenta principalmente la sustancia utilizada,[4] la forma de la moneda[5] o, incluso, ciertos tipos de moneda.[6]

No es imposible que los medios de cambio, sirviendo como lo hacen al bien común, en el sentido más absoluto del término, sean instituidos a través de la legislación, tal como ocurre con otras instituciones sociales. Pero ésta no es la única ni la principal modalidad que ha dado origen al dinero. Su génesis deberá buscarse detenidamente en el proceso que hemos descripto, a pesar de que la naturaleza de ese proceso sólo sería explicada de manera incompleta si tuviéramos que denominarlo "orgánica', o señalar al dinero como algo "primordial", de "crecimiento primitivo", y así sucesivamente. Dejando de lado premisas poco sólidas desde el punto de vista histórico, sólo podemos entender el origen del dinero si aprendemos a considerar el establecimiento del procedimiento social del cual nos estamos ocupando como un resultado espontáneo, como la consecuencia no prevista de los esfuerzos individuales y especiales de los miembros de una sociedad que poco a poco fue hallando su camino hacia una discriminación de los diferentes grados de liquidez de los productos.[7]

VII. Ensanchamiento del abismo que separa a los productos que se han convertido en medios de cambio del resto de las mercancías

Cuando los productos relativamente más líquidos se convirtieron en "dinero", el acontecimiento tuvo, en primer lugar, el efecto de aumentar de manera sustancial su liquidez originalmente alta. Todo sujeto económico que trae productos menos líquidos al mercado, con el fin de adquirir bienes de otro tipo, ha tenido desde entonces un mayor interés por convertir lo que tiene en primera instancia en aquellos productos que se han convertido en dinero. Porque esas personas a través del intercambio de sus productos menos líquidos por aquellos que, por ser dinero, tienen mayor liquidez, logran no solamente, y tal como había ocurrido hasta ese momento, una mayor probabilidad sino la certeza de poder adquirir en forma inmediata cantidades adecuadas de todo otro tipo de producto que pueda tenerse en el mercado. Y el control que tienen sobre ellos depende simplemente de su voluntad y de su elección. Pecuniam habens, habet omnem rem quem vult habere (tener dinero significa tener todo lo que valga la pena tener). Por otra parte, aquel que trae al mercado productos que no sean dinero se encuentra, en mayor o menor grado, en desventaja. para poder lograr el mismo dominio sobre lo que el mercado produce deberá convertir primero en dinero sus productos intercambiables. La naturaleza de su incapacidad económica queda demostrada por el hecho de que se ve obligado a superar una dificultad antes de alcanzar su propósito, dificultad que no existe, es decir, ya ha sido superada, para el hombre que posee un stock de dinero.

Todo esto tiene un gran significado para la vida práctica, en tanto la superación de esta dificultad no está del todo dentro del alcance de aquel que trae productos menos líquidos al mercado sino que depende, en parte, de circunstancias sobre las cuales el negociador, como individuo, no tiene control alguno. Cuanto menos líquidos sean sus productos más seguro estará de que deberá sufrir una reducción en el precio económico o bien contentarse con aguardar el momento propicio en el que le resulte posible realizar una conversión a precios económicos. Aquel que en una época de economía monetaria desea intercambiar productos, de cualquier naturaleza que fueren, que no sean dinero, por otros productos que el mercado brinda, no puede tener la certeza de que logrará este resultado de inmediato, o dentro de un intervalo de tiempo predeterminado, a precios económicos. Y cuanto menos líquidos sean los productos que un sujeto económico trae al mercado, más desfavorable será su situación económica, para sus propios fines, si se la compara con la de los que traen -dinero al mercado. Consideremos, por ejemplo, el caso del propietario de un stock de instrumentos quirúrgicos que se ve obligado, como consecuencia de un apuro súbito o de la presión de sus acreedores, a convertirlo en dinero. Los precios que obtendrá serán sumamente accidentales, es decir que, al tener los productos una liquidez tan limitada serán bastante poco calculables. Esto se aplica a todos los tipos de conversiones que, en relación con el tiempo, son ventas forzadas.[8] Diferente es el caso de quien desea convertir inmediatamente en el mercado el producto que se ha convertido en dinero en otros productos que el mercado brinda. Alcanzará su propósito no sólo con certeza, sino también a un precio compatible con la situación económica general. Es decir, el hábito de la acción económica nos ha tornado tan seguros de poder adquirir, a cambio del dinero, cualquier producto del mercado, en el momento en que lo queramos y a precios compatibles con la situación económica, que en general no somos conscientes de la cantidad de compras que diariamente nos proponemos hacer y que son forzadas en relación con nuestros deseos y con el momento en que las concretamos. Por otra parte, las ventas forzadas, como consecuencia de la desventaja económica que, por lo general, encierran, llaman la atención de las partes involucradas de manera inconfundible. Por lo tanto, lo que constituye la peculiaridad de un producto que se ha convertido en dinero es el hecho de que su posesión nos brinda en un momento dado, es decir, en el momento que consideremos oportuno, un control seguro sobre todo producto que pueda tenerse en el mercado y, en general, a precios ajustados a la situación económica del momento: por otra parte, el control conferido por otro tipo de mercancías sobre los productos del mercado es relativo, si no absolutamente incierto, en relación con el tiempo y, en parte también, con el precio.

De esta manera, el efecto que han producido los bienes cuya liquidez relativa les permite convertirse en dinero ha sido el de ensanchar el abismo que existe entre su liquidez y la de todos los otros productos. Y esta diferencia de liquidez deja de ser totalmente gradual y debe ser considerada, en cierto sentido, como algo absoluto. La práctica de la vida diaria, y también la jurisprudencia, que en su mayor parte apoya las nociones predominantes en la vida diaria, distinguen la existencia de dos categorías en los requisitos del comercio: la de los productos que se han convertido en dinero y la de los que no lo han hecho. Y encontramos que el fundamento de esta distinción se halla, en esencia, en la diferencia de liquidez de los productos que hemos mencionado anteriormente, una diferencia muy significativa para la vida práctica y que más tarde se ve acentuada por la intervención del estado. Además, esta distinción halla su expresión en el lenguaje, en la diferencia entre los términos "dinero" y "bienes", y ''compra" e "intercambio", o en el significado que se les da. Pero brinda también la principal explicación de la superioridad del comprador sobre el vendedor, sobre la cual se han hecho múltiples consideraciones pero que, hasta ahora, no ha sido adecuadamente explicada.

VIII. Cómo los metales preciosos se convirtieron en dinero

Los productos que en relaciones locales y de tiempo dadas son más líquidos se han ido convirtiendo en dinero entre las mismas naciones, en momentos diferentes, y entre naciones diferentes a un mismo tiempo, y son de clases diversas. Los metales preciosos se han convertido en el medio corriente de intercambio más generalizado entre los pueblos de civilización económica avanzada por su liquidez altamente superior en relación con la de todos los otros productos y, al mismo tiempo, porque se los ha considerado especialmente aptos para las funciones concomitantes y subsidiarias del dinero.

No hay pueblo alguno que en los comienzos mismos de la civilización no haya llegado a desear profundamente y a codiciar con vehemencia los metales preciosos, en épocas primitivas por su utilidad y belleza, por ser en sí mismos decorativos, y más tarde por ser los materiales más apreciados para la decoración plástica y arquitectónica y, especialmente, para adornos y vasijas de todo tipo. A pesar de su escasez natural están geográficamente bien distribuidos y, si se los compara con la mayoría de los otros metales, son fáciles de extraer y elaborar. Las personas que desean adquirirlos son, a causa de las peculiares necesidades que su posesión satisface, aquellos miembros de la comunidad que pueden realizar el trueque con mayor eficacia y, por lo tanto, su deseo por los metales preciosos es generalmente más efectivo. Sin embargo, los limites del deseo efectivo por estos bienes también se extienden a aquellos estratos de población cuyas posibilidades de trueque son menores, a causa de la gran divisibilidad de los metales preciosos y del placer que se alcanza usándolos, aunque sea en muy pequeñas cantidades, en la economía individual. Deben considerarse además los amplios límites en tiempo y espacio que tiene la comercialización de los metales preciosos; éstos son consecuencia, por un lado, de la distribución casi ilimitada en el espacio de las necesidades que de ellos se tienen, junto con su bajo costo de transporte en comparación con su valor y, por el otro, de su ilimitada durabilidad y del costo relativamente pequeño de su atesoramiento. En ninguna economía nacional que haya superado las primeras etapas de desarrollo hay productos cuya comercialización sea tan poco restringida en muchos sentidos -personal, cuantitativa, espacial, y temporalmente- que puedan compararse con pos metales preciosos. No hay duda de que mucho antes de su conversión en medios de cambio generalmente reconocidos ya satisfacían, entre muchos pueblos, una demanda positiva y efectiva en todo lugar y oportunidad y prácticamente en cualquier cantidad que se llevase al mercado.

Surgió aquí un hecho que necesariamente resultó de especial importancia para su conversión a dinero. Para quienquiera que estuviese en esas condiciones y que tuviera a su disposición alguno de los metales preciosos no sólo existía la perspectiva razonablede poder convertirlos en todos los mercados, en cualquier momento y prácticamente en todas las cantidades posibles sino, además -y éste es, después de todo, el criterio de la liquidez-, la perspectiva de poder convertirlos a precios compatibles, en cualquier oportunidad, con la situación económica general, a precios económicos. La intensidad, persistencia y omnipresencia del deseo de metales preciosos por parte de los negociadores más efectivos ha permitido excluir los precios del momento, de emergencia o accidentales, en el caso de estos bienes más que en el de cualquier otro, especialmente porque en razón de su carácter costoso, durabilidad y fácil preservación se han convertido en el medio más popular de atesoramiento y también en los productos más favorecidos para el intercambio.

En tales circunstancias, la idea predominante en las mentes de los negociadores más inteligentes primero y en las de todos más tarde, cuando la situación fue comprendida a nivel general, fue la de que el stock de productos destinados al intercambio por otros productos debía expresarse, en primera instancia, en metales preciosos o bien convertirse en ellos, aunque el agente en cuestión no los necesitara directamente o, incluso, cuando ya hubiese satisfecho sus necesidades en ese sentido. Pero, en y por esta función, los metales preciosos ya se han convertido en el medio corriente de intercambio. En otras palabras, por esa vía funcionan como mercancías por las cuales todos buscan cambiar sus productos del mercado, en general, no con el fin de destinarlos al consumo sino debido a su suprema liquidez, con la intención de poder cambiarlos más tarde por otros productos que les resulten directamente útiles. Ningún accidente, ni la consecuencia de la compulsión del estado ni el convenio voluntario de los comerciantes pudo cambiar esto. Fue el hecho de entender simplemente cuáles eran los propios intereses individuales lo que hizo que todas las naciones económicamente más avanzadas aceptaran los metales preciosos como dinero ni bien se logró reunir e introducir en el comercio una provisión suficiente de ellos. El avance de elementos de dinero menos costosos a otros más costosos depende de causas análogas.

Este desarrollo se vio materialmente apoyado por la relación de intercambio existente entre los metales preciosos y otros productos que sufren fluctuaciones más o menos pequeñas que las que ocurren entre la mayoría de los otros productos; esta estabilidad se debe a las circunstancias peculiares que afectan la producción, el consumo y el intercambio de metales preciosos y, de esta manera, se halla conectada con los así llamados fundamentos intrínsecos que determinan su valor de cambio. Ésta es otra razón más por la cual cada hombre, en primera instancia (es decir, hasta que invierte en productos que le resultan directamente útiles) debe proveerse de un stock de intercambio disponible en metales preciosos u convertir en éstos los bienes que posee. Además, la homogeneidad de los metales preciosos y la consiguiente facilidad con que pueden servir como res fungibiles en relaciones de obligación han llevado a formas de contratos por las cuales se ha facilitado el comercio; esto también ha impulsado su liquidez y, por ese medio, su adaptación como dinero. Por último, estos metales, como consecuencia de la peculiaridad de su color, de su sonido y, en parte, también de su peso específico, no son difíciles de reconocer con la práctica y al adoptar una marca durable pueden ser fácilmente controlados en cuanto a localidad y el peso; esto también ha llevado a aumentar materialmente su liquidez y a alentar su adopción y difusión como dinero.

IX. La influencia del gobierno

El dinero no ha sido generado por la ley. En sus orígenes es una institución social y no estatal. La sanción por parte de la autoridad del estado constituye una noción que le es ajena. Por otra parte, sin embargo, a través del reconocimiento del estado y de la regulación por parte del gobierno esta institución social del dinero se ha perfeccionado y ha sido adaptada a las múltiples y variadas necesidades de la evolución del comercio, así como los derechos que son resultado de la costumbre se vieron perfeccionados y adaptados a través de la ley. Aunque originalmente se comerció con ellos, al igual que con otros productos, según el peso, los metales preciosos fueron más tarde acuñados e intercambiados por su número. Al adoptar la forma de monedas, experimentaron un aumento material. El libre acuñamiento y el mantenimiento de la confianza pública en él, para impedir la falsificación, han sido reconocidos en todas partes como importantes funciones del gobierno.

Las dificultades experimentadas en el comercio como resultado de la acción competitiva de diversos productos que servían como divisa, produciendo una múltiple inseguridad en la actividad comercial y haciendo necesarias variadas conversiones de los medios circulantes, han llevado a que se reconociera legalmente a ciertos productos como dinero (a normas monetarias).

Todas estas medidas han perfeccionado el funcionamiento de los metales preciosos como dinero pero, con seguridad, no han sido responsables de que éstos se convirtieran en dinero.

Sólo se puede entender verdaderamente el origen del dinero si aprendemos a considerarlo como una institución social, como el resultado espontáneo, el producto no planificado de los esfuerzos específicamente individuales de los miembros de la sociedad.

Bibliografía

Trabajos de Carl Menger sobre moneda

Grundsätze der Volkswirkshaftlehre, 1871, edición inglesa: Principles of Economics (en castellano), New York, N.Y.U. Press, 1981; cap. VII, La teoría del producto [Web], pp. 286-256; cap. VIII, La teoría del dinero [Web], pp. 257-885; Apéndice J: Historia de las teorías sobre el origen del dinero, pp. 815-820.

Untersuchungen über die Methode der Sozialwissenschaften und der politischen Oekmomie insbesondere, 1683; edición inglesa: Problems of Economics and Sociology, Urbana, University of Illinois Press, 1983, Libro 8, cap. 2. El entendimiento teórico de aquellos fenómenos sociales que no son producto de un acuerdo o de una legislación positiva sino los resultados espontáneos del desarrollo histórico, (a) El origen del dinero, pp, 152-155.

Schriften über Geldtheorie und Währungspolitik (Papers on Monetary Theory and Monetary Policy), Nº 20, en el volumen IV de la Recopilación de Obras de Carl Menger, publicada por la London School of Economics and Political Science. Series of Reprints of Scarce Tracts in Economics and Political Science, Londres, 1886.

Die Kaufkraft des Guldens östesrreichischer Währung (El poder adquisitivo del florín austríaco), 1889.

Geld (Dinero), 1909.

Beiträge zur Währungsfrage in Österreich-Ungarn (Contribuciones a la discusión monetaria austro-húngara), 1892.

Der Übergang zur Goldwährung (Transición al patrón oro), 1392.

Aussagen in der Valutaenquete (Testimonio ante la Comisión Monetaria), 1882.

Von unserer Valuta (Sobre nuestra divisa), 1882.

Das Goldagio und der heutige Stand der Valutareform (El premio sobre el oro y la reforma monetaria actual), 1888.

On the Origin of Money, [WEB] The Economic Journal, junio de 1882, pp. 289-266.

Autores que han escrito sobre Carl Menger y sus teorías monetarias (Ordenados según la fecha de su publicación original)

1910 - Karl Menger, Robert Zuckerkandl, Zeitschrift für Volkwirtschaft, Sozialpolitik und Verwaltung, vol. l0, pp. 251-264.

1921 - Karl Menger: 1840-1921, Joseph A. Schumpeter, Zeitschrift für Volkswirtschaft und Sozialpolitik, New Series, vol. 1. Reimpresa en inglés con el título de Ten Great Economists from Marx to Keynes, New York, Oxford University Press, 1951, pp. 80-90.

1928 - Karl Menger, Friedrich Wieser, Neue österreichische Biographie: 1816-1918, Viena, Wiener Drucke, vol. 1, pp. 84.82.

1984 - Carl Menger, F. A. Hayek, Economica, New Series, vol. 4, pp. 398-420, reimpreso como Introducción a Principles of Economics, de Carl Menger.

1937 - The Economics of Carl Menger, George J. Stigler, Journal of Political Economy (abril de 1937), pp. 228-250; reimpreso en Production and Distribution, The Formative Period, New York, The Macmillan Co., 1941, pp. 184-157.

1940 - Carl Menger: The Founder of the Austrian School, Henri S. Bloch, Journal of Political Economy, vol. 8, pp. 428-423.

1954 - The methodology of Henry George and Carl Menger, Leland B. Yeager, American Journal of Economics and Sociology, vol. 13, pp. 233-238.

1960 - The Rise of the Marginal Utility School: 1870-1889, Richard K. Howey, Lawrence, University of Kansas Press.

1965 - The History of Marginal Utility Theory, Emil Kauder, Princeton, Princeton University Press.

1969 - The Historical Setting of the Austrian School of Economics [WEB], Ludwig von Mises, New York, Arlington House.

1973 - Menger's Theory of Money and Uncertainty - A modern Interpretation, de E. Streissler, en Carl Menger and the Austrian School of Economics, editado por J. R. Hicks y W. Weber, Oxford, Clarendon Press, pp. 164-189.

1983 - The Monetary Writings of Carl Menger [WEB], Hans F. Sennholz, The Ludwig von Mises Institute, Auburn University.

_________________________________

NOTAS:

[1] Véase Roscher, System der Volkswirtschaft, I, 116; mis Principles of Economics (en castellano), New York, 1981, Apéndice J, P. 315 y ss.; M. Block, Les Progrès de la Science Économique depuis A. Smith, 1890, II, p. 59 y ss.

[2] La alta liquidez de un producto no es revelada por el hecho de que sea posible desprenderse de él a cualquier precio, incluso el que sea el resultado de una desgracia a accidente. En este sentido todos las productos son bien e igualmente comercializables. Depende de que resulte posible desprenderse de él con facilidad y seguridad, en cualquier momento y a un precio que se corresponda, o que por lo menos no sea incompatible, con la situación económica general, es decir, al precio económico o aproximadamente económico.

[3] Véase mi artículo Geld en el Handwörterbuch der Staatwissenschaften, Jena, 1981, vol. 3, p. 370 y ss.

[4] La palabra hebrea keseph, la griega , la latina argentum, la francesa argent, etcétera.

[5] La palabra inglesa money, la española moneda, la portuguesa moeda, la francesa monaie, la hebrea maoth, la árabe fulus, la griega etcétera.

[6] La palabra italiana danaro, la rusa dengi, la polaca pienondze, la bohemia y eslavonia penize, la danesa penge, la sueca penninger, la húngara péuz, etc. (es decir, denare = Pfennige = Penny).

[7] Sobre este punto, consúltese mis Principles of Economics (en castellano), New York, 1881, pp. 261—262.

[8] Se halla aquí la explicación de la razón por la cual las ventas forzadas y los casos de embargo en especial generalmente implican la ruina económica de las personas sobre cuyos bienes se realizan, y de que en mayor grado, los productos en cuestión son menos líquidos. El correcto discernimiento del carácter no económico de estos procesos llevará necesariamente a una reforma del mecanismo legal existente.

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jueves, noviembre 17, 2005

Más de libros

Tomo el reto de Rallo y confecciono una lista similar a la suya. El desafío es difícil porque se ha quedado con los mejores libros. Pero ahí van los míos (faltan la Q, X, Z):

A: The Austrian Theory of the Business Cycle and Other Essays. Recopilación de Roger W. Garrison.
B: Bienestar para todos, de Ludwing Erhard (¿Cómo?).
C: Civil Disobedience and Other Essays, de Henry David Thoreau.
D: La Dignidad Real y la Educación del Rey, de Juan de Mariana.
E: Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
F: Futuros y Opciones, de John C. Hull.
G: Gobierno Omnipotente, de Ludwig von Mises.
H: Hayek sobre Hayek y la Arrogancia Fatal, de Friedrich August von Hayek.
I: Interest and Prices, de Knut Wicksell.
J: Justicia sin Estado, de Bruce L. Benson.
K: Keynes the Man: Hero or Villain? De Murray Rothbard.
L: The Lysander Spooner Reader.
M: The Myth of National Defense ,editado por Hans Hermann Hoppe. (Varios autores).
N: Nuevos Estudios de Economía Política, de Jesús Huerta de Soto.
O: Our Enemy, THE STATE, de Albert Jay Nock.
P: Principios de Economía Política y Tributación, de David Ricardo.
R: La Rebelión de las Masas, de Ortega y Gasset.
S: The State, de Franz Oppenheimer.
T: La Teoría del dinero y del Crédito, de Ludwig von Mises.
U: The Ultimate Foundation of Economic Science, de Ludwig von Mises.
V: The Voluntary City: Choice, Community, and Civil Society; de David T. Beito.
W: Why Government is the Problem, de Milton Friedman.
Y: Yo, el lápiz; de Leonard E. Read.

En la “T”, he estado dudando mucho en poner “La Teoría del dinero y del Crédito”, que es el que he elegido al final, o el “Tratado de Economía Política” de Jean Baptiste Say que me influyó mucho. Pero me quedo con el de Mises por el esfuerzo que le tuve que dedicar en su momento.

Paso el relevo a Franco Alemán ;)

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domingo, septiembre 04, 2005

James Buchanan (Public Choice) en Diario Exterior

James BuchananEn El DiarioExterior.com han publicado los principales puntos del pensamiento de James Buchanan, y del Public Choice por extensión:

"Mi tesis principal es que el liberalismo clásico no puede asegurarse suficiente aceptación pública si sus defensores vocales se limitan a este segundo grupo de pragmatistas que sólo preguntan '¿funciona?' La ciencia y el interés personal sin duda prestan fuerza a cualquier argumento, pero también se necesita un ideal, una visión."

"Nuestra tarea más importante hoy es crear una nueva visión, una nueva alma, para el liberalismo. No estoy sugiriendo que nuestra atención debe dirigirse al diseño de paquetes políticos 'todo–incluido'. La política, por lo general, procede de manera lenta, paso a paso. Lo que sugiero es que nosotros, quienes enseñamos el liberalismo, nos enfoquemos en la visión, la constitución de la libertad, en lugar de cálculos utilitarios meramente pragmáticos que muestran que el liberalismo produce mejores resultados cuantitativos que las economías politizadas..."

"Pero la extensión del gobierno de hoy en tantas áreas y de tantas formas que afecta a tantas personas no puede justificarse en bases morales o éticas solamente. Sólo porque algo está mal, o pide ser arreglado, eso no significa que el gobierno debe hacer algo. En su lugar, muchas veces es más inteligente dejar que la gente actúe como ángeles y que se arreglen solos." Más>>

Como es habitual también ofrecen enlaces a otros artículos del autor:

Un tributo personal a Peter Bauer, por el Premio Nobel James Buchanan.

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domingo, agosto 21, 2005

Suecia después del modelo sueco. Libro Online

A través de ElDiarioExterior.com leo un artículo sobre Mauricio Rojas y la “transformación” del modelo sueco:

“El llamado ‘modelo escandinavo’ de Estado de bienestar era idealizado por países de América latina castigados por recurrentes crisis económicas y profundas desigualdades. Pero como lo atestigua la obra de Mauricio Rojas, Suecia mira al futuro pensando como una auténtica sociedad abierta y apostando por la descentralización de la administración pública, la privatización de las empresas estatales y la libre competencia en el sector privado.” Más>>

También veo que CADAL junto con TIMBRO han sacado un librito online de poco más de 100 páginas sobre el obsoleto modelo sueco y su transformación: “Suecia después del modelo sueco” [en PDF 758 KB]:

“Para dar una idea concreta de la profundidad de los cambios experimentados por la sociedad sueca puedo citar algunas experiencias personales. Cuando llegué a Suecia en 1974 era impensable que los ciudadanos pudiesen elegir la escuela para sus hijos o el centro médico en el cual ser atendidos en caso de enfermedad. Sólo una proporción muy pequeña y extremadamente rica de la población tenía ingresos netos [...] suficientes como para poder pagar privadamente por ese tipo de servicios...”

“Hoy en día las cosas son muy diferentes. Mi hija va a una “escuela independiente” —propiedad de una fundación privada— y mi hijo terminó hace poco de cursar la educación básica en otra escuela independiente —en este caso propiedad de una sociedad anónima con fines de lucro, Kunskapsskolan AB, que gestiona más de una veintena de escuelas.”

“Si yo me enfermase hoy recurriría con toda seguridad a la clínica más cercana, Nacka Närsjukhus, que es gestionada, como tantas otras en la provincia de Estocolmo, por una sociedad anónima con fines de lucro. Mi elección sería además completamente libre y sin que mi decisión me costase ni un peso más que si eligiese una clínica pública.”

Donde concluye que:

“Lo que sí es seguro es que ya no hay vuelta atrás al Estado benefactor del pasado, aquel Estado paternalista que daba imponiendo e imponía dando. No era, como algunos quisieron creer, ni el fin de la historia ni la culminación del desarrollo humano. Como todo producto histórico terminó por hacerse incompatible con el desarrollo mismo de la sociedad que un día lo vio nacer y es por ello que ya hoy pertenece al mundo de los recuerdos y de los mitos.”

Sin duda, lejísimos del laissez-faire completo, pleno y rico. Y es que éste tampoco es el objetivo del autor. Pero al final, y como bien dice Rojas, el socialismo cae por su propia ineficiencia. El dinosaurio socialista se está despedazando solo.

A propósito TIMBRO también fue quien publicó no hace mucho un estudio llamado EU versus USA [en PDF, 958 KB] comparando las economías americana y europea. Los resultados fueron evidentes:

Si la Unión Europea fuese un Estado de EE UU figuraría entre los más pobres. Todos los países europeos, salvo Luxemburgo, presentan un nivel de PIB per cápita muy detrás de Estados como Nueva York, Nueva Jersey, Delaware o California. La UE en su conjunto sólo supera a Arkansas, Montana, Virginia Occidental y Misisipí, los cuatro Estados más pobres del país norteamericano.”

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jueves, agosto 18, 2005

Tres textos en castellano: Walter Block y Llewellyn H. Rockwell, Jr.

He encontrado en ElDiarioExterior.com tres textos traducidos, uno de Walter Block y dos de Llewellyn H. Rockwell, Jr:

Negar la globalización económica ya no es factible, de Lew Rockwell.

“Sólo sé de un escenario en el que la autarquía es económicamente viable. Es el Jardín del Edén. Aquí el suelo no necesitó ser preparado para el cultivo. Producía solo. Los animales no necesitaban ser cazados, cortados o cocinados. La escasez económica no existía…”

“Pero con el pecado llegó la muerte y el destierro de este jardín. El hombre y la mujer tendrían que trabajar para producir. El dolor y el sufrimiento entraron en el mundo. El tiempo y los recursos eran escasos. Pero Dios no dejó a la población humana sin medios para superar los nuevos límites de lo que podría consumirse. Dios hizo posible que la población humana utilizase la inteligencia para intercambiar. La gente dividiría su trabajo según sus talentos y capacidades únicas. Esta división tuvo lugar entre los pueblos y las regiones. El comercio se convirtió en un medio para lograr un tipo de unidad cooperativa, incluso aunque el Jardín del Edén ya no estaba en ninguna parte. Así nació el concepto de libre comercio.” Más>>

¿Por qué los mercados alivian la pobreza y los gobiernos fracasan?, de Walter Block.

“El gobierno es también una fuente directa de pobreza. Sus sueldos mínimos y legislación sindical dificultan, por no decir imposibilitan, que los jóvenes tengan empleo. Su control de la renta hace que la vivienda barata sea escasa. Sus aranceles encarecen todas las necesidades básicas, y sus subsidios a negocios tienen el mismo efecto.” Más>>

Libertad, descentralización y derechos de propiedad, de Lew Rockwell.

“La decisión en el polémico caso Kelo, en la que el Tribunal Supremo rehúsa intervenir en el caso de un gobierno local que se hace con una propiedad privada, provocó un fuerte debate acerca de la cuestión de la descentralización entre los liberales. La perspectiva más común es que la decisión fue un desastre porque dio permiso a los gobiernos locales para robar tierra. Los liberales están en contra de robar tierra, y en consecuencia deben oponerse a la decisión del tribunal”. Más>>

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domingo, mayo 15, 2005

La mítica carta de Roy Childs contra Ayn Rand en castellano

Roy A. Childs, Jr.Gracias a la traducción de Albert Esplugas y al hospedaje de Liberalismo.org podemos leer la que se hizo tan famosa carta de Roy A. Childs, Jr. a Ayn Rand en castellano:

En esa época Childs era un AnarcoCapitalista convencido como muestra su entrada: “¿Por qué he emprendido la tarea de convertirla a una visión [AnarcoCapitalismo] que ha condenado pública y repetidamente, tildándolo de abstracción ingenua? Porque usted está equivocada”.

Con la misma rotundidad, pasada más de una década, Childs escribió una autocrítica. Más o menos: “¿Por qué no creo en el AnarcoCapitalismo?, porque a igual que dije en mi carta a Rand, yo estaba equivocado”.

Efectivamente, su último ensayo (“Anarchist Illusions”) fue en contra del AnarcoCapitalismo y defendido el Objetivismo randiano. Desgraciadamente el ensayo quedó incompleto porqué murió antes. Y hasta hace poco estaba en Internet, pero ha desaparecido.

Todo y así, la mejor crítica al segundo ensayo de Childs fue la carta que ha publicado Liberalismo.org. Una lectura interesante e imprescindible de un autor que amó la libertad durante mucho tiempo.

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domingo, marzo 27, 2005

ILE y Karen Vaughn: enfoque austriaco de la regulación

ILE PerúJose Luis Tapia, fundador y director general de ILE Perú (Instituto de Libre Empresa) ha traducido un ensayo de Karen Vaughn: Un enfoque austriaco moderno de la regulación económica:

“Los últimos veinte años se han visto como un florecimiento del trabajo de la tradición austriaca. Uno de los más importantes frutos ha sido precisar la diferencia entre la economía de la Escuela Austriaca y la Economía Neoclásica. En su nivel fundamental, los austriacos difieren de los economistas neoclásicos en los supuestos que ellos hacen sobre la naturaleza del problema económico. Considerando que la economía neoclásica ve la dificultad humana como un intento de aumentar al máximo la satisfacción de las necesidades ilimitadas ante los recursos limitados, los austriacos agregan que esa descripción de la observación hacen que los seres humanos lleven a cabo sus proyectos y planes ante la escasez de recursos; con tiempo e información limitada alrededor de ellos, promoviendo el progreso del mundo”. Más>>

Karen Vaughn es profesora de economía en la George Mason University. Su campo de investigación se ha centrado en el pensamiento económico y metodológico, así como en el estudio de la Escuela Austriaca.

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sábado, octubre 16, 2004

Traducción de Propiedad e Intercambio. Murray Rothbard

He encontrado en el Centro de Estudios Públicos de Chile un fragmento del libro “For a New Liberty, The Libertarian Manifesto” de Murray Rothbard. Corresponde a la primera parte del libro (página 23 del original en inglés). Esta traducción al castellano consta de 24 páginas.

Aquí Rothbard englobada bajo el gran título “Propiedad e Intercambio”:

  • El Axioma de la No Agresión.
  • Los Derechos de Propiedad.
  • Sociedad e Individuo.
  • Libre Intercambio y Libre Contrato.

Podéis acceder a la página descriptiva del documento, o al archivo pdf directamente (158Kb). Una lectura más que recomendable.

Murray N. Rothbard (1926-1995). Fue uno de los principales estudiosos de la Escuela Austriaca y discípulo de Ludwig von Mises. Rothbard dio un giro a la visión austriaca en el terreno filosófico y económico. Escribió 25 libros, y más de un millar de artículos (reunidos la mayoría en los dos volúmenes: The Logic of Action I y II). Sus principales obras son Man, Economy, and State (que en la Scholars Edition han incorporado "Power and Market"); For a New Liberty: The Libertarian Manifesto (que es el que se presenta); La ética de la libertad (este último en castellano), History of Money and Banking in the United States, y America's Great Depression entre otros.

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martes, agosto 31, 2004

Traducción del libro "Man, Economy and State" de M. Rothbard

ESEADE ha publicado una traducción parcial del libro de Murray N. Rothbard, “El Hombre, la Economía y el Estado”.

La edición incluye prólogo de Alberto Benegas Lynch (h) disponible a través de Web. El libro se puede adquirir en formato digital en Libronauta; y en formato impreso en ESEADE.

¡Una buena noticia!

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